Hay partidos que se juegan sólo contra el rival. Y otros, además, contra el escenario. España se encontrará esta semana con uno de esos duelos. Delante estará Uruguay, una de las selecciones más competitivas del mundo aunque su arranque en el Mundial haya sido decepcionante. Se disputa en la ciudad mexicana de Guadalajara (18.00 locales, pero 02.00 del sábado en España). Hay una realidad invisible que influirá en el juego: la altitud.El estadio Akron, rebautizado por la FIFA como Estadio Guadalajara durante el Mundial porque no se admiten nombres comerciales, se encuentra a unos 1.570 metros sobre el nivel del mar. No es una cifra dramática. No es Ciudad de México, con sus 2.240 metros, donde La Roja probablemente iría en caso de ser tercera en su grupo. Ni mucho menos El Salto (4.100), a donde Bolivia ha llevado sus partidos de local y en donde el aire escasea a cada carrera. Pero la de Guadalajara sí es una altura suficiente para modificar pequeñas cosas que, en el fútbol de élite, acaban siendo importantes.España sale hoy desde Chattanooga, Tennessee, donde ha establecido su cuartel general a apenas 206 metros de altitud. Uruguay aterriza desde Playa del Carmen, en el Caribe mexicano, al nivel del mar. Así que la altura será igualitaria. Afectará a los dos rivales.«Calculamos que la capacidad física puede disminuir entre un 4 y un 5 por ciento», explica a este periódico Claudio Vázquez, médico de la selección. Una cifra que significa que un sprint cuesta un poco más, que la recuperación entre esfuerzos será algo más lenta y que los últimos minutos pueden hacerse más largos de lo habitual. «Tenemos una cosa buena, que a nuestro rival le sucede lo mismo porque un torneo de este tipo no deja espacio para una aclimatación con tiempo». Y hay otro alivio. Pese a que habrá una humedad del 70% la temperatura prevista es de 26 grados.Vázquez llegó a la Federación en 2014 para cubrir una vacante en el combinado de fútbol playa. Desde entonces ha pasado por prácticamente todas las categorías hasta integrarse en el equipo de Luis de la Fuente. Este doctor nacido en Jaén y domiciliado en Almería habla de la altitud sin dramatismos. «La de Guadalajara se puede considerar leve o moderada. El verdadero mal de altura suele aparecer a partir de los 2.500 metros», explica.Claudio Vázquez, médico de la selección. RFEFEl problema es que el Mundial no permite una aclimatación convencional. Los especialistas suelen recomendar entre diez y catorce días para adaptarse a una nueva altitud. España no dispone de ese tiempo. «La estrategia que empleamos es la ventana exprés: llegar, entrenar, jugar e irnos. Al cuerpo no le da tiempo a realizar grandes cambios fisiológicos», resume.Eso no significa que el organismo no reaccione al cambio. «Los jugadores pueden sufrir alguna pequeña cefalea, algún pequeño malestar porque hay menos oxígeno y su presión disminuye entre el 14 y el 15%. El cuerpo intenta hiperventilar, ventila un poco más porque hay menos oxígeno. Eso genera un mayor gasto cardíaco porque además se pierde un poquito más de agua».La mejor recetaEl doctor tiene clara la receta. Es necesaria la hidratación reforzada, un aporte extra de sodio, descanso, una adaptación horaria y reservas energéticas llenas. «Intentamos maximizar lo que llamamos entrenamiento invisible. Dormir mejor, hidratar más, incluso utilizar melatonina si es necesario para ajustar el ritmo circadiano y que los jugadores puedan descansar. También insistimos mucho en el glucógeno y la glucosa porque el esfuerzo será mayor». La experiencia más cercana llegó hace pocas semanas en el amistoso en Puebla ante Perú (3-1 para La Roja), a unos 2.100 metros de altitud. «Notamos más fatiga y un rendimiento algo más reducido. Nos sirvió como ensayo».España tampoco llega especialmente entrenada para convivir con la altura. Los futbolistas desarrollan la mayor parte de su carrera prácticamente al nivel del mar. Incluso Madrid, la ciudad europea más alta donde habitualmente juegan algunos internacionales, se sitúa en torno a los 670 metros, muy lejos de Guadalajara.El médico andaluz sorprende cuando se le cuestiona en qué notarán los espectadores la altitud a la que se juega. Y coloca sobre la mesa un factor que nadie comenta en estas situaciones, el balón. Los porteros deben prepararse para pagar otra consecuencia, la pelota vuela distinta. «Con menos presión atmosférica el balón tiende a desplazarse más recto. Puede resultar un poco más complicado para los guardametas», avisa Vázquez. La explicación recuerda a lo que tantas veces contó Rafael Nadal sobre Madrid. Al jugar a más de 650 metros, la pelota de tenis bota y corre de manera diferente. En Guadalajara sucede algo parecido. Hay partidos que se juegan sólo contra el rival. Y otros, además, contra el escenario. España se encontrará esta semana con uno de esos duelos. Delante estará Uruguay, una de las selecciones más competitivas del mundo aunque su arranque en el Mundial haya sido decepcionante. Se disputa en la ciudad mexicana de Guadalajara (18.00 locales, pero 02.00 del sábado en España). Hay una realidad invisible que influirá en el juego: la altitud.El estadio Akron, rebautizado por la FIFA como Estadio Guadalajara durante el Mundial porque no se admiten nombres comerciales, se encuentra a unos 1.570 metros sobre el nivel del mar. No es una cifra dramática. No es Ciudad de México, con sus 2.240 metros, donde La Roja probablemente iría en caso de ser tercera en su grupo. Ni mucho menos El Salto (4.100), a donde Bolivia ha llevado sus partidos de local y en donde el aire escasea a cada carrera. Pero la de Guadalajara sí es una altura suficiente para modificar pequeñas cosas que, en el fútbol de élite, acaban siendo importantes.España sale hoy desde Chattanooga, Tennessee, donde ha establecido su cuartel general a apenas 206 metros de altitud. Uruguay aterriza desde Playa del Carmen, en el Caribe mexicano, al nivel del mar. Así que la altura será igualitaria. Afectará a los dos rivales.«Calculamos que la capacidad física puede disminuir entre un 4 y un 5 por ciento», explica a este periódico Claudio Vázquez, médico de la selección. Una cifra que significa que un sprint cuesta un poco más, que la recuperación entre esfuerzos será algo más lenta y que los últimos minutos pueden hacerse más largos de lo habitual. «Tenemos una cosa buena, que a nuestro rival le sucede lo mismo porque un torneo de este tipo no deja espacio para una aclimatación con tiempo». Y hay otro alivio. Pese a que habrá una humedad del 70% la temperatura prevista es de 26 grados.Vázquez llegó a la Federación en 2014 para cubrir una vacante en el combinado de fútbol playa. Desde entonces ha pasado por prácticamente todas las categorías hasta integrarse en el equipo de Luis de la Fuente. Este doctor nacido en Jaén y domiciliado en Almería habla de la altitud sin dramatismos. «La de Guadalajara se puede considerar leve o moderada. El verdadero mal de altura suele aparecer a partir de los 2.500 metros», explica.Claudio Vázquez, médico de la selección. RFEFEl problema es que el Mundial no permite una aclimatación convencional. Los especialistas suelen recomendar entre diez y catorce días para adaptarse a una nueva altitud. España no dispone de ese tiempo. «La estrategia que empleamos es la ventana exprés: llegar, entrenar, jugar e irnos. Al cuerpo no le da tiempo a realizar grandes cambios fisiológicos», resume.Eso no significa que el organismo no reaccione al cambio. «Los jugadores pueden sufrir alguna pequeña cefalea, algún pequeño malestar porque hay menos oxígeno y su presión disminuye entre el 14 y el 15%. El cuerpo intenta hiperventilar, ventila un poco más porque hay menos oxígeno. Eso genera un mayor gasto cardíaco porque además se pierde un poquito más de agua».La mejor recetaEl doctor tiene clara la receta. Es necesaria la hidratación reforzada, un aporte extra de sodio, descanso, una adaptación horaria y reservas energéticas llenas. «Intentamos maximizar lo que llamamos entrenamiento invisible. Dormir mejor, hidratar más, incluso utilizar melatonina si es necesario para ajustar el ritmo circadiano y que los jugadores puedan descansar. También insistimos mucho en el glucógeno y la glucosa porque el esfuerzo será mayor». La experiencia más cercana llegó hace pocas semanas en el amistoso en Puebla ante Perú (3-1 para La Roja), a unos 2.100 metros de altitud. «Notamos más fatiga y un rendimiento algo más reducido. Nos sirvió como ensayo».España tampoco llega especialmente entrenada para convivir con la altura. Los futbolistas desarrollan la mayor parte de su carrera prácticamente al nivel del mar. Incluso Madrid, la ciudad europea más alta donde habitualmente juegan algunos internacionales, se sitúa en torno a los 670 metros, muy lejos de Guadalajara.El médico andaluz sorprende cuando se le cuestiona en qué notarán los espectadores la altitud a la que se juega. Y coloca sobre la mesa un factor que nadie comenta en estas situaciones, el balón. Los porteros deben prepararse para pagar otra consecuencia, la pelota vuela distinta. «Con menos presión atmosférica el balón tiende a desplazarse más recto. Puede resultar un poco más complicado para los guardametas», avisa Vázquez. La explicación recuerda a lo que tantas veces contó Rafael Nadal sobre Madrid. Al jugar a más de 650 metros, la pelota de tenis bota y corre de manera diferente. En Guadalajara sucede algo parecido.
Hay partidos que se juegan sólo contra el rival. Y otros, además, contra el escenario. España se encontrará esta semana con uno de esos duelos. Delante estará Uruguay, una de las selecciones más competitivas del mundo aunque su arranque en el Mundial haya sido decepcionante. … Se disputa en la ciudad mexicana de Guadalajara (18.00 locales, pero 02.00 del sábado en España). Hay una realidad invisible que influirá en el juego: la altitud.
El estadio Akron, rebautizado por la FIFA como Estadio Guadalajara durante el Mundial porque no se admiten nombres comerciales, se encuentra a unos 1.570 metros sobre el nivel del mar. No es una cifra dramática. No es Ciudad de México, con sus 2.240 metros, donde La Roja probablemente iría en caso de ser tercera en su grupo. Ni mucho menos El Salto (4.100), a donde Bolivia ha llevado sus partidos de local y en donde el aire escasea a cada carrera. Pero la de Guadalajara sí es una altura suficiente para modificar pequeñas cosas que, en el fútbol de élite, acaban siendo importantes.
España sale hoy desde Chattanooga, Tennessee, donde ha establecido su cuartel general a apenas 206 metros de altitud. Uruguay aterriza desde Playa del Carmen, en el Caribe mexicano, al nivel del mar. Así que la altura será igualitaria. Afectará a los dos rivales.
«Calculamos que la capacidad física puede disminuir entre un 4 y un 5 por ciento», explica a este periódico Claudio Vázquez, médico de la selección. Una cifra que significa que un sprint cuesta un poco más, que la recuperación entre esfuerzos será algo más lenta y que los últimos minutos pueden hacerse más largos de lo habitual. «Tenemos una cosa buena, que a nuestro rival le sucede lo mismo porque un torneo de este tipo no deja espacio para una aclimatación con tiempo». Y hay otro alivio. Pese a que habrá una humedad del 70% la temperatura prevista es de 26 grados.
Vázquez llegó a la Federación en 2014 para cubrir una vacante en el combinado de fútbol playa. Desde entonces ha pasado por prácticamente todas las categorías hasta integrarse en el equipo de Luis de la Fuente. Este doctor nacido en Jaén y domiciliado en Almería habla de la altitud sin dramatismos. «La de Guadalajara se puede considerar leve o moderada. El verdadero mal de altura suele aparecer a partir de los 2.500 metros», explica.

(RFEF)
El problema es que el Mundial no permite una aclimatación convencional. Los especialistas suelen recomendar entre diez y catorce días para adaptarse a una nueva altitud. España no dispone de ese tiempo. «La estrategia que empleamos es la ventana exprés: llegar, entrenar, jugar e irnos. Al cuerpo no le da tiempo a realizar grandes cambios fisiológicos», resume.
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Eso no significa que el organismo no reaccione al cambio. «Los jugadores pueden sufrir alguna pequeña cefalea, algún pequeño malestar porque hay menos oxígeno y su presión disminuye entre el 14 y el 15%. El cuerpo intenta hiperventilar, ventila un poco más porque hay menos oxígeno. Eso genera un mayor gasto cardíaco porque además se pierde un poquito más de agua».
La mejor receta
El doctor tiene clara la receta. Es necesaria la hidratación reforzada, un aporte extra de sodio, descanso, una adaptación horaria y reservas energéticas llenas. «Intentamos maximizar lo que llamamos entrenamiento invisible. Dormir mejor, hidratar más, incluso utilizar melatonina si es necesario para ajustar el ritmo circadiano y que los jugadores puedan descansar. También insistimos mucho en el glucógeno y la glucosa porque el esfuerzo será mayor». La experiencia más cercana llegó hace pocas semanas en el amistoso en Puebla ante Perú (3-1 para La Roja), a unos 2.100 metros de altitud. «Notamos más fatiga y un rendimiento algo más reducido. Nos sirvió como ensayo».
España tampoco llega especialmente entrenada para convivir con la altura. Los futbolistas desarrollan la mayor parte de su carrera prácticamente al nivel del mar. Incluso Madrid, la ciudad europea más alta donde habitualmente juegan algunos internacionales, se sitúa en torno a los 670 metros, muy lejos de Guadalajara.
El médico andaluz sorprende cuando se le cuestiona en qué notarán los espectadores la altitud a la que se juega. Y coloca sobre la mesa un factor que nadie comenta en estas situaciones, el balón. Los porteros deben prepararse para pagar otra consecuencia, la pelota vuela distinta. «Con menos presión atmosférica el balón tiende a desplazarse más recto. Puede resultar un poco más complicado para los guardametas», avisa Vázquez. La explicación recuerda a lo que tantas veces contó Rafael Nadal sobre Madrid. Al jugar a más de 650 metros, la pelota de tenis bota y corre de manera diferente. En Guadalajara sucede algo parecido.
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