La vieja ceremonia alimenta los recuerdos 

Imagino que cuando llega el adiós a todo esto, la inmensa mayoría de la gente recuerda como lo mejor de su vida, y también el impacto emocional que le acompañó, el nacimiento de sus hijos, el esplendor en la hierba cuando el amor (o los amores) funcionaron, la muerte de seres muy cercanos, el triunfo profesional si este no se logró con malas artes (qué tontería, o con ellas sin problemas de conciencia), sensaciones de infancia que implantaron su huella. Pero no sería raro que mucha gente también citara como fecha eternamente memorable cuando su país ganó el Mundial de fútbol. Yo puedo dar fe de dónde estaba y cómo me sentía recordando esos campeonatos desde que tenía 14 años, en el Mundial de Inglaterra. Y de la gente que me acompañaba. Algunos amores, algunos amigos (con algunos ya en el otro barrio o en la nada) y también algunas experiencias lamentables.

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 Puedo dar fe de dónde estaba y cómo me sentía recordando esos campeonatos desde que tenía 14 años, en el Mundial de Inglaterra. Y de la gente que me acompañaba  

Columna

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Puedo dar fe de dónde estaba y cómo me sentía recordando esos campeonatos desde que tenía 14 años, en el Mundial de Inglaterra. Y de la gente que me acompañaba

Aficionados de México durante el partido de su selección contra Corea del Sur el pasado jueves. Edgar Negrete Lira (Cuartoscuro)
Carlos Boyero

Imagino que cuando llega el adiós a todo esto, la inmensa mayoría de la gente recuerda como lo mejor de su vida, y también el impacto emocional que le acompañó, el nacimiento de sus hijos, el esplendor en la hierba cuando el amor (o los amores) funcionaron, la muerte de seres muy cercanos, el triunfo profesional si este no se logró con malas artes (qué tontería, o con ellas sin problemas de conciencia), sensaciones de infancia que implantaron su huella. Pero no sería raro que mucha gente también citara como fecha eternamente memorable cuando su país ganó el Mundial de fútbol. Yo puedo dar fe de dónde estaba y cómo me sentía recordando esos campeonatos desde que tenía 14 años, en el Mundial de Inglaterra. Y de la gente que me acompañaba. Algunos amores, algunos amigos (con algunos ya en el otro barrio o en la nada) y también algunas experiencias lamentables.

Por ejemplo, en la final del Mundial que ganó España. Lo vi en la casa de un amigo de siempre y acompañados por dos bebés mellizos y maravillosos, que no habían cumplido todavía el año. Tenía en mis brazos a la niña, que había decidido que mis dedos eran muy sabrosos y no paraba de chuparlos, convirtiendo las yemas en pura mantequilla. Y de repente marcó el gol Iniesta. Y el padre y yo nos transformamos en dos gorilas histéricos. Y nuestro griterío lógicamente les dio un susto feroz a los niños. Y su llanto era tan inconsolable como interminable. El puto fútbol, el partidismo, los colores, la patria, las banderas, cositas que siempre me han mosqueado, habían provocado el terror de dos bebés desconsolados. Y desde entonces creo haber visto en soledad todas las finales.

Pero continúo practicando el antiguo ritual, aunque el fútbol cada vez me guste menos. El negocio cada vez es más poderoso y turbio. Debe de moverse tanta pasta como en el tráfico de armas y de drogas. Y, por supuesto, las grandes corporaciones, los comisionistas, los inversores y los políticos se han apuntado a la sabrosa movida. También existe una publicidad incesante que llega a marear. Ni los espíritus líricos podrían afirmar ahora que la esencia del fútbol son los niños que juegan con un balón en la calle y en los colegios. Es cosa de despachos, de agencias, de abogados de todo tipo de intereses. Pero aparecen Messi, Kane o Mbappé y nos siguen proporcionando la sensación de ver algo que puede ser vibrante y hermoso. O sea, que algo estimulante aún permanece en un negocio cada vez más turbio.

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