Un astronauta flota plácidamente a bordo de la Estación Espacial Internacional (ISS) y decide pasarle una herramienta a un compañero. Aquí, en nuestro planeta, la tarea resulta trivial. Nuestros cerebros han evolucionado durante millones de años para calcular al milímetro la fuerza exacta con la que debemos sujetar un vaso, un martillo o un bolígrafo para evitar que caigan al suelo. Pero, ¿qué sucede cuando la gravedad desaparece de la ecuación?La respuesta, según se acaba de publicar en la revista ‘ JNeurosci’ , es mucho más compleja de lo que cabría esperar, porque lejos de adaptarse de inmediato a la ingravidez, el cerebro humano tiene la tendencia de aferrarse a sus viejas costumbres. Una investigación liderada por el neurocientífico Philippe Lefèvre, de la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) y la fundación científica española Ikerbasque, ha demostrado que la gravedad deja una huella profunda y duradera en la mente, obligando a los astronautas a sobrecompensar su fuerza de agarre en el espacio exterior.El mecanismo es tan fascinante como problemático. En la Tierra, de hecho, agarramos los objetos fundamentalmente para vencer la fuerza vertical que tira de ellos hacia abajo. En el espacio, sin embargo, si dejas un objeto quieto en el aire, simplemente flotará. Pero el verdadero reto llega con el movimiento. Pensemos en el simple acto de agitar una botella cerrada. En nuestro planeta, la gravedad domina la fuerza que ejerce nuestra mano. En microgravedad, esa fuerza descendente se desvanece, pero al mover el objeto, la inercia entra en juego y nos devuelve el golpe. Si el agarre no es lo suficientemente firme, la masa del objeto lo empujará erráticamente hacia arriba, abajo, a la izquierda o a la derecha con cada cambio de trayectoria.Noticia relacionada general No No Los astronautas de Artemis II revelan los secretos de la misión: «Una alarma se activó a 130.000 km de la Tierra» Patricia BioscaAnte este entorno hostil y desconocido , nuestro cerebro reacciona con una prudencia extrema. Los investigadores descubrieron que, incluso tras pasar meses orbitando en condiciones de ingravidez, los astronautas agarraban los objetos con demasiada fuerza al moverlos de un lado a otro. Sus mentes, programadas biológicamente para evitar accidentes y caídas, seguían anticipando un tirón gravitacional que ya no existía.Para llegar a estas conclusiones, el equipo sometió a once astronautas a meticulosas pruebas a bordo de la ISS. Utilizando un dispositivo sensorizado de 400 gramos, los tripulantes debían realizar movimientos precisos sujetándolo con los dedos pulgar e índice. Los datos dejaron claro que las estrategias de control de nuestra mente no cambian de golpe, sino que el ajuste es un proceso lento y gradual , dictado por los cálculos preventivos del cerebro.Volver a la TierraY lo mismo ocurre, a la inversa, en el viaje de vuelta. Al aterrizar en la Tierra tras largas misiones espaciales, los astronautas suelen calcular de forma incorrecta la manera y la fuerza con la que deben manipular las cosas. De repente, la gravedad vuelve a estar ahí, implacable, y el sistema nervioso necesita un nuevo periodo de ‘recalibración’ para que los objetos no se les resbalen, literalmente, de las manos. También ocurre con otros movimientos cotidianos, como caminar o mantenerse de pie, que en condiciones normales parecen automáticos. Esto explica cómo en el vídeo difundido por Christina Koch, astronauta también de Artemis II, en el que se la observa tambaleándose mientras realiza ejercicios de equilibrio, acompañada de especialistas que monitorean su progreso. Resultados previos ya apuntaban en esta dirección. En experimentos anteriores de este mismo equipo, tanto en simulaciones de vuelos parabólicos (donde se recrean fracciones de gravedad marciana o lunar) como con voluntarios manipulando objetos estando completamente boca abajo, los científicos ya habían observado que dependemos de ‘modelos internos’ de la gravedad que están fuertemente arraigados. Demostrarlo de manera concluyente en el espacio ha sido, sin embargo, una tarea extremadamente difícil.Lefèvre expresa su profunda emoción al ver por fin estos hallazgos publicados. Según sus propias palabras, el proyecto requirió una preparación larga y trabajosa para coordinarse con las distintas agencias espaciales y esperar que los lanzamientos y las pruebas tuvieran éxito. Todo el desarrollo, dice el neurocientífico, «ha abarcado cerca de 20 años» si se suman el diseño, la recopilación de datos y los complejos análisis biométricos.MÁS INFORMACIÓN noticia Si La NASA se pone la ambiciosa meta de aterrizar en la Luna 73 veces de aquí a diez años noticia Si Los astronautas de Artemis II regresan a la Tierra y abren las puertas a la conquista de la LunaLa historia, por supuesto, no termina aquí. Los investigadores esperan publicar pronto más datos inéditos sobre la precisión de los movimientos espaciales, los ajustes de fuerza y la influencia de la fricción de la piel humana contra los materiales. Cada nuevo dato es un peldaño más para comprender cómo nuestra especie, nacida para caminar sobre el barro, adapta su mente prodigiosa para conquistar un abismo lleno de estrellas. Un astronauta flota plácidamente a bordo de la Estación Espacial Internacional (ISS) y decide pasarle una herramienta a un compañero. Aquí, en nuestro planeta, la tarea resulta trivial. Nuestros cerebros han evolucionado durante millones de años para calcular al milímetro la fuerza exacta con la que debemos sujetar un vaso, un martillo o un bolígrafo para evitar que caigan al suelo. Pero, ¿qué sucede cuando la gravedad desaparece de la ecuación?La respuesta, según se acaba de publicar en la revista ‘ JNeurosci’ , es mucho más compleja de lo que cabría esperar, porque lejos de adaptarse de inmediato a la ingravidez, el cerebro humano tiene la tendencia de aferrarse a sus viejas costumbres. Una investigación liderada por el neurocientífico Philippe Lefèvre, de la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) y la fundación científica española Ikerbasque, ha demostrado que la gravedad deja una huella profunda y duradera en la mente, obligando a los astronautas a sobrecompensar su fuerza de agarre en el espacio exterior.El mecanismo es tan fascinante como problemático. En la Tierra, de hecho, agarramos los objetos fundamentalmente para vencer la fuerza vertical que tira de ellos hacia abajo. En el espacio, sin embargo, si dejas un objeto quieto en el aire, simplemente flotará. Pero el verdadero reto llega con el movimiento. Pensemos en el simple acto de agitar una botella cerrada. En nuestro planeta, la gravedad domina la fuerza que ejerce nuestra mano. En microgravedad, esa fuerza descendente se desvanece, pero al mover el objeto, la inercia entra en juego y nos devuelve el golpe. Si el agarre no es lo suficientemente firme, la masa del objeto lo empujará erráticamente hacia arriba, abajo, a la izquierda o a la derecha con cada cambio de trayectoria.Noticia relacionada general No No Los astronautas de Artemis II revelan los secretos de la misión: «Una alarma se activó a 130.000 km de la Tierra» Patricia BioscaAnte este entorno hostil y desconocido , nuestro cerebro reacciona con una prudencia extrema. Los investigadores descubrieron que, incluso tras pasar meses orbitando en condiciones de ingravidez, los astronautas agarraban los objetos con demasiada fuerza al moverlos de un lado a otro. Sus mentes, programadas biológicamente para evitar accidentes y caídas, seguían anticipando un tirón gravitacional que ya no existía.Para llegar a estas conclusiones, el equipo sometió a once astronautas a meticulosas pruebas a bordo de la ISS. Utilizando un dispositivo sensorizado de 400 gramos, los tripulantes debían realizar movimientos precisos sujetándolo con los dedos pulgar e índice. Los datos dejaron claro que las estrategias de control de nuestra mente no cambian de golpe, sino que el ajuste es un proceso lento y gradual , dictado por los cálculos preventivos del cerebro.Volver a la TierraY lo mismo ocurre, a la inversa, en el viaje de vuelta. Al aterrizar en la Tierra tras largas misiones espaciales, los astronautas suelen calcular de forma incorrecta la manera y la fuerza con la que deben manipular las cosas. De repente, la gravedad vuelve a estar ahí, implacable, y el sistema nervioso necesita un nuevo periodo de ‘recalibración’ para que los objetos no se les resbalen, literalmente, de las manos. También ocurre con otros movimientos cotidianos, como caminar o mantenerse de pie, que en condiciones normales parecen automáticos. Esto explica cómo en el vídeo difundido por Christina Koch, astronauta también de Artemis II, en el que se la observa tambaleándose mientras realiza ejercicios de equilibrio, acompañada de especialistas que monitorean su progreso. Resultados previos ya apuntaban en esta dirección. En experimentos anteriores de este mismo equipo, tanto en simulaciones de vuelos parabólicos (donde se recrean fracciones de gravedad marciana o lunar) como con voluntarios manipulando objetos estando completamente boca abajo, los científicos ya habían observado que dependemos de ‘modelos internos’ de la gravedad que están fuertemente arraigados. Demostrarlo de manera concluyente en el espacio ha sido, sin embargo, una tarea extremadamente difícil.Lefèvre expresa su profunda emoción al ver por fin estos hallazgos publicados. Según sus propias palabras, el proyecto requirió una preparación larga y trabajosa para coordinarse con las distintas agencias espaciales y esperar que los lanzamientos y las pruebas tuvieran éxito. Todo el desarrollo, dice el neurocientífico, «ha abarcado cerca de 20 años» si se suman el diseño, la recopilación de datos y los complejos análisis biométricos.MÁS INFORMACIÓN noticia Si La NASA se pone la ambiciosa meta de aterrizar en la Luna 73 veces de aquí a diez años noticia Si Los astronautas de Artemis II regresan a la Tierra y abren las puertas a la conquista de la LunaLa historia, por supuesto, no termina aquí. Los investigadores esperan publicar pronto más datos inéditos sobre la precisión de los movimientos espaciales, los ajustes de fuerza y la influencia de la fricción de la piel humana contra los materiales. Cada nuevo dato es un peldaño más para comprender cómo nuestra especie, nacida para caminar sobre el barro, adapta su mente prodigiosa para conquistar un abismo lleno de estrellas.
Un astronauta flota plácidamente a bordo de la Estación Espacial Internacional (ISS) y decide pasarle una herramienta a un compañero. Aquí, en nuestro planeta, la tarea resulta trivial. Nuestros cerebros han evolucionado durante millones de años para calcular al milímetro la fuerza exacta con la … que debemos sujetar un vaso, un martillo o un bolígrafo para evitar que caigan al suelo. Pero, ¿qué sucede cuando la gravedad desaparece de la ecuación?
La respuesta, según se acaba de publicar en la revista ‘JNeurosci’, es mucho más compleja de lo que cabría esperar, porque lejos de adaptarse de inmediato a la ingravidez, el cerebro humano tiene la tendencia de aferrarse a sus viejas costumbres. Una investigación liderada por el neurocientífico Philippe Lefèvre, de la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) y la fundación científica española Ikerbasque, ha demostrado que la gravedad deja una huella profunda y duradera en la mente, obligando a los astronautas a sobrecompensar su fuerza de agarre en el espacio exterior.
El mecanismo es tan fascinante como problemático. En la Tierra, de hecho, agarramos los objetos fundamentalmente para vencer la fuerza vertical que tira de ellos hacia abajo. En el espacio, sin embargo, si dejas un objeto quieto en el aire, simplemente flotará. Pero el verdadero reto llega con el movimiento. Pensemos en el simple acto de agitar una botella cerrada. En nuestro planeta, la gravedad domina la fuerza que ejerce nuestra mano. En microgravedad, esa fuerza descendente se desvanece, pero al mover el objeto, la inercia entra en juego y nos devuelve el golpe. Si el agarre no es lo suficientemente firme, la masa del objeto lo empujará erráticamente hacia arriba, abajo, a la izquierda o a la derecha con cada cambio de trayectoria.
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Ante este entorno hostil y desconocido, nuestro cerebro reacciona con una prudencia extrema. Los investigadores descubrieron que, incluso tras pasar meses orbitando en condiciones de ingravidez, los astronautas agarraban los objetos con demasiada fuerza al moverlos de un lado a otro. Sus mentes, programadas biológicamente para evitar accidentes y caídas, seguían anticipando un tirón gravitacional que ya no existía.
Para llegar a estas conclusiones, el equipo sometió a once astronautas a meticulosas pruebas a bordo de la ISS. Utilizando un dispositivo sensorizado de 400 gramos, los tripulantes debían realizar movimientos precisos sujetándolo con los dedos pulgar e índice. Los datos dejaron claro que las estrategias de control de nuestra mente no cambian de golpe, sino que el ajuste es un proceso lento y gradual, dictado por los cálculos preventivos del cerebro.
Volver a la Tierra
Y lo mismo ocurre, a la inversa, en el viaje de vuelta. Al aterrizar en la Tierra tras largas misiones espaciales, los astronautas suelen calcular de forma incorrecta la manera y la fuerza con la que deben manipular las cosas. De repente, la gravedad vuelve a estar ahí, implacable, y el sistema nervioso necesita un nuevo periodo de ‘recalibración’ para que los objetos no se les resbalen, literalmente, de las manos. También ocurre con otros movimientos cotidianos, como caminar o mantenerse de pie, que en condiciones normales parecen automáticos. Esto explica cómo en el vídeo difundido por Christina Koch, astronauta también de Artemis II, en el que se la observa tambaleándose mientras realiza ejercicios de equilibrio, acompañada de especialistas que monitorean su progreso.
Resultados previos ya apuntaban en esta dirección. En experimentos anteriores de este mismo equipo, tanto en simulaciones de vuelos parabólicos (donde se recrean fracciones de gravedad marciana o lunar) como con voluntarios manipulando objetos estando completamente boca abajo, los científicos ya habían observado que dependemos de ‘modelos internos’ de la gravedad que están fuertemente arraigados. Demostrarlo de manera concluyente en el espacio ha sido, sin embargo, una tarea extremadamente difícil.
Lefèvre expresa su profunda emoción al ver por fin estos hallazgos publicados. Según sus propias palabras, el proyecto requirió una preparación larga y trabajosa para coordinarse con las distintas agencias espaciales y esperar que los lanzamientos y las pruebas tuvieran éxito. Todo el desarrollo, dice el neurocientífico, «ha abarcado cerca de 20 años» si se suman el diseño, la recopilación de datos y los complejos análisis biométricos.
La historia, por supuesto, no termina aquí. Los investigadores esperan publicar pronto más datos inéditos sobre la precisión de los movimientos espaciales, los ajustes de fuerza y la influencia de la fricción de la piel humana contra los materiales. Cada nuevo dato es un peldaño más para comprender cómo nuestra especie, nacida para caminar sobre el barro, adapta su mente prodigiosa para conquistar un abismo lleno de estrellas.
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