Los bulos científicos se cuelan en la vida cotidiana, pero pensamos que solo se los creen los demás

Pan peligrosísimo porque se excede en moléculas con gluten, fruta que te perjudica por la noche o ¡el agua engorda! Estas afirmaciones son falsas pero circulan por redes sociales a la velocidad de la luz. Son los nuevos bulos científicos, los que más perciben los ciudadanos en España, especialmente en reels y plataformas de vídeo. Si en la época del Covid imperaban los grandes complots contra las vacunas , ahora las noticias falsas tratan de calar en la vida cotidiana, sobresaliendo las que se refieren al campo de la nutrición y el bienestar físico. Más de la mitad de los ciudadanos se consideran capaces de distinguirlas pero, curiosamente, solo el 3% cree que el español medio puede hacerlo. Los crédulos son los otros. Estas son algunas de las conclusiones del segundo ‘Informe sobre la desinformación científica en España’, de la Fundación para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), dado a conocer este jueves. El trabajo, elaborado a partir de 2.215 cuestionarios a ciudadanos mayores de 16 años y usuarios habituales de internet, detecta que la desinformación ha dejado de ocupar una «posición marginal» para integrarse en el experiencia informativa cotidiana de los ciudadanos. Los encuestados señalan que la alimentación y el bienestar físico fueron los temas sobre los que recibieron más información en la última semana, pero también en los que creyeron encontrar más bulos (40%), seguidos del cambio climático (36,2%) y tratamientos médicos (31,9%). El Covid y las vacunas, que lideraban las noticias falsas en 2022 (37,5%), cuando se hizo el primer informe, ceden el primer puesto y bajan al 28,3%.Noticia relacionada No No Unión de Científicos Preocupados: Jennifer Jones: «Los ataques de Trump a la ciencia son aterradores. Nos llevará décadas recuperarnos» Judith de JorgeDecisiones domésticas«La desinformación científica ha entrado en el terreno de lo doméstico», asegura Celia Díaz Catalán, coautora del estudio e investigadora de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), en un encuentro con los medios organizado por el Science Media Centre (SMC) España. «Es un cambio en la naturaleza del fenómeno: ya no hablamos de grandes complots por una situación sanitaria puntual, sino de informaciones que buscan cambiar decisiones cotidianas sobre qué comer, qué suplementos tomar o qué rutinas seguir…», apunta.Un tercio de la población usa la IA para informarse sobre ciencia, salud o medio ambiente. Sin embargo, casi el 30% admite que no se fía. Que se haya hecho familiar no significa que inspire confianzaLas platafomas de vídeos y redes sociales son, para siete de cada diez personas, el canal principal de recepción de desinformación. Pero la gran incorporación es la IA. Un tercio de la población usa Chat GPT o Gemini para informarse sobre ciencia, salud o medio ambiente. Sin embargo, casi el 30% admite que no puede fiarse del contenido. Que se haya hecho familiar no significa que inspire confianza. «Se consume lo que es accesible e inmediato, no lo que se cree más fiable. Esto ocurre también en otros países», reflexiona Díaz Catalán. Los científicos y el personal sanitario siguen siendo los actores en los que más confía la población a la hora de informarse sobre ciencia. Más del 80% los destaca. Les sigue de cerca la Aemet (73,9%), a pesar de las últimas polémicas, mientras que hay más recelo hacia la ONU, la OMS o la UE. Los que generan más desconfianza son los periodistas e influencers y, sobre todo, los políticos. «Se confía más en quien genera conocimiento y menos en el encargado de aplicarlo», señala la investigadora. Con todo, más del 70 % cree que los bulos tienen consecuencias: puedan dañar la salud, manipular creencias… E incluso poner en peligro el sistema democrático, algo que temen especialmente las personas de más edad. Sin embargo, el 13% reconoce haber compartido algún bulo en conversaciones cara a cara dentro de círculos de amigos o familiares, y un porcentaje algo menor lo ha hecho en las redes. A la hora de distinguir una noticia falsa de una auténtica, más de la mitad de la población se considera «bastante seguro». Sin embargo, y es un dato muy curioso, solo el 3% cree que el español promedio consigue hacerlo. Eso implica que se debe «proteger a esa población vulnerable», según concluyen los autores. Más del 60% apoya la restricción gubernamental de información falsa online, aunque limite la libertad de prensa. Razón y emociónEl estudio, que se encuadra dentro de la iniciativa Iberifier, un observatorio de medios digitales de España y Portugal, impulsado por la Comisión Europea, también incluyó un experimento en el que se mostró a los participantes cuatro titulares falsos y cuatro verdaderos sobre el clima, las vacunas, la alimentación y la salud. Después, se les pidió que pensaran sobre la credibilidad de las noticias, y a otros sobre la reacción emocional que les suscitaba. Pues bien, los resultados mostraron que pensar sobre la credibilidad reduce la posibilidad de compartir información falsa (aunque también verdadera), mientras que la emoción lleva a compartirla más, sin pensar en su verosimilitud. El pensamiento conspirativo y las opiniones y actitudes alienadas con el populismo científico aumentan la posibilidad de compartir una noticia falsa. A esto se une otro fenómeno llamado «las noticias me encuentran», por el que los usuarios confían de forma pasiva en lo que les ofrecen las redes sociales y algoritmos para mantenerse informados, en lugar de buscar activamente la información. Les ocurre sobre todo a los jóvenes y la información recibida, que en muchos casos no es cuestionada, suele ser «de calidad bastante baja». Como dice Díaz Catalán, «la desinformación no es una crisis puntual, es ruido de fondo, ha venido para quedarse y está en toda la vida cotidiana». Pan peligrosísimo porque se excede en moléculas con gluten, fruta que te perjudica por la noche o ¡el agua engorda! Estas afirmaciones son falsas pero circulan por redes sociales a la velocidad de la luz. Son los nuevos bulos científicos, los que más perciben los ciudadanos en España, especialmente en reels y plataformas de vídeo. Si en la época del Covid imperaban los grandes complots contra las vacunas , ahora las noticias falsas tratan de calar en la vida cotidiana, sobresaliendo las que se refieren al campo de la nutrición y el bienestar físico. Más de la mitad de los ciudadanos se consideran capaces de distinguirlas pero, curiosamente, solo el 3% cree que el español medio puede hacerlo. Los crédulos son los otros. Estas son algunas de las conclusiones del segundo ‘Informe sobre la desinformación científica en España’, de la Fundación para la Ciencia y la Tecnología (FECYT), dado a conocer este jueves. El trabajo, elaborado a partir de 2.215 cuestionarios a ciudadanos mayores de 16 años y usuarios habituales de internet, detecta que la desinformación ha dejado de ocupar una «posición marginal» para integrarse en el experiencia informativa cotidiana de los ciudadanos. Los encuestados señalan que la alimentación y el bienestar físico fueron los temas sobre los que recibieron más información en la última semana, pero también en los que creyeron encontrar más bulos (40%), seguidos del cambio climático (36,2%) y tratamientos médicos (31,9%). El Covid y las vacunas, que lideraban las noticias falsas en 2022 (37,5%), cuando se hizo el primer informe, ceden el primer puesto y bajan al 28,3%.Noticia relacionada No No Unión de Científicos Preocupados: Jennifer Jones: «Los ataques de Trump a la ciencia son aterradores. Nos llevará décadas recuperarnos» Judith de JorgeDecisiones domésticas«La desinformación científica ha entrado en el terreno de lo doméstico», asegura Celia Díaz Catalán, coautora del estudio e investigadora de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), en un encuentro con los medios organizado por el Science Media Centre (SMC) España. «Es un cambio en la naturaleza del fenómeno: ya no hablamos de grandes complots por una situación sanitaria puntual, sino de informaciones que buscan cambiar decisiones cotidianas sobre qué comer, qué suplementos tomar o qué rutinas seguir…», apunta.Un tercio de la población usa la IA para informarse sobre ciencia, salud o medio ambiente. Sin embargo, casi el 30% admite que no se fía. Que se haya hecho familiar no significa que inspire confianzaLas platafomas de vídeos y redes sociales son, para siete de cada diez personas, el canal principal de recepción de desinformación. Pero la gran incorporación es la IA. Un tercio de la población usa Chat GPT o Gemini para informarse sobre ciencia, salud o medio ambiente. Sin embargo, casi el 30% admite que no puede fiarse del contenido. Que se haya hecho familiar no significa que inspire confianza. «Se consume lo que es accesible e inmediato, no lo que se cree más fiable. Esto ocurre también en otros países», reflexiona Díaz Catalán. Los científicos y el personal sanitario siguen siendo los actores en los que más confía la población a la hora de informarse sobre ciencia. Más del 80% los destaca. Les sigue de cerca la Aemet (73,9%), a pesar de las últimas polémicas, mientras que hay más recelo hacia la ONU, la OMS o la UE. Los que generan más desconfianza son los periodistas e influencers y, sobre todo, los políticos. «Se confía más en quien genera conocimiento y menos en el encargado de aplicarlo», señala la investigadora. Con todo, más del 70 % cree que los bulos tienen consecuencias: puedan dañar la salud, manipular creencias… E incluso poner en peligro el sistema democrático, algo que temen especialmente las personas de más edad. Sin embargo, el 13% reconoce haber compartido algún bulo en conversaciones cara a cara dentro de círculos de amigos o familiares, y un porcentaje algo menor lo ha hecho en las redes. A la hora de distinguir una noticia falsa de una auténtica, más de la mitad de la población se considera «bastante seguro». Sin embargo, y es un dato muy curioso, solo el 3% cree que el español promedio consigue hacerlo. Eso implica que se debe «proteger a esa población vulnerable», según concluyen los autores. Más del 60% apoya la restricción gubernamental de información falsa online, aunque limite la libertad de prensa. Razón y emociónEl estudio, que se encuadra dentro de la iniciativa Iberifier, un observatorio de medios digitales de España y Portugal, impulsado por la Comisión Europea, también incluyó un experimento en el que se mostró a los participantes cuatro titulares falsos y cuatro verdaderos sobre el clima, las vacunas, la alimentación y la salud. Después, se les pidió que pensaran sobre la credibilidad de las noticias, y a otros sobre la reacción emocional que les suscitaba. Pues bien, los resultados mostraron que pensar sobre la credibilidad reduce la posibilidad de compartir información falsa (aunque también verdadera), mientras que la emoción lleva a compartirla más, sin pensar en su verosimilitud. El pensamiento conspirativo y las opiniones y actitudes alienadas con el populismo científico aumentan la posibilidad de compartir una noticia falsa. A esto se une otro fenómeno llamado «las noticias me encuentran», por el que los usuarios confían de forma pasiva en lo que les ofrecen las redes sociales y algoritmos para mantenerse informados, en lugar de buscar activamente la información. Les ocurre sobre todo a los jóvenes y la información recibida, que en muchos casos no es cuestionada, suele ser «de calidad bastante baja». Como dice Díaz Catalán, «la desinformación no es una crisis puntual, es ruido de fondo, ha venido para quedarse y está en toda la vida cotidiana».  

Pan peligrosísimo porque se excede en moléculas con gluten, fruta que te perjudica por la noche o ¡el agua engorda! Estas afirmaciones son falsas pero circulan por redes sociales a la velocidad de la luz. Son los nuevos bulos científicos, los que más perciben los … ciudadanos en España, especialmente en reels y plataformas de vídeo. Si en la época del Covid imperaban los grandes complots contra las vacunas, ahora las noticias falsas tratan de calar en la vida cotidiana, sobresaliendo las que se refieren al campo de la nutrición y el bienestar físico. Más de la mitad de los ciudadanos se consideran capaces de distinguirlas pero, curiosamente, solo el 3% cree que el español medio puede hacerlo. Los crédulos son los otros.

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