Inés Hernand, comunicadora: “Hay terror a no saber a dónde nos tendremos que ir” 

Inés Hernand, comunicadora, retratada el 24 de julio de 2026 en el parque del Oeste de Madrid.

Pocos recuerdan que Inés Hernand (Madrid, 34 años) comenzó en redes sociales haciendo vídeos sobre, por ejemplo, consejos jurídicos para la vida cotidiana (como estudió Derecho, Google dice que es abogada). Ahora, esta comunicadora que combina compromiso, humor y torrencialidad, tiene un pie en las cuestiones sociopolíticas con óptica progresista (como el videopodcast Saldremos mejores, con Nerea Pérez de las Heras) y otro en el entretenimiento puro y duro (ganó una edición de MasterChef Celebrity, ha presentado el Benidorm Fest).

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 La presentadora estrena ‘Ordena tu vida’, en RTVE, un formato de entretenimiento que lleva a reflexionar sobre el consumo masivo o la crisis de la vivienda  

Pocos recuerdan que Inés Hernand (Madrid, 34 años) comenzó en redes sociales haciendo vídeos sobre, por ejemplo, consejos jurídicos para la vida cotidiana (como estudió Derecho, Google dice que es abogada). Ahora, esta comunicadora que combina compromiso, humor y torrencialidad, tiene un pie en las cuestiones sociopolíticas con óptica progresista (como el videopodcast Saldremos mejores, con Nerea Pérez de las Heras) y otro en el entretenimiento puro y duro (ganó una edición de MasterChef Celebrity, ha presentado el Benidorm Fest).

Presenta Ordena tu vida, uno de los estrenos veraniegos de RTVE, adaptado de la BBC, que entra en las casas de algunas familias, vacía las “áreas de trabajo” y hace que los habitantes se deshagan del 50% de sus pertenencias. La cosa tiene su enjundia, porque se relaciona con el consumo, el afán de acumulación o el problema de la vivienda. Con el modo en que sobrevivimos dentro del actual dogma económico. “La gente, obviamente, tiene apego a lo material”, dice Hernand.

Pregunta. Parece interesante.

Respuesta. Tenemos metido el voyeurismo de querer mirar las casas ajenas. Queremos saber cómo vivimos —de bien o de mal— en relación con nuestros iguales.

P. Es que las casas dicen mucho de lo que somos.

R. Dicen mucho más de lo evidente. He descubierto que todos tenemos una vis artística, casi necesaria, como forma de descompresión de una vida laboral monótona. Un guardia civil que toca la guitarra y hace diseño en 3D. Una productora que es melómana y tiene una gran colección de discos. La gente pinta, hace fotos… La gente lee bastante. Eso es lo que más me ha llamado la atención. Cuando te cruzas a alguien por la calle puedes pensar que es un zote… pero luego no es así.

P. Yo pensaba que la gente que me cruzaba por la calle era genial… hasta que aparecieron las redes sociales.

R. Bueno, eso también es cierto. Twitter [ahora X] es como la pocilga de la sociedad. La humanidad es decepcionante, pero creo que también hay muchos brotes verdes. ¡En el programa hemos hecho un casting estupendo! [risas].

P. Decíamos que el consumo está exagerado.

R. Es una locura. Sobre todo, el consumo textil en personas jóvenes. La forma de vestir, cómo te presentas al mundo, ha solido ser un statement [una declaración de intenciones], pero ahora hay una masa en la que todo el mundo viste igual. El fast fashion, que es barato, ha invadido los armarios: hemos intervenido habitaciones que tenían montañas y montañas de ropa.

P. Me gusta lo de “intervenir”.

R. ¡Es que te lo tienes que tomar casi como si fuese una redada!

P.¿Todos acumulamos algo? Es como pagar el alquiler a las cosas…

R. Yo creo que sí. Cuando no es ropa, es otra cosa. Es muy difícil deshacerse de los libros, por ejemplo. Y eso contrasta con algo que me contó la antropóloga Candela Antón, que habla de los espacios liminales en los que estamos viviendo. Son momentos en los que estás en medio de algo. Como un embarazo. Y como ocurre con la crisis de los alquileres. Yo me he mudado 13 veces, con 34 años.

P. Por cierto, ¿usted es ordenada?

R. Con tanta mudanza, más que ordenada me he hecho poco acumulativa, para aprovechar el espacio. Soy muy nórdica: me gusta poco, me gusta limpio, me gusta por colores.

P. Así que vivimos en espacios de tránsito temporal.

R. Sí, son espacios que no acabas de conquistar. Hay gente que no quiere decorar (incluso la que tiene permiso del casero para poner un cuadro) y que siente que todas sus posesiones tienen que caber en una estantería. Hay un terror a no saber a dónde nos tendremos que ir que ha invadido las casas de los españoles.

P. Usted se ha ido.

R. Me he ido fuera de la ciudad de Madrid, por los precios. No me apetecía seguir contribuyendo al sistema rentista. En la ciudad hay esa cosa vibrante de que todo puede pasar, de que hay muchos Madrid dentro de Madrid… Abruma mucho el contraste con el pueblo, que es un espacio donde lo que ocurre es muy cíclico. Eso sí, ayuda a reposar la cabeza.

P. Mucha gente quiere irse de Madrid.

R. Se ha convertido en un sitio un poco invivible; se han destruido las cosas por las que estabas en la ciudad, el tejido social con el que podías sentirte identificada. Yo he vivido en Tetuán, en Puerta del Ángel, en Malasaña… Encontrabas gente de tu rollo, había comunicación, podías hacer planes improvisados. Cuando los vecinos cambian, cuando cierran los comercios de barrio, te sientes ajena de tu propio espacio. Y la gente vive con los dientes apretados por los precios.

P. Usted es un rara avis: tiene un pie en el asunto sociopolítico y otro en el entretenimiento.

R. Eso se llama supervivencia. No lo veo como un talento especial. Yo empecé a trabajar con 16 años en un Telepizza y he concatenado un número de mudanzas y de trabajos amplísimo. Comencé en las redes porque mi mejor amiga Andrea [Compton] es youtuber… Hicimos una revista digital, una serie online… Por diversión. Empecé Historia del Arte y acabé en Derecho, luego en un despacho de abogados.

P. ¡Empezó haciendo vídeos de Derecho!

R. Eran consejos legales para la vida cotidiana. Los utilizaba para memorizar todo el Derecho Civil, el Derecho de Familia… Así lo hice.

P. Habla de la necesidad de ser transversal, pero también tiene la capacidad.

R. Sí. Luego hay que ir domando cada parte, según donde estés. Yo he contado de todo: que no me hablo con mis padres, el aborto, una cantidad de historias personales… Visto desde ahora, quizás no hubiera hablado de ello, por titulares que quedan en tu huella digital. En general, creo que tengo poca contención.

P. Usted se ve envuelta con frecuencia en polémicas. ¿Se mete o la meten?

R. Creo que no hay que tener miedo a hablar de ciertas cosas en ciertos espacios. Yo me he criado con la televisión, porque pasé poco tiempo con mis padres, y me gustaba una tele más canalla. Pero estamos en una época de tendencia más conservadora, de “no digas”, “no hagas”, de pensar en las consecuencias, de autovigilancia. A eso hay que echarle un pequeño pulso. Puedes tener dinero en la cuenta, puedes defender derechos sociales y puedes hacer una pequeña pedorreta de vez en cuando y que todo vaya bien.

P. ¿Pero predice usted las consecuencias?

R. No, si lo hiciera más que polémicas serían una especie de montaje… Mira, recientemente, en la academia de Operación Triunfo, hice un comentario sobre la parte pacifista de la izquierda abertzale, que entonces no maticé (luego sí lo hice), y ya me cayó el sambenito de “etarra”. Eso me pesa hoy, y sé que va a tardar en diluirse toda una vida. Si tienes tu algoritmo entrenado hacia la derechona y pones mi nombre, te sale eso: “Etarra”.

P. También criticó usted a Israel en ruedas de prensa de Eurovisión. Eso sabía que traería cola.

R. Eso es que me sale del corazón. Dije que no al estado genocida de Israel en Eurovisión, cosa nada extraña si pensamos que poco antes habíamos vetado a Rusia en un concurso que promueve la paz y los valores europeos. Fue, por cierto, la postura que después ha adoptado RTVE. Y en aquel momento me costaba prácticamente volverme a mi casa. A mí ya me han caído muchos llamacuelgas.

P. Otro de sus últimos jardines fue en torno a la casita de Bad Bunny, acusada de elitista y machista, y las contradicciones que tenemos que cabalgar.

R. Sí, en eso y en todo. Es curioso que el ojo siempre vaya a ciertos lugares, con cierto sesgo de clase, como en el caso del reguetón, algo de origen callejero. Parece que la gente le pone Mozart a sus hijos. Además, después de que Bad Bunny se implicara en las protestas en Puerto Rico contra el anterior presidente, que era un déspota; por no mencionar el espectáculo de la SuperBowl. Así que, aunque esté en una multinacional y ganando mucha pasta, se le identifica como alguien progre. Y eso toca los cojones. Y sí, cabalgamos contradicciones en torno a las letras, pero analicen ustedes las letras de los Mötley Crüe.

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