Alerta, alerta. Hay un peligro a la hora de coleccionar discos, especialmente si se trata de pizarras de 78 rpm: la tentación de revivir aquellas músicas remotas. Puede subyacer un impulso evangelizador, la sensación de que se trata de un tesoro demasiado potente para que quede dormido en esos viejos surcos. Bob Hite, alías El Oso, y sus compañeros de Canned Heat, entendieron que el público afroamericano, incubador del blues, carecía de reflejos nostálgicos, mientras que en el sector de los melenudos más o menos hippies adoraban todo lo que sonaba auténtico y/o antiguo.
El muy legendario dibujante ‘underground’ popularizó la busca y captura de músicas anteriores al rock and roll
Alerta, alerta. Hay un peligro a la hora de coleccionar discos, especialmente si se trata de pizarras de 78 rpm: la tentación de revivir aquellas músicas remotas. Puede subyacer un impulso evangelizador, la sensación de que se trata de un tesoro demasiado potente para que quede dormido en esos viejos surcos. Bob Hite, alías El Oso, y sus compañeros de Canned Heat, entendieron que el público afroamericano, incubador del blues, carecía de reflejos nostálgicos, mientras que en el sector de los melenudos más o menos hippies adoraban todo lo que sonaba auténtico y/o antiguo.
El caso de Robert Crumb es más problemático. Llegó a nosotros gracias a su portada para Cheap Thrills, el elepé de Big Brother and the Holding Company, grupo que lanzó al estrellato global a Janis Joplin. Dibujante y músicos coincidieron en Haight-Ashbury, barrio de San Francisco que en 1967 funcionaba como imán para todo tipo de almas perdidas estadounidenses. Robert destacó allí en el naciente mundillo de los underground comix, pero el ambiente se le indigestó tras algunos malos viajes con LSD. Más la constatación de que aquel no era el anunciado paraíso del amor libre, sobre todo para alguien tímido que se vestía con trajes de segunda mano.

No revelamos nada si contamos que Crumb tenía una libido hiperactiva: tal ha sido el tema de muchas de sus historietas, aparte de esos dibujos donde se retrataba insignificante al lado de descomunales amazonas que se reían de su calentura. Pocos artistas habían sido tan francos al reflejar tales intimidades de su personalidad. No menos chocante era su hobby: hurgaba en los cajones de tiendas para conseguir discos de 78 rpm, visitaba las casas de vecinos que se trasladaban y liquidaban todo lo que habían acumulado. Compraba todo lo más insólito, acicateado por el deleite de introducirse en mundos desconocidos. Jazz y blues, desde luego, pero también la hillbilly music, antecesora del country, más aires hawaianos y otras grabaciones exóticas. A partir de 1991, ya instalado en el sur de Francia, amplió su interés al bal musette, la música de baile preferida por los obreros durante la primera mitad del siglo XX.

Crumb terminó saltando a modestos escenarios haciendo un repertorio que reflejaba sus hallazgos. Cantó y tocó banjo o mandolina con R. Crumb and His Cheap Suits Serenaders, donde participaba Terry Zwigoff, el realizador del más extenso retrato audiovisual del personaje: el documental Crumb, donde el crítico de arte Robert Hughes conectaba sus creaciones con los monstruos de Goya.
Ya en Europa, fundó otra agrupación retro de nombre rotundo: Les Primitifs du Futur. Obviamente, Crumb no buscaba el éxito musical, ni de ningún otro tipo. Tras el impacto de Cheap Thrills, podía haber aspirado a convertirse en portadista de lujo: rechazó una jugosa oferta para ilustrar el Sticky Fingers, de los Rolling Stones. Sus trabajos en ese campo se han centrado en vestir reediciones de sellos minoritarios, como Yazoo. Para otros objetos, como los juegos de cartas coleccionables, insiste en el máximo estándar de calidad… y es lo suficientemente avispado para luego reciclarlos en libros.
De alguna manera, Crumb terminó por torpedearse a sí mismo. Retrató las neurosis de los coleccionistas, su vida antisocial, la reticencia de las mujeres que les rodeaban, la discutible moralidad de pagar un dólar por disco a personas que ignoraban el valor de aquel material. Pero también convirtió esas expediciones en busca de rarezas en una actividad cool.
A su debido tiempo, comprobó que nubes de buitres se le iban adelantando. Del modo misterioso que se difunden esas cosas, se corrió la voz de que aquellas placas frágiles valían dinero. De repente, pretendían que un disco de Marika Papagika, vocalista griega que triunfó en Nueva York (y que grabó sin parar durante los años veinte), se vendiera tan caro como cualquiera de los doce 78 rpm que publicó Robert Johnson, el más mitificado de los bluesmen rurales. Y Crumb decidió parar.
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