Miedo e incertidumbre. Son las dos palabras que más se repiten en la estación de trenes de Chamartín, en Madrid. Todo parece normal: las máquinas siguen expidiendo billetes, los pasajeros continúan arrastrando sus pesadas maletas de un punto a otro. Hay algo, sin embargo, que la mayoría admite: haber tenido ciertas dudas para viajar. El accidente registrado este miércoles a la altura de la estación de Urda, Toledo, preocupa a todos los pasajeros.

La acumulación de accidentes ferroviarios aumenta la ansiedad de los viajeros, que buscan alternativas y provoca una crisis en el sector
Miedo e incertidumbre. Son las dos palabras que más se repiten en la estación de trenes de Chamartín, en Madrid. Todo parece normal: las máquinas siguen expidiendo billetes, los pasajeros continúan arrastrando sus pesadas maletas de un punto a otro. Hay algo, sin embargo, que la mayoría admite: haber tenido ciertas dudas para viajar. El accidente registrado este miércoles a la altura de la estación de Urda, Toledo, preocupa a todos los pasajeros.
Carlota Rodríguez Font, estudiante cordobesa de 20 años que tiene que llegar a Vigo para un congreso de ingeniería industrial, sigue aguardando la asignación de nuevos billetes. Lamenta la sensación de inseguridad que siente cada vez que debe tomar un tren. “El domingo tenemos que volver a Córdoba, pero ¿cómo vamos a coger un tren después de un accidente tan trágico? Voy a comprar un boleto de avión, de autobús. Lo que sea, menos el tren”. Cristina Pérez, de 31 años, comparte esa misma incertidumbre. No ha dudado en coger el tren previsto para este miércoles con destino a Salamanca, pero reconoce que, desde el último accidente de Adamuz, que se registró en enero y que dejó a 46 fallecidos, siempre compra los boletos pensando: “Que no me pase a mí”. Varios de los pasajeros manifestaron haber tenido ideas similares.
“Es una reacción normal”, explica Ana Isabel Fernández, psicóloga experta en tratar fobias como el miedo a volar. “Cuando suceden estos eventos, las personas tienen que darse un tiempo para que el cerebro procese todo y baje ese estado de alerta”. El problema, señala Fernández, es que esta tragedia llega solo nueve meses después de la anterior, sin que esta haya llegado a resolverse y explicarse. Sin poner soluciones. “Dar una explicación certera de lo que ha sucedido y poner los medios para solucionarlo puede mitigar el miedo”, explica. “Pasó tras el accidente de German Wings, en el que se suicidó el piloto con todos los pasajeros a bordo [se establecieron entonces protocolos para no dejar nunca solo a un piloto en cabina] o en los atentados del 11S [se aumentaron los controles de seguridad]. Si se toman medidas para prevenir nuevos accidentes, se da cierta confianza a la gente. Si no hay esa revisión, no.”
Más de nueve meses después de la tragedia de Adamuz, continúa la investigación sobre el accidente. La principal hipótesis apunta a una rotura de la vía. No es un problema concreto y puntual como puede serlo un terrorista o un suicida. No se debe a un fallo humano que se pueda subsanar. Es algo mucho más genérico. En febrero, una huelga de maquinistas pedía que se aumentara la inversión en la infraestructura. Se pactó entonces aumentar en unos 1.800 millones de euros la partida prevista hasta 2030. No parece que el anuncio haya mejorado la percepción general del tren como medio de transporte.
La alta velocidad española atraviesa su peor crisis desde 1992, con caída de viajeros y desconfianza persistente, según la CNMC y una encuesta de Ipsos publicada este verano. En el primer trimestre del año, la alta velocidad y larga distancia perdieron un 21% de viajeros, hasta 8,05 millones. El corredor Madrid-Málaga/Granada fue el más golpeado, con un descenso del 61% respecto a 2025. Hoy en día hay más operadores, más competencia y la gente viaja más. El problema es otro. Es el miedo. Casi la mitad de los usuarios de trenes se plantean dejar de serlo o ya han dejado de recurrir a ese medio de transporte, según un estudio monográfico sobre el sistema ferroviario español elaborado por el instituto 40dB el pasado febrero. El accidente de Urda puede disparar aún más esos datos.
El tren es, junto al avión, el medio de transporte más seguro que existe. Según el informe de siniestralidad de la DGT, en España murieron 1.806 personas en accidentes de tráfico en 2023. Ese mismo año, según datos del Ministerio de Transportes, hubo 22 fallecidos en el sistema ferroviario español. La cifra está en consonancia con las de los últimos años, con la excepción de 2013, año de la tragedia del Alvia de Santiago, que dejó 79 muertos, y el presente 2026, que ya suma al menos 111.
Eurostat recoge los fallecimientos anuales en el ferrocarril europeo, que han bajado un 32% desde 2010. Los suicidios ocurridos en las vías del tren (entre 2.200 y 2.800 al año) se notifican por separado y suelen triplicar el de los muertos por accidentes, que el año pasado fue de 750.
Pero los datos, que antes servían para tranquilizar, hoy solo preocupan. La sucesión de dos casos tan mediáticos y devastadores ha hecho mucho daño a un sector que encadena también fallos, incidencias y problemas. A ello se suma la refriega política. “El AVE a Madrid ha dejado de ser seguro”, decía ayer el presidente andaluz Juanma Moreno. Huelgas, declaraciones, vídeos de viajeros denunciando un temblor excesivo… Más allá de los hechos objetivos, se está estableciendo un clima de desconfianza social hacia la red ferroviaria.
Las tragedias mediáticas pueden empujar a las personas a crear una visión distorsionada de la realidad. Es lo que sucede estos días, con imágenes del desastre y declaraciones de las víctimas todo el día en el televisor. “La gente que tiene cierto miedo o ansiedad tiende a consumir mucha información sobre la tragedia, pero es contraproducente”, explica Fernández, que para estos casos aconseja alejarse de la televisión y dejar pasar el tiempo. El miedo a coger el tren no parece que vaya a desaparecer de un día a otro. La crisis del sector tampoco.
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