
El fin del terrorismo etarra estuvo precedido de varios hitos. La gran movilización social motivada por el secuestro y asesinato del joven concejal de Ermua, Miguel Ángel Blanco, en julio de 1997, fue uno de ellos. Numerosos reportajes y cortos han abordado lo sucedido en aquellas 48 horas, entre su secuestro y asesinato, vividas angustiosamente en toda España. Jon Sistiaga y Juanjo López han rodado un documental de 93 minutos, que Netflix estrena este viernes, titulado pretenciosamente Miguel Ángel Blanco; Las 48 horas que lo cambiaron todo, porque el terrorismo etarra, desgraciadamente, tardó aún 14 años en terminar y asesinó a 67 personas más como reconoce, en su texto final, el propio documental.


El secuestro y asesinato del concejal de Ermua marcó un hito por la amplitud de la movilización social contra ETA. El documental lo refleja desde la calle hasta las alturas políticas, pero no explica las movilizaciones masivas precedentes
El fin del terrorismo etarra estuvo precedido de varios hitos. La gran movilización social motivada por el secuestro y asesinato del joven concejal de Ermua, Miguel Ángel Blanco, en julio de 1997, fue uno de ellos. Numerosos reportajes y cortos han abordado lo sucedido en aquellas 48 horas, entre su secuestro y asesinato, vividas angustiosamente en toda España. Jon Sistiaga y Juanjo López han rodado un documental de 93 minutos, que Netflix estrena este viernes, titulado pretenciosamente Miguel Ángel Blanco; Las 48 horas que lo cambiaron todo, porque el terrorismo etarra, desgraciadamente, tardó aún 14 años en terminar y asesinó a 67 personas más como reconoce, en su texto final, el propio documental.
El secuestro y asesinato de Blanco no lo cambió todo, pero marcó un hito por la amplitud de la movilización social contra ETA que, con notorios precedentes, llegó para quedarse. El documental lo refleja desde la calle hasta las alturas políticas. Combina numerosas imágenes de testimonios y manifestaciones, en diversos puntos de España, que marcan su excepcionalidad. A destacar la historia de Natividad Gracienda que el día del asesinato de Blanco se casó en Ermua, pero no disfrutó de la boda porque todos los asistentes estaban pendientes de las noticias y terminaron sumándose a la manifestación convocada por el Ayuntamiento, novios incluidos.
Desde las alturas, su trascendencia la muestra el testimonio de Felipe VI, entonces príncipe. Resalta la peculiaridad de su presencia en el funeral en Ermua, pues la Casa Real los evitaba para no discriminar a las víctimas del terrorismo, por su impacto social.

El documental aprovecha sus 93 minutos para lograr una minuciosa reconstrucción sobre lo sucedido en las 48 horas transcurridas desde el secuestro de Blanco en la estación de Ermua hasta su asesinato en las cercanías de Lasarte con el angustioso paso del tiempo causado por la amenaza etarra de asesinarle si el Gobierno no acercaba a sus 600 presos a las cárceles vascas, retransmitido a tiempo real en radios y televisiones.
Su hermana Marimar figura en el centro de un relato, con la casa familiar de Ermua, en el que participan sus amigos de trabajo, del grupo musical, ediles del PP, políticos, el juez, periodistas, policías, hasta el médico y el cura de la Residencia Sanitaria donostiarra donde falleció. Combinan imágenes de la época con testimonios actuales —de interés muy desigual— que ahondan en el conocimiento de la víctima, de su escasa ambición política, de sus hábitos normales que le hicieron presa fácil de una ETA que quería vengarse de la liberación del funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara. Recoge el profundo sentimiento de empatía hacia el joven concejal que los autores pretenden actualizar al recordar que hoy, desgraciadamente, un 60% de jóvenes desconoce quién es Miguel Ángel Blanco.
La angustia del plazo de 48 horas se expresa en la intensa actividad de la Guardia Civil y la Ertzaintza —centenares de registros, controles, cabinas públicas intervenidas— pues saben que la única posibilidad de salvarle es toparse con los terroristas porque creen que su suerte está echada. Tras su asesinato, subraya la ira ciudadana con el acoso a las sedes de Batasuna y la decisión de la Ertzaintza de contenerla acercándose a los manifestantes sin sus capuchas.

El punto más débil del documental radica en el tratamiento de la movilización ciudadana y sus consecuencias, pese a la importancia proclamada por sus autores. Aparecen numerosas imágenes de manifestaciones y testimonios en distintos puntos de España, pero queda diluido el papel vanguardista del Ayuntamiento de Ermua y su alcalde, Carlos Totorica, en la movilización nacional. Muestra su voluntad de respuesta en la calle y su papel posterior de contenedor de la ira desatada tras el crimen. Pero el documental no cuenta su llamamiento a la población de Ermua a manifestarse la misma tarde del secuestro, circulando en el coche de la policía municipal, ni cómo la población mantuvo una vigilia permanente exigiendo la liberación de Miguel Ángel, ni cómo la familia Blanco tuvo un refugio en el ayuntamiento, que fue un reclamo para los municipios españoles, al multiplicarse su eco a través de televisiones y radios comprometidas en condenar la actitud criminal de ETA.
No existe en el documental la Mesa de Ajuria Enea, encabezada por el fallecido lehendakari Ardanza, que unificaba a todos los partidos democráticos vascos. Fue la convocante de la mayor manifestación de la historia de Bilbao, pocas horas antes de que ETA asesinara a Miguel Ángel, y actuó como reclamo movilizador en toda España. Falta la denuncia del lehendakari de la complicidad de Batasuna. Conocemos el éxito de la manifestación de Bilbao por Marimar Blanco cuando reconoce que le animó a albergar alguna esperanza.
Falta un desarrollo de las movilizaciones masivas precedentes contra ETA, sobre todo en Euskadi, por los secuestros de los empresarios Iglesias Zamora y Aldaia, así como por los asesinatos de Gregorio Ordóñez y Francisco Tomás y Valiente, que propiciaron la explosión ciudadana de Ermua. Falta una explicación.

Sorprenden esas importantes ausencias en un documental de 93 minutos que, sin embargo, dedica mucho tiempo a la justificación del Gobierno, en boca de José María Aznar y Jaime Mayor Oreja, a no negociar con ETA ante el chantaje del asesinato de Blanco si no acercaban a sus presos a las cárceles vascas. Ese debate no existió en la calle. Ningún partido democrático reprochó al Gobierno del PP su firmeza.
También dedica mucho tiempo a las gestiones de algunas instancias —la Iglesia, el PNV, abertzales pacifistas y una abogada, animada por Pedro J. Ramírez— para intentar lo imposible, que ETA no asesinara a Blanco. Conocidas hace mucho tiempo, no aportan nada nuevo y sirven para que Aznar y Mayor Oreja corroboren su lógica de que ETA había decidido el asesinato del joven concejal desde su secuestro.
Sin embargo, resulta revelador el testimonio de Marcial Piriz, excomisario de la Policía Nacional y autor de la detención de Ibón Muñoa, el concejal de Batasuna de Eibar que informó a ETA de los movimientos de Blanco. Su detención arrastró la del Comando Donosti de ETA y le permitió a Piriz conocer cómo Javier García Gaztelu Txapotefue el autor de los dos disparos que le asesinaron, de cómo los otros dos miembros del comando se opusieron y cómo Txapote se impuso invocando órdenes de la dirección etarra.
En definitiva, el documental ofrece una exhaustiva narración de lo sucedido en las 48 horas que vivimos desde el secuestro de Miguel Ángel hasta su asesinato. Acierta en reivindicarle ante el desconocimiento juvenil. Pero tiene importantes lagunas y falta explicación de uno de los hitos del final del terrorismo: origen, impacto y consecuencias de las movilizaciones contra ETA.
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