
No sé cuántos años hace. Nunca recuerdo cuándo sucedieron las cosas. Mi aversión por los números —esas letras raras— se extiende a fechas, números de pisos, casas y sucesos históricos. Lo único que permanece imborrable son las cantidades monetarias. Aquel verano cobré 500 euros por ser camarera en un chiringuito durante las fiestas del Orgullo en Chueca. ¡Y me parecía mucho dinero! (Preveo bastantes exclamaciones escandalizadas en este texto).
A veces me dan ganas de lanzar un quejido largo y profundo. Y que una voz, jovencísima y absurda, que brote de la nada, me pregunte: “¿Estás bien?”
No sé cuántos años hace. Nunca recuerdo cuándo sucedieron las cosas. Mi aversión por los números —esas letras raras— se extiende a fechas, números de pisos, casas y sucesos históricos. Lo único que permanece imborrable son las cantidades monetarias. Aquel verano cobré 500 euros por ser camarera en un chiringuito durante las fiestas del Orgullo en Chueca. ¡Y me parecía mucho dinero! (Preveo bastantes exclamaciones escandalizadas en este texto).
Trabajaba de seis de la tarde a cinco de la mañana, cobraba en efectivo, y a veces me mandaban a un casino de la calle Montera a cambiar cantidades de dinero que mi cerebro no ha registrado, pues no concebía tanto dinero junto. Mis jefas ocultaban los billetes en una especie de carpeta flexible con la que luego me forraban el cuerpo, otorgándome una constitución cuadrada, robótica. Una vez, de camino al casino, me encontré con un tipo que me gustaba y estuvimos hablando mientras yo me estremecía de terror, segura de que mis sudores estaban deshaciendo los billetes. También me espantaba que él pensase que aquella forma ortopédica bajo mi camiseta era mi torso real. ¡Carlos, no lo era!
Durante el día estaba tan cansada y me dolían tanto la espalda y las piernas (¡Y aún no tenía ni 30 años!), que pasaba las horas en la cama dormitando, leyendo, viendo películas y reponiéndome de cara a la noche. Y a veces, cuando se presentaba la ocasión, hablaba por el patio de vecinos con mi megáfono. El altavoz me lo habían prestado para ir a protestar contra la gentuza que se oponía al matrimonio homosexual (¿2005?). Nunca me habían pedido devolverlo, y lo tenía siempre en la mesilla de noche. Mi habitación en el piso compartido era enorme, sombría y fría en invierno (¡Dormía con gorro de lana!), y fresca en verano, con tres ventanas (¡Tres! Inconcebible ahora mismo en una habitación de 300 euros) que daban a un patio interior grande, atravesado por voces, discusiones, músicas variadas y sexo. Una de las ventanas de mi cuarto estaba justo encima del cabecero de la cama, así que la primera interacción se dio mientras estaba tumbada.
Fue casi un acto reflejo: alguien estornudó en alguno de los pisos, con la consiguiente reverberación en el patio interior. Sin pensarlo, tomé el megáfono y, dije muy alto por la ventana: “¡Salud!”. Tras un leve titubeo estupefacto, la persona anónima respondió: “Gracias”. Sentí un confort muy particular, la satisfacción de algo con cierto sentido en esos años de trabajos precarios, futuro incierto y líos amorosos absurdos. A partir de entonces, si alguien cantaba o ponía música, le decía “Tienes una voz muy bonita”, o “Me encanta esa canción”. Una mañana se oyó un sollozo desconsolado. Creo que era un hombre. Cogí el megáfono y dije: “¿Estás bien?”. Se rió. Una noche llegué borracha a casa, me acosté y susurré una canción al megáfono —Sea of Love, de Cat Power— por el hueco del patio interior. Come with me, my love, to the sea of love. I wanna tell you how much I love you. Alguien abucheó. Una persona aplaudió.
Creo que entonces veía mi actividad con el megáfono como un acto lo suficientemente raro como para ser disruptivo de un modo cómico. Me encantaba contarlo en fiestas y bares, pero creo que no me percataba del todo de la dimensión del asunto. Ahora veo un poquito más allá: en aquel momento, hacía pocos años que había dejado la isla en la que crecí para ir a estudiar a Madrid. La inmensidad de la capital me había devorado en dos bocados. Perdía el aliento intentando atraparla e imaginaba que mis vecinos —que cualquier persona, en realidad— debían estar igual de perdidos que yo. Les hablaba como si fuese una especie de ángel de la guarda. Atento, pendiente de los otros y conocedor de intimidades. Lo cierto es que vivía agotada, y que poder interaccionar desde la cama con un mundo en miniatura, abarcable, suponía un pequeño alivio.
Ahora me dedico a algo que no deja de ser, en esencia, seguir mandando mensajes por un patio interior. Escribo textos como este, libros y guiones (¡A veces tumbada en una cama!). Y, justo este verano, en el que trabajo tanto que a veces creo que he terminado, así que por la tarde nos vamos a la playa, pero a mitad de camino me doy cuenta de que tengo una reunión en una hora, y decidimos detenernos y tomar algo en el chiringuito de una rotonda, viendo pasar los coches que sí van a la playa, haciendo tiempo hasta el momento de conectarme a la reunión, a veces me dan ganas de lanzar un quejido largo y profundo, que reverbere. Y que una voz potente, jovencísima y absurda, que brote de la nada, me pregunte: “¿Estás bien?”.
Cultura en EL PAÍS
