El 7 de mayo de 1986, el Fútbol Club Barcelona sufrió en el estadio Sánchez Pizjuán de Sevilla su derrota europea más inesperada y traumática. Perdió la final de la Champions, entonces Copa de Europa, ante el Steaua de Bucarest rumano en la tanda de penaltis (0-0 durante los 90 minutos y la prórroga). Cuando se cumplen 40 años de aquella hecatombe se publica ‘Steaua 86. La balada roja de Ceaucescu’, libro escrito por Julio Ocampo (editorial Libros de Ruta), periodista y colaborador de ABC.Con prólogo de Julio Alberto (entonces futbolista del Barça), epílogo de Lacatus (jugador de aquel Steaua) y varias entrevistas y testimonios, el libro viaja al país del dictador comunista Nicolae Ceucescu y analiza desde todos los ángulos los antecedentes y consecuencias de aquella legendaria victoria. Como ejemplo, el adelanto del capítulo dedicado al grave accidente ocurrido en la central nuclear de Chernobyl (Ucrania) el 26 de abril de aquel mismo año, un hecho de impacto mundial que afectó directamente a la final de la Copa de Europa por cercanía física a Rumanía (700 kilómetros) y proximidad temporal al partido de Sevilla.Chernobyl, las inconexiones y discontinuidades«Da la sensación de que esta historia se vertebra en múltiples realidades que cohabitan en el metaverso. A veces, la sensación, dramática, es descubrir lo más real y lo más ficticio de todas las cosas que suceden, contadas desde múltiples puntos de vista según vivencias o impresiones de los personajes. Seguro que hubo hechos que no sucedieron, otros que se exageraron, se quedaron cortos o, incluso, unos cuantos sucesos potentes que ni siquiera aparecen sumergidos en este mar celestial e invertebrado que une Sevilla, Barcelona y Bucarest. Todo es inconexo, contradictorio y discontinuo, pero es probable que sea mejor así. O no. Hay algo que bebe de las verdades insondables, a veces sumidas en un marasmo de fango que han vertido en ellas para que no respiren. Sí, a Bucarest una vez le quitaron hasta el aire. Fue en 1986, un año después de la final de Heysel, calamitosa en todos los sentidos. Ganó la Juventus 1-0 al Liverpool, pero eso fue lo de menos. La Copa de Europa era menos complicada que la Champions. El Steaua se enfrentó a los daneses del Vejle, después el Honved en octavos, los finlandeses del Kuusysi Lahti en cuartos y el Anderlecht en semifinales. Venían, los belgas, de eliminar a la acorazada de Baviera: el Bayern. Entre medias de todo esto estalló Chernobyl, el accidente nuclear más grave de la historia. El tsunami que derrocó definitivamente la Unión Soviética. Mucho más que el whisky, la Coca-Cola, los vaqueros y las cintas de vídeo que venían de Occidente. Más, incluso, que la guerra de Afganistán. Todo cambió, mutó, geopolíticamente. Saltó por los aires.La orden era clara: pastillas de yodo para los niños, beber agua mineral en botella, no comer verdura fresca ni beber leche. Tampoco ir a los parques. Se suspendió durante algún tiempo la liga de fútbol.Un ejercicio de geografía pobre: Chernobyl está en la Ucrania septentrional, a casi doscientos kilómetros de Kiev, a dieciséis de la frontera con Bielorrusia y, si trazáramos una hipotética línea de aire en el cielo, a setecientos de Rumanía. Allí, la noticia arribó una semana después, porque no se podía arruinar el festejo del 1 de mayo, día del trabajador. También estaba próxima la Semana Santa ortodoxa. En definitiva, la noticia se aireó el día 2 de mayo, como cita Guy Chiappaventi en su libro Duckadam, el portero de Ceaucescu. La orden era clara: pastillas de yodo para los niños, beber agua mineral en botella, no comer verdura fresca ni beber leche. Tampoco ir a los parques. Se suspendió durante algún tiempo la liga de fútbol. Como dice Miodrag Belodedici en la entrevista-máquina de la verdad, durante los entrenamientos era frecuente la presencia de un ingeniero nuclear con un contador Geiger para medir los niveles de radiactividad. El balón, lejos de la boca. ¿La sal? De yodo, claro. Así se presentó esa panda a la final de Sevilla. Parecían maleantes sacados de Reservoir Dogs, pero en realidad eran ángeles del infierno. Duckadam, por ejemplo, solo coleccionaba dos internacionalidades, ya que el titular era Silviu Lung (Universitatea Craiova). Todos saben (sabemos) que detuvo cuatro penaltis, más de los que tiró Johan Cruyff en toda su carrera. No le hizo mucha falta al holandés, porque se inventó el lanzamiento indirecto. El resto ya es historia.Seguro que hubo hechos que no sucedieron, otros que se exageraron, se quedaron cortos o, incluso, unos cuantos sucesos potentes que ni siquiera aparecen sumergidos en este mar celestial e invertebrado que une Sevilla, Barcelona y BucarestComo historia es lo del Barça, insertado en una ciudad otrora clave en la resistencia al franquismo. Dicen que el escritor y cineasta italiano Pier Paolo Pasolini visitó varias veces el lugar en los sesenta. Frecuentó intelectuales antifascistas catalanes como Juan Goytisolo. Poco antes de morir asesinado, también se reunió con Salvador Dalí en Cadaqués, donde el pintor surrealista pasaba largas temporadas. Siempre asomándose al mar; siempre pensando promiscuamente en Gala, su musa. Tuvo Pier Paolo, en definitiva, una afinidad cultural y política con Barcelona y toda Cataluña, donde las hordas de Franco entraron para detener, por este orden, comunistas, anárquicos, separatistas… Entre medias de todos estaban los hinchas culés. El Barça no estaba bien, y el enemigo que tenían enfrente era un desconocido. Ya lo alertó Manuel Vázquez Montalbán. El caso es que Urruti sabía que llegaba Zubizarreta, mientras que Venables tenía predilección por Archibald en lugar de Pichi Alonso. Al año siguiente llegarían Gary Lineker y Mark Hughes, prueba de que en el fondo ninguno de los puntas convencían del todo. El equipo vivía aún de los recuerdos de Kubala y Cruyff, incluso de Maradona.La mudanza al Camp Nou de Les Corts ya se había, por suerte, metabolizado. Algo que nunca sucedería con la derrota en la final de Sevilla contra el Steaua de Jenei, proveniente del distrito de Arad y de etnia húngara. Decíamos del Barça y sus dolores de tripa. Otro era el de Schuster, quien ya había dejado la selección por discrepancias con Rumenigge y Breitner. También con el entrenador Jupp Derwall. Se podría concluir que vio los penaltis desde el hotel de Sevilla, aunque no hay pruebas fehacientes ni siquiera de ello, ni ha aceptado ser entrevistado. La primera pregunta habría sido esa, y si tenía el albornoz y las pantuflas puestas. Con el pelo seco y demás». El 7 de mayo de 1986, el Fútbol Club Barcelona sufrió en el estadio Sánchez Pizjuán de Sevilla su derrota europea más inesperada y traumática. Perdió la final de la Champions, entonces Copa de Europa, ante el Steaua de Bucarest rumano en la tanda de penaltis (0-0 durante los 90 minutos y la prórroga). Cuando se cumplen 40 años de aquella hecatombe se publica ‘Steaua 86. La balada roja de Ceaucescu’, libro escrito por Julio Ocampo (editorial Libros de Ruta), periodista y colaborador de ABC.Con prólogo de Julio Alberto (entonces futbolista del Barça), epílogo de Lacatus (jugador de aquel Steaua) y varias entrevistas y testimonios, el libro viaja al país del dictador comunista Nicolae Ceucescu y analiza desde todos los ángulos los antecedentes y consecuencias de aquella legendaria victoria. Como ejemplo, el adelanto del capítulo dedicado al grave accidente ocurrido en la central nuclear de Chernobyl (Ucrania) el 26 de abril de aquel mismo año, un hecho de impacto mundial que afectó directamente a la final de la Copa de Europa por cercanía física a Rumanía (700 kilómetros) y proximidad temporal al partido de Sevilla.Chernobyl, las inconexiones y discontinuidades«Da la sensación de que esta historia se vertebra en múltiples realidades que cohabitan en el metaverso. A veces, la sensación, dramática, es descubrir lo más real y lo más ficticio de todas las cosas que suceden, contadas desde múltiples puntos de vista según vivencias o impresiones de los personajes. Seguro que hubo hechos que no sucedieron, otros que se exageraron, se quedaron cortos o, incluso, unos cuantos sucesos potentes que ni siquiera aparecen sumergidos en este mar celestial e invertebrado que une Sevilla, Barcelona y Bucarest. Todo es inconexo, contradictorio y discontinuo, pero es probable que sea mejor así. O no. Hay algo que bebe de las verdades insondables, a veces sumidas en un marasmo de fango que han vertido en ellas para que no respiren. Sí, a Bucarest una vez le quitaron hasta el aire. Fue en 1986, un año después de la final de Heysel, calamitosa en todos los sentidos. Ganó la Juventus 1-0 al Liverpool, pero eso fue lo de menos. La Copa de Europa era menos complicada que la Champions. El Steaua se enfrentó a los daneses del Vejle, después el Honved en octavos, los finlandeses del Kuusysi Lahti en cuartos y el Anderlecht en semifinales. Venían, los belgas, de eliminar a la acorazada de Baviera: el Bayern. Entre medias de todo esto estalló Chernobyl, el accidente nuclear más grave de la historia. El tsunami que derrocó definitivamente la Unión Soviética. Mucho más que el whisky, la Coca-Cola, los vaqueros y las cintas de vídeo que venían de Occidente. Más, incluso, que la guerra de Afganistán. Todo cambió, mutó, geopolíticamente. Saltó por los aires.La orden era clara: pastillas de yodo para los niños, beber agua mineral en botella, no comer verdura fresca ni beber leche. Tampoco ir a los parques. Se suspendió durante algún tiempo la liga de fútbol.Un ejercicio de geografía pobre: Chernobyl está en la Ucrania septentrional, a casi doscientos kilómetros de Kiev, a dieciséis de la frontera con Bielorrusia y, si trazáramos una hipotética línea de aire en el cielo, a setecientos de Rumanía. Allí, la noticia arribó una semana después, porque no se podía arruinar el festejo del 1 de mayo, día del trabajador. También estaba próxima la Semana Santa ortodoxa. En definitiva, la noticia se aireó el día 2 de mayo, como cita Guy Chiappaventi en su libro Duckadam, el portero de Ceaucescu. La orden era clara: pastillas de yodo para los niños, beber agua mineral en botella, no comer verdura fresca ni beber leche. Tampoco ir a los parques. Se suspendió durante algún tiempo la liga de fútbol. Como dice Miodrag Belodedici en la entrevista-máquina de la verdad, durante los entrenamientos era frecuente la presencia de un ingeniero nuclear con un contador Geiger para medir los niveles de radiactividad. El balón, lejos de la boca. ¿La sal? De yodo, claro. Así se presentó esa panda a la final de Sevilla. Parecían maleantes sacados de Reservoir Dogs, pero en realidad eran ángeles del infierno. Duckadam, por ejemplo, solo coleccionaba dos internacionalidades, ya que el titular era Silviu Lung (Universitatea Craiova). Todos saben (sabemos) que detuvo cuatro penaltis, más de los que tiró Johan Cruyff en toda su carrera. No le hizo mucha falta al holandés, porque se inventó el lanzamiento indirecto. El resto ya es historia.Seguro que hubo hechos que no sucedieron, otros que se exageraron, se quedaron cortos o, incluso, unos cuantos sucesos potentes que ni siquiera aparecen sumergidos en este mar celestial e invertebrado que une Sevilla, Barcelona y BucarestComo historia es lo del Barça, insertado en una ciudad otrora clave en la resistencia al franquismo. Dicen que el escritor y cineasta italiano Pier Paolo Pasolini visitó varias veces el lugar en los sesenta. Frecuentó intelectuales antifascistas catalanes como Juan Goytisolo. Poco antes de morir asesinado, también se reunió con Salvador Dalí en Cadaqués, donde el pintor surrealista pasaba largas temporadas. Siempre asomándose al mar; siempre pensando promiscuamente en Gala, su musa. Tuvo Pier Paolo, en definitiva, una afinidad cultural y política con Barcelona y toda Cataluña, donde las hordas de Franco entraron para detener, por este orden, comunistas, anárquicos, separatistas… Entre medias de todos estaban los hinchas culés. El Barça no estaba bien, y el enemigo que tenían enfrente era un desconocido. Ya lo alertó Manuel Vázquez Montalbán. El caso es que Urruti sabía que llegaba Zubizarreta, mientras que Venables tenía predilección por Archibald en lugar de Pichi Alonso. Al año siguiente llegarían Gary Lineker y Mark Hughes, prueba de que en el fondo ninguno de los puntas convencían del todo. El equipo vivía aún de los recuerdos de Kubala y Cruyff, incluso de Maradona.La mudanza al Camp Nou de Les Corts ya se había, por suerte, metabolizado. Algo que nunca sucedería con la derrota en la final de Sevilla contra el Steaua de Jenei, proveniente del distrito de Arad y de etnia húngara. Decíamos del Barça y sus dolores de tripa. Otro era el de Schuster, quien ya había dejado la selección por discrepancias con Rumenigge y Breitner. También con el entrenador Jupp Derwall. Se podría concluir que vio los penaltis desde el hotel de Sevilla, aunque no hay pruebas fehacientes ni siquiera de ello, ni ha aceptado ser entrevistado. La primera pregunta habría sido esa, y si tenía el albornoz y las pantuflas puestas. Con el pelo seco y demás».
El 7 de mayo de 1986, el Fútbol Club Barcelona sufrió en el estadio Sánchez Pizjuán de Sevilla su derrota europea más inesperada y traumática. Perdió la final de la Champions, entonces Copa de Europa, ante el Steaua de Bucarest rumano en la tanda … de penaltis (0-0 durante los 90 minutos y la prórroga). Cuando se cumplen 40 años de aquella hecatombe se publica ‘Steaua 86. La balada roja de Ceaucescu’, libro escrito por Julio Ocampo (editorial Libros de Ruta), periodista y colaborador de ABC.
Con prólogo de Julio Alberto (entonces futbolista del Barça), epílogo de Lacatus (jugador de aquel Steaua) y varias entrevistas y testimonios, el libro viaja al país del dictador comunista Nicolae Ceucescu y analiza desde todos los ángulos los antecedentes y consecuencias de aquella legendaria victoria. Como ejemplo, el adelanto del capítulo dedicado al grave accidente ocurrido en la central nuclear de Chernobyl (Ucrania) el 26 de abril de aquel mismo año, un hecho de impacto mundial que afectó directamente a la final de la Copa de Europa por cercanía física a Rumanía (700 kilómetros) y proximidad temporal al partido de Sevilla.

Chernobyl, las inconexiones y discontinuidades
«Da la sensación de que esta historia se vertebra en múltiples realidades que cohabitan en el metaverso. A veces, la sensación, dramática, es descubrir lo más real y lo más ficticio de todas las cosas que suceden, contadas desde múltiples puntos de vista según vivencias o impresiones de los personajes. Seguro que hubo hechos que no sucedieron, otros que se exageraron, se quedaron cortos o, incluso, unos cuantos sucesos potentes que ni siquiera aparecen sumergidos en este mar celestial e invertebrado que une Sevilla, Barcelona y Bucarest. Todo es inconexo, contradictorio y discontinuo, pero es probable que sea mejor así. O no.
Hay algo que bebe de las verdades insondables, a veces sumidas en un marasmo de fango que han vertido en ellas para que no respiren. Sí, a Bucarest una vez le quitaron hasta el aire.
Fue en 1986, un año después de la final de Heysel, calamitosa en todos los sentidos. Ganó la Juventus 1-0 al Liverpool, pero eso fue lo de menos. La Copa de Europa era menos complicada que la Champions. El Steaua se enfrentó a los daneses del Vejle, después el Honved en octavos, los finlandeses del Kuusysi Lahti en cuartos y el Anderlecht en semifinales. Venían, los belgas, de eliminar a la acorazada de Baviera: el Bayern. Entre medias de todo esto estalló Chernobyl, el accidente nuclear más grave de la historia. El tsunami que derrocó definitivamente la Unión Soviética. Mucho más que el whisky, la Coca-Cola, los vaqueros y las cintas de vídeo que venían de Occidente. Más, incluso, que la guerra de Afganistán. Todo cambió, mutó, geopolíticamente. Saltó por los aires.
La orden era clara: pastillas de yodo para los niños, beber agua mineral en botella, no comer verdura fresca ni beber leche. Tampoco ir a los parques. Se suspendió durante algún tiempo la liga de fútbol.
Un ejercicio de geografía pobre: Chernobyl está en la Ucrania septentrional, a casi doscientos kilómetros de Kiev, a dieciséis de la frontera con Bielorrusia y, si trazáramos una hipotética línea de aire en el cielo, a setecientos de Rumanía. Allí, la noticia arribó una semana después, porque no se podía arruinar el festejo del 1 de mayo, día del trabajador. También estaba próxima la Semana Santa ortodoxa. En definitiva, la noticia se aireó el día 2 de mayo, como cita Guy Chiappaventi en su libro Duckadam, el portero de Ceaucescu.
La orden era clara: pastillas de yodo para los niños, beber agua mineral en botella, no comer verdura fresca ni beber leche. Tampoco ir a los parques. Se suspendió durante algún tiempo la liga de fútbol. Como dice Miodrag Belodedici en la entrevista-máquina de la verdad, durante los entrenamientos era frecuente la presencia de un ingeniero nuclear con un contador Geiger para medir los niveles de radiactividad. El balón, lejos de la boca. ¿La sal? De yodo, claro.
Así se presentó esa panda a la final de Sevilla. Parecían maleantes sacados de Reservoir Dogs, pero en realidad eran ángeles del infierno. Duckadam, por ejemplo, solo coleccionaba dos internacionalidades, ya que el titular era Silviu Lung (Universitatea Craiova). Todos saben (sabemos) que detuvo cuatro penaltis, más de los que tiró Johan Cruyff en toda su carrera. No le hizo mucha falta al holandés, porque se inventó el lanzamiento indirecto. El resto ya es historia.
Seguro que hubo hechos que no sucedieron, otros que se exageraron, se quedaron cortos o, incluso, unos cuantos sucesos potentes que ni siquiera aparecen sumergidos en este mar celestial e invertebrado que une Sevilla, Barcelona y Bucarest
Como historia es lo del Barça, insertado en una ciudad otrora clave en la resistencia al franquismo. Dicen que el escritor y cineasta italiano Pier Paolo Pasolini visitó varias veces el lugar en los sesenta. Frecuentó intelectuales antifascistas catalanes como Juan Goytisolo. Poco antes de morir asesinado, también se reunió con Salvador Dalí en Cadaqués, donde el pintor surrealista pasaba largas temporadas. Siempre asomándose al mar; siempre pensando promiscuamente en Gala, su musa.
Tuvo Pier Paolo, en definitiva, una afinidad cultural y política con Barcelona y toda Cataluña, donde las hordas de Franco entraron para detener, por este orden, comunistas, anárquicos, separatistas… Entre medias de todos estaban los hinchas culés.
El Barça no estaba bien, y el enemigo que tenían enfrente era un desconocido. Ya lo alertó Manuel Vázquez Montalbán. El caso es que Urruti sabía que llegaba Zubizarreta, mientras que Venables tenía predilección por Archibald en lugar de Pichi Alonso. Al año siguiente llegarían Gary Lineker y Mark Hughes, prueba de que en el fondo ninguno de los puntas convencían del todo. El equipo vivía aún de los recuerdos de Kubala y Cruyff, incluso de Maradona.La mudanza al Camp Nou de Les Corts ya se había, por suerte, metabolizado. Algo que nunca sucedería con la derrota en la final de Sevilla contra el Steaua de Jenei, proveniente del distrito de Arad y de etnia húngara.
Decíamos del Barça y sus dolores de tripa. Otro era el de Schuster, quien ya había dejado la selección por discrepancias con Rumenigge y Breitner. También con el entrenador Jupp Derwall. Se podría concluir que vio los penaltis desde el hotel de Sevilla, aunque no hay pruebas fehacientes ni siquiera de ello, ni ha aceptado ser entrevistado. La primera pregunta habría sido esa, y si tenía el albornoz y las pantuflas puestas. Con el pelo seco y demás».
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