Mad Cool vive el embrujo de Florence and The Machine y la masificación del escenario de Zara Larsson

Cambio de panorama en Mad Cool: del curtido rockero seguidor de Foo Fighters del miércoles al público joven de ayer para disfrutar de una noche de chicas. El poder del pop femenino representado desde cuatro partes del mundo: la surcoreana Jennie, la neozelandesa Lorde, la sueca Zara Larsson y la inglesa Florence Welch al frente de Florence and The Machine. La magnética presencia turbadora de esta última se llevó los mejores momentos de una jornada que vivió el incomodísimo masificado concierto de Zara Larsson en una nueva jornada con lleno: 57.000 personas en Iberdrola Music, en el barrio de Villaverde, al sur de Madrid. Todavía queda festival hoy viernes y el sábado.

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 La segunda jornada del festival madrileño, copada por público joven, se entrega al pop femenino de Jennie o Lorde  

Cambio de panorama en Mad Cool: del curtido rockero seguidor de Foo Fighters del miércoles al público joven de ayer para disfrutar de una noche de chicas. El poder del pop femenino representado desde cuatro partes del mundo: la surcoreana Jennie, la neozelandesa Lorde, la sueca Zara Larsson y la inglesa Florence Welch al frente de Florence and The Machine. La magnética presencia turbadora de esta última se llevó los mejores momentos de una jornada que vivió el incomodísimo masificado concierto de Zara Larsson en una nueva jornada con lleno: 57.000 personas en Iberdrola Music, en el barrio de Villaverde, al sur de Madrid. Todavía queda festival hoy viernes y el sábado.

Procede empezar por los conjuros de Florence Welch, que escenificó su exorcismo en forma de canciones mientras miles de personas corearon sus himnos barrocos. Por eso fue adecuado que ocurriera pasada la medianoche. A las 00.30 h. las brujas tomaron Mad Cool. La reina del ritual emergió con un vestido de gasa de inspiración gótica con unas mangas extralargas que daban un efecto de alas. Gargantilla. Toda de negro. Descalza y con la melena pelirroja alborotada. Frente a ella, desplegando una danza pagana, se movían las componentes de su grupo de baile y coro. Ella comenzó a cantar, como abriéndose paso entre la bruma, Everybody Scream. El ambiente era eléctrico, misterioso. Para la siguiente pieza las brujas se arrodillaron ante su diosa, y esta, como una émula de Hécate, las calmó gracias a un parsimonioso gesto con la mano mientras entonaba Shake It Out.

Florence and The Machine ofreció un concierto de inspiración casi gospel. Como en su repertorio proliferan las melodías realizadas con “ooooos”, a cada señal de la protagonista un coro de miles de personas accedía a sus deseos. Sus canciones de temática resiliente transformaron el recinto en una especie de concentración para la sanación. Cualquier podía superar sus males si se dejaba guiar por la brujería de Welch. Buena parte de la actuación se basó en su sexto y último disco, Everybody Scream, en el que Florence cuenta cómo estuvo a punto de morir tras una hemorragia grave producida por un embarazo donde el óvulo fecundado quedó fuera del útero. En el pasado, Florence escribió sobre traumas psicológicos; esta vez el final del camino se le presentó en un quirófano. Lo esquivó y ha querido compartir la terrible experiencia.

Exhibió una voz que pareció una hoguera indomable y que pasó por estados anímicos antagónicos: del hilo a punto de quebrarse al bramido enloquecido. Se escucharon Which Witch, Spectrum, Rabbit Heart (Raise It Up), Hunger… En King puso los brazos en cruz, alzó la mirada, cerró los ojos y pareció que algún espíritu la poseía. Acabó la canción de rodillas. A pesar de la intensidad de algunos gestos las canciones las ofreció en un formato accesible, incluso bailable. Fue un concierto estupendo, estimulante. Ni una pega.

Pero hay que hablar de aspectos menos edificantes, cosas a mejorar en Mad Cool. El escenario dos, llamado Orange, comienza a ser un punto conflictivo en el festival madrileño. En la primera jornada las quejas decían que como quiera que Moby se presentó en ese espacio mientras las estrellas, Foo Fighters, descargaban en el escenario uno, denominado Región of Madrid, los guitarrazos de Dave Grohl y compañía se colaban en la actuación de Moby. Un poco incómodo, cuanto menos. El tema es que son escenarios relativamente próximos. Pero anoche el problema fue de masificación. Parece que el tirón de Zara Larsson no se lo esperaba la organización. Se quedó pequeño este recinto secundario y mucha gente, sobre todo joven, que acudió al reclamo de la joven estrella sueca, apenas contempló la actuación. El sonido, lógicamente, llegaba apagado, sobre todo en la zona más colapsada, el lateral donde iba a parar la mayor parte de la gente, ya que pillaba de camino tras ver a Lorde en el escenario principal.

Otros años los dos escenarios estaban alineados en la parte más grande del recinto. Eran en realidad, dos espacios principales. Si Larsson hubiese actuado en la supuesta localización dos del año pasado, como lo hizo Alanis Morissette en 2025, no se hubiese llegado a la masificación de anoche. Quizá la organización baraje algún motivo de peso para haber cambiado de posición el escenario secundario, pero, de momento, mucha gente se perdió el pop pizpireto de Larsson.

Pero el público, que pasea por el mundo con unas ganas terribles de divertirse, se acopló donde pudo, bailó las coreografías y cantó los pelotazos pop de una joven que sigue la tradición sueca del pegajoso pop comercial chicle. Acompañada por un generoso cuerpo de baile y por una banda con mayoría de mujeres (o eso apreció este cronista desde la distancia) ofreció todos esos estribillos que florecieron en TikTok: Midnight Sun, Lush Life o Never Forget You. Larsson demostró hechuras de diva juvenil sin paliativos: baila y canta bien y sabe llevar un espectáculo chisporroteante para gozo del espectador juvenil… y algún padre y madre también.

Jennie pasa por ser la más talentosa de las cuatro componentes de Blackpink, la banda femenina de k-pop más grande, solo algún peldaño por debajo en popularidad de los reyes del género, BTS. Con un primer disco en solitario publicado en 2025, Ruby, se presentó en Mad Cool como cabeza de cartel del día: a la mejor hora (estaba programado para las 22.30, pero se retrasó 15 minutos) y en el escenario principal. Cumplió las expectativas con un pop comercial que abraza los códigos occidentales en detrimento de la especificidad surcoreana. Por ahí pierde singularidad su proyecto. Mejor bailarina que cantante, Jennie se mostró categórica y demostró condición de artista con carisma. Los momentos más celebrados se dieron con Dracula, su remezcla de un tema de Tame Impala (curiosa sociedad) y Like Jennie, con la que cerró el recital.

El interés por Lorde se ha ido apaciguando en los últimos tiempos. Su irrupción fue potente en una época en la que las chicas místicas atraían mucha atención. Y ella era una niña prodigio que con 16 años grabó su debut, el todavía hoy estimulante Pure Heroine (2013). La exposición le superó (y a quién no, con esa edad) y prefirió tomarse su tiempo entre discos. Más madura y confiada, ofreció en 2025 su cuarto álbum, Virgin. Hoy tiene 29 años y no le preocupa actuar en horario todavía diurno (20.30h.), asumiendo un rol menos protagonista, al menos en España.

Su puesta en escena resultó atractiva a pesar de la sencillez. Salió vestida como cualquier mañana a la hora del gimnasio. Zapatillas, pantalón Adidas y top. Incluso llevaba una botella que rellenó en un surtidor de agua que colocó en la tarima. Sus flexibles movimientos parecían sacados de una clase de cardio o de fuerza. Los músicos operaban en un lateral y dos bailarines la acompañaban.

Comenzó interpretando una versión acortada de Royal para luego entregar What Was That y Broken Glass. Sus canciones de ritmos pausados y programados calaron enseguida en el público. Ella estuvo bien de voz, con un timbre que parece seguir el dramatismo de Björk, aunque varios grados de intensidad por debajo. Recurrió a coros grabados.

En Louvre ascendió al cielo del escenario subida en una estructura, y antes de Liability dio un discurso motivacional sobre “vivir cosas reales, quitarse las gafas de sol [tal cual] y abrazar al que tienes al lado”. Utilizó está tendencia tan de moda que consiste en proyectar sobre las pantallas cerrados planos de su rostro y le pegó un par de caladas a un cigarro para teatralizar un tema. Original espectáculo. Mañana y pasado volverá el público talludo para deleitarse con Pixies, Nick Cave o Pulp. Lo contaremos…

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