Hace muchos años (concretamente casi medio siglo), en una Galaxia muy muy lejana, George Lucas revolucionó la historia del cine con una saga inspirada por los samuráis de Akira Kurosawa, los viejos wéstern de John Ford y las teorías sobre el viaje del héroe de Joseph Campbell. El único que creía en aquel proyecto disparatado, que sufrió todo tipo de desastres durante el rodaje —incluyendo una improbable inundación en el desierto de Túnez—, era Steven Spielberg, viejo amigo de Lucas.
El estreno de ‘The Mandalorian and Grogu’ ha sido decepcionante en taquilla y desolador para muchos fans de la saga por su falta de originalidad
Hace muchos años (concretamente casi medio siglo), en una Galaxia muy muy lejana, George Lucas revolucionó la historia del cine con una saga inspirada por los samuráis de Akira Kurosawa, los viejos wéstern de John Ford y las teorías sobre el viaje del héroe de Joseph Campbell. El único que creía en aquel proyecto disparatado, que sufrió todo tipo de desastres durante el rodaje —incluyendo una improbable inundación en el desierto de Túnez—, era Steven Spielberg, viejo amigo de Lucas.
Aquel rodaje imposible —la Fox estuvo a punto de cortar la financiación de la película ante el ruinoso despropósito en el que se había convertido y los constantes aumentos en el presupuesto—, así como el inesperado éxito que convirtió en millonarios a Lucas y sus actores, está magníficamente relatado en dos tebeos de Laurent Hopman y Renaud Roche, titulados Las guerras de Lucas (Norma Editorial). En el primero cuentan la producción de La guerra de las galaxias y en el segundo de El imperio contraataca. Solo la pasión y la inteligencia de George Lucas lograron impulsar un proyecto realizado en contra de las modas de su época (Estados Unidos hundido en el cinismo de la crisis de 1973 y en los estertores de la guerra de Vietnam).
El director hizo la película con la que soñaba y eso incluía los muñecos y el merchandising, cuando nadie creía en que se podían vender a la vez entradas y cereales C-3PO. No se puede decir que la película fuese totalmente original, los diálogos eran a veces ridículos —Alec Guinness protestó durante el rodaje cada vez que tenía que recitar aquello de “Qué la fuerza te acompañe”— e iba en contra de los tiempos y del cine que se hacía en ese momento. Entonces, ¿dónde residía su encanto? La clave de su éxito seguramente estaba en que tenía alma, precisamente aquello de lo que carece The Mandalorian and Grogu, la última entrega de la saga convertida en una triste franquicia, que se repite de manera constante, sin ofrecer nada nuevo incluso a sus fanáticos. Es una versión en cine de una serie cuya primera temporada tenía cierta gracia y algo de originalidad.

Aunque ha copado los cines mundiales este fin de semana, el retorno de La guerra de las galaxias a la pantalla grande ha sido bastante menos espectacular de lo esperado en términos de taquilla. Según la newsletter que sigue la taquilla y la industria en España, BoxOffice Alchemy, de Pau Brunet, ha sido el peor fin de semana en lo que llevamos de año — 4,32 millones de euros y apenas 540.000 espectadores—. The Mandalorian and Grogu (Disney) ha ido peor que Han Solo hace años. “Con presencia en más de 350 cines y casi 1.000 pantallas, la media se queda en cifras algo escasas para un filme de este tonelaje: 4.720 euros por cine y menos de 1.800 euros por pantalla”, explica.
En términos creativos, es sencillamente un desastre: situaciones y personajes repetidos, peleas interminables. Los bichos están multiplicados por mil gracias a los efectos digitales —más grandes, más letales—, pero no tienen ningún encanto. Jabba the Hutt —el asqueroso gánster galáctico que esclaviza a Leia en El retorno del Jedi— activa la misma trampilla que en la tercera entrega de la saga, pero esta vez aparece una especie de dragón gigantesco cuya gracia es inversamente proporcional a su tamaño.
Toda la fuerza de Star Wars, nunca mejor dicho, se basaba en que era un pastiche y, a la vez, totalmente original. Los tebeos explican cómo George Lucas y su equipo creativo inventaron un nuevo mundo desde cero. Y, desde el mismo momento de su estreno, entró en la imaginación de millones de personas, que soñaban con espadas láser, halcones milenarios, princesas valientes, contrabandistas con principios, estrellas de la muerte y jedis huyendo del Imperio por media galaxia, perseguidos por el mal encarnado en la máscara negra y la respiración entrecortada de Darth Vader. Pero todo eso ha desaparecido, como lágrimas en la lluvia.

La saga, actualmente en manos de la multinacional Disney, se ha multiplicado en diferentes series y películas, con personajes que saltan de una a otra. Se desarrolla en un lío temporal dentro del que resulta imposible no confundirse, con situaciones que se copian de una película a otra en busca de una nostalgia perdida.
Han pasado 50 años desde que la primera entrega de La guerra de las galaxias cambió la historia de Hollywood y la vida de millones de niños —tal vez me haya olvidado de lo que cené anoche, pero me acuerdo perfectamente de la tarde de Navidad en la que vi la primera película, en un cine de Madrid que ahora es un hotel de lujo—. “Cuando se estrenó La guerra de las galaxias me quedé en éxtasis. La fascinación no vino desde el punto de vista de la historia, sino del visual”, escribió el gran dibujante Moebius sobre su descubrimiento de la saga, una experiencia compartida por varias generaciones. “No subestiméis el poder de la fuerza”, dice Darth Vader a aquellos que no creen en ese superpoder sobrenatural. Pero, visto el estreno de The Mandalorian and Grogu, es posible que la Galaxia haya dejado de creer en la fuerza y que los espectadores, incluso los más apasionados, hayan perdido la paciencia.
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