Cuando no todo vale: por qué ha fracasado el arte hecho con IA

Para entender bien el valor de la IA es preciso ser honesto también con aquello que, desarrollado por la inteligencia artificial, no tiene ninguno: el arte. Si entendemos y apoyamos la idea de que el ser humano sigue siendo el eslabón final que avala (o desecha) el trabajo desarrollado por una inteligencia artificial, llegamos a una rápida conclusión. El ser humano es imprescindible.

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 El valor de una obra artística depende en gran medida de que exista un número limitado de ellas  

Para entender bien el valor de la IA es preciso ser honesto también con aquello que, desarrollado por la inteligencia artificial, no tiene ninguno: el arte. Si entendemos y apoyamos la idea de que el ser humano sigue siendo el eslabón final que avala (o desecha) el trabajo desarrollado por una inteligencia artificial, llegamos a una rápida conclusión. El ser humano es imprescindible.

Tanto o más si hablamos de un genio o de un artista. Aunque los algoritmos sean hoy capaces de realizar magníficas composiciones, todas juntas no valen ni un miserable centavo. Y la explicación, desde un punto de vista práctico, es sencilla. El valor del arte se basa en la exclusividad.

Un Van Gogh es caro porque hay muy pocos, y porque el genio neerlandés, que no vendió ni un solo cuadro en vida, hace ya 136 años que está muerto. Nunca pintará más cuadros. Y la escasez hace que se paguen cifras extraordinarias por exhibir uno de sus óleos en tu salón.

En sus 37 años de vida, el neerlandés pintó alrededor de 850 óleos y 1.600 dibujos. No son pocos para un ser humano, pero lo cierto es que la IA puede hacer eso en una sola tarde. Sin esforzarse demasiado. Y cualquiera los puede poner como fondo de pantalla de su móvil.

Eso resta valor a un producto que, además, no tiene derechos de autor. Así lo han ratificado los tribunales estadounidenses en reiteradas sentencias a lo largo de este año y del anterior, insistiendo en que estas obras carecen de los requisitos de “autoría humana” necesarios para obtener protección de ningún tipo.

En la práctica, significa que si alguien paga medio millón de dólares por una obra generada por IA, cualquiera puede copiarla en tazas, camisetas y llaveros sin necesidad de pagar nada a su legítimo comprador. No parece un gran negocio.

Hasta 750.000 euros por una obra generada con IA

Y, sin embargo, no hace nada se pagaban cuantiosas cantidades por este tipo de creaciones. Hasta 750.000 euros se pagaron en Abu Dabi en febrero del año pasado por una obra de Refik Anadol, un artista turco que pasará a la historia, bien como pionero de la arquitectura postdigital, bien como el mejor comerciante del siglo.

Aún es pronto para saberlo. Su obra sigue generando interés, y tras exponerse durante casi un año en el MoMA de Nueva York, hoy se puede ver proyectada en la fachada del Smithsonian Castle. Pero cada vez son menos los que creen en el valor de un arte que, además, tiene otros riesgos como la dependencia tecnológica, la obsolescencia del software y la necesidad de un mantenimiento activo.

Los datos son concluyentes. El último informe de Art Basel 2026 revela que todo el arte digital apenas llega al 1% del volumen total del mercado. Muchos coleccionistas —valga el juego de palabras— no quieren verlo ni en pintura. Y no están, desde luego, dispuestos a pagar las altísimas cantidades que hace solo 12 meses se abonaban por estas creaciones.

Los precedentes: el declive de los NFT

No es la primera propuesta artística que sube como la espuma y desaparece a la velocidad del rayo. Pero sorprende muchísimo porque su antecedente más cercano, el mercado de los NFT, ya estaba acabado en 2023. Hablar de los non fungible tokens es tanto como hablar de ruina financiera.

Un NFT es un activo digital único, certificado mediante blockchain, que garantiza propiedad y autenticidad. A diferencia de las criptomonedas, cada NFT era irrepetible. La idea sonaba futurista, y por un tiempo, rentable. En 2021, obras como Everydays: The First 5000 Days, de Beeple, se vendieron en Christie’s por 69 millones de dólares.

Sin embargo, el mercado no tardó en colapsar. La especulación extrema, la sobreoferta y los temores de fraude hicieron que, de 12.000 millones de dólares en transacciones a principios de 2022, el mercado apenas llegue hoy a los 1.000 millones.

Ha dado, eso sí, mucho juego. Las redes sociales encontraron un nuevo entretenimiento: reírse de los millonarios que se habían arruinado con esta especulación. Y muchos de ellos entraron a su vez al juego, presumiendo en Twitter, ahora X, del dinero que habían perdido.

Los NFT no eran arte. Solo certificados que probaban la originalidad del archivo. Pero en esencia compartían una ilusión con las obras de arte digital que se vendían en 2025 y hoy nadie quiere: la falsa sensación de exclusividad.

Entra dentro de la lógica empresarial que algunos proyectos, en especial tecnológicos, fracasen estrepitosamente. Ahí está el caso del metaverso, que nadie parece recordar. Para los inversores, acostumbrados a jugar con el riesgo, puede ser un revés, pero no necesariamente una barrera. Son muchos los proyectos con los que sí aciertan. Tantos, que, bien jugados, pueden sustituir o compensar a los fracasos.

Pero para el común de los mortales, es importante separar el grano de la paja. Y no ver burbujas donde las hay. La inteligencia artificial es en 2026 el gran impulsor de la economía, de la productividad y de la sociedad del bienestar. Lo que pasa es que no vale para todo.

Como ha ocurrido en el arte, fracasará en aquello que pretenda sustituir al humano. Y acertará en aquello que ha venido para hacerlo más grande, para servirle de inspiración, para impulsar el humano aumentado. Si queremos que un cuadro provoque sentimientos debe estar hecho por algo con sentimientos. Y eso, a día de hoy, solo lo aporta un pintor de carne y hueso.

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