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La sesión de Estrasburgo dedicada al Estado de la Unión -práctica inaugurada en 2010- es la comparecencia de la presidencia de la Comisión ante el Parlamento para exponer la andadura común, dónde se encuentra y hacia dónde pretende llevarla. Ayer, Ursula von der Leyen se presentó con un lema de notable carga política: «Delivering Europe’s Independence«. Como tantas veces, la traducción oficial -«Alcanzar la independencia de Europa»- pierde el matiz de protagonismo; delivering implica no sólo aspirar, sino ponerse al timón para hacerlo realidad. Tras escucharla, la cuestión no es ya la distancia entre proclama y materialidad, sino dónde ha situado la compareciente el foco.
Llamativa fue la distribución de pesos que el minutaje manifiesta. En tiempo y sustancia, el gran relato discurrió hacia fuera -Canadá, defensa, amenazas híbridas, Ucrania, Rusia, Gaza, China (choca el absoluto silencio sobre Estados Unidos)-; ámbitos esenciales para el futuro europeo, pero en buena parte sujetos a competencias nacionales cuando no a la reforma de los Tratados. Así, en sus mensajes más rompedores Von der Leyen se enfrenta a una capacidad de actuación de la Comisión indirecta y ancilar. En cambio, el corazón económico característico de la comunitarización -mercado interior, capitales, competencia, incluso energía (en donde los Estados miembro mantienen el control del mix)- apareció como tarea encauzada, carente de urgencia política.
Además, el horizonte político empieza a cerrarse. No hemos alcanzado el ecuador cronológico del mandato, pero la percepción es de agotamiento del ímpetu de la legislatura. A comienzos de 2027 se renovarán los principales cargos del Parlamento. La mayoría portadora de la elección de Von der Leyen se deshace. El PPE se consolida en torno a un núcleo «conservador»; socialistas (con mínimas excepciones) y verdes tratan de adjudicarse esencias de europeísmo ordenadas sobre mantras de agenda verde a ultranza y paños calientes con la inmigración ilegal. De fondo, la negociación del próximo presupuesto europeo se perfila durísima: varios de los contribuyentes netos de referencia reclaman recortes importantes, mientras la propia Comisión da señales evidentes de resignación a un monto global disminuido. Frente a los nuevos afanes que se acumulan y el consiguiente drenaje de recursos que acarrearán, llamó la atención el escaso espacio reservado a este asunto.
La estrella fue Canadá. Con Mark Carney en el hemiciclo, Von der Leyen propuso «abrir la puerta» a que acceda a primer «miembro asociado» de la Unión, categoría hoy inexistente en los Tratados. La ovación fue de las grandes. La paradoja también: diez Estados miembros todavía no han ratificado CETA, el acuerdo comercial que se aplica provisionalmente desde 2017. Antes de rematar el marco que tenemos, imaginamos estrenar otro más ambicioso. Es difícil hallar mejor estampa de una Europa pródiga en arquitectura y fatigada -embarullada- en ejecución.
Después llegaron un Consejo Europeo de Seguridad, un protocolo de emergencia frente a amenazas híbridas, nuevos proyectos conjuntos con la industria ucraniana, defensa antimisiles, endurecimiento de sanciones a Rusia. Y descolgados del meollo Gaza y ampliación. Nada de ello es menor (cuenta el realce). Al contrario, Europa necesita envergadura geopolítica. Pero sus palabras fueron dando carta de naturaleza a la mutación en curso; la presidenta de la Comisión habla crecientemente como presidenta de Europa. Cuanto más acuciante resulta llenar el vacío de poder exterior, la Unión cede a la tentación de hacerlo desde una institución cuyos instrumentos más potentes están diseñados para otros fines.
El contraste con el mercado interior fue elocuente. Von der Leyen se remitió al «One Europe, One Market«, hoja de ruta acordada en abril para lograr un mercado plenamente integrado a finales de 2027, junto con la Unión de Ahorro e Inversión y la simplificación regulatoria. El propósito es impecable. Lo perturbador es el calendario histórico: en 1985 el Libro Blanco de Delors fijó la culminación del mercado interior como encomienda central, que a todas luces progresa a trancas y barrancas. Von der Leyen decretó su solución para dentro de un año. La consistencia exigible aconseja menos voluntarismo. Pasados dos años a vueltas con el informe Draghi, apenas en torno al 16% de sus recomendaciones están implementadas.
La energía desveló otra opción de fondo. «Let’s make Europe’s future electric» concluyó la presidenta en este apartado. Con renovables y nuclear (que recibió cartas credenciales en esta alocución anual); «molécula» figura perdida en una subordinada junto a una mención al biometano (quid de los proyectos de hidrógeno verde, columna vertebral de la sostenibilidad hasta el desastre de Ormuz). Electrificar cuanto sea eficiente es indispensable. Convertir la electrificación en panacea universal es más que discutible. El sector químico, los fertilizantes, la aviación, el transporte marítimo y procesos industriales de alta temperatura seguirán requiriendo moléculas. La independencia energética impone contemplar el sistema entero. Con realismo, sin orejeras.
Más revelador aún fue el capítulo de inteligencia artificial. Von der Leyen reconoció los riesgos de los arquetipos de frontera y formuló un planteamiento significativo: «We do not need to develop the frontier technology to be the ones who draw the greatest value from it«. Sostuvo que Europa puede liderar la aplicación de la IA en fábricas, hospitales, agricultura de precisión o conducción autónoma, explotando sus datos y preservando la intervención humana. Puede ser una estrategia, pero deja suspendida una pregunta incómoda. ¿Es una elección o la racionalización de una Europa que no aspira a sentarse a la mesa de los que deciden? Gestionar magníficamente una tecnología desarrollada por otros no equivale a soberanía tecnológica. Estos días, cuando varios de los amos del oficio han pedido moderar la velocidad de los modelos más avanzados, circulaba en las redes una maldad: si en serio quisieran frenar la IA, bastaría con trasladar sus compañías a Europa. La boutade duele porque roza una verdad.
La asimetría resulta llamativa. Allí donde los tratados reservan a los Estados miembros el poder -defensa, política exterior, seguridad-, la Comisión ensancha su protagonismo. Allí donde dispone de competencias y herramientas dedicadas, con mandato explícito del derecho primario, tiende, en cambio, a repartir responsabilidades, a desplazarlas hacia las capitales. En inteligencia artificial, así como en el establecimiento del Centro para la Resiliencia Democrática, llegó a convocar a los gobiernos nacionales en pie de igualdad con parlamentarios y otros stakeholders. En simplificación, autosatisfecha con sus 12 ómnibus (que tienen descoyuntada a la pequeña y mediana empresa), les reprochó el gold-plating (transponer sin rigor creando divergencias en la armonización). No deja de ser paradójico: volcarse donde manda menos e inhibirse donde pueda hacer más. Hubo, es cierto, alguna propuesta nueva que merece análisis propio. El Kids Act prohibirá redes sociales a menores de trece años y cuentas personales antes de los quince, con obligaciones crecientes para las plataformas. Es una iniciativa de alcance considerable, en terreno especialmente sensible para los Estados, que no conviene despachar en una línea.
La excepción fue la inmigración. Y corresponde, en justicia, saludar la labor del PPE espoleado por los activos del PP español en despertar la conciencia bruselita, que ha cuajado en feliz toma de posición rotunda. La presidenta fue firme (ahí la Comisión sí tiene vara alta) y para España tuvo un pasaje inequívoco: «Ceuta es España. Ceuta es Europa. Y Europa estará ahí para ayudaros». La presidenta enfatizó la plena aplicación del Pacto de Migración y Asilo, anunció un instrumento europeo de respuesta para llegadas masivas inducidas o instrumentalizadas y cerró con una afirmación que nuestro debate nacional debería escuchar: «Somos nosotros, los europeos, quienes decidimos quién viene a en nuestra Unión y en qué circunstancias».
Esta intensa hora y cuarto deja de poso una Comisión dispuesta a extender su huella allí donde Europa carece de poder común y demasiado confiada en que tareas cruciales que sólo ella puede impulsar están ya encarriladas. El problema, por tanto, no es falta de ambición. El discurso rebosó de ella. Tampoco que Europa deba encerrarse en sus competencias económicas mientras el mundo se vuelve más hostil. Es precisamente al revés; para pesar fuera necesita hacerse fuerte dentro. Terminar de una vez el mercado interior, integrar capitales, asegurar energía competitiva y trabar potencia tecnológica no son asuntos menos geopolíticos que Ucrania o Canadá. Son la base material de cualquier pretensión de independencia. La Comisión tiene que contribuir a construir una Europa capaz de actuar fuera. Pero quizá ha de empezar por utilizar a fondo los instrumentos formidables que los Tratados pusieron en sus manos para actuar dentro. Zapatero, primero a tus zapatos.
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