En la premiada película ‘Gravity’ (2013), de Alfonso Cuarón, la destrucción de un satélite ruso genera una reacción en cadena de basura espacial que acaba por hacer añicos el transbordador en el que viajan los protagonistas. La historia es una ficción pero el fenómeno que describe tiene nombre y los científicos lo toman muy en serio. Se llama Síndrome de Kessler, un escenario en el que una colisión en el espacio dispara fragmentos que originan nuevas colisiones, en un proceso que puede llegar a ser autosostenido. Según el último informe sobre el Entorno Espacial de la Agencia Espacial Europea (ESA) , la posibilidad de que algo así ocurra está más cerca de lo que se creía. La razón es que, aunque parezca una paradoja, el espacio está lleno. Al menos, el más cercano. El crecimiento extraordinario de la actividad espacial ha multiplicado los objetos en órbita por tres en diez años, llegando a casi 45.000 en 2025 entre satélites operativos (unos 15.000) y chatarra, lo que comprende fragmentos de cohetes, restos de antiguas misiones y naves que han dejado de funcionar. Por debajo de los 10 centímetros, se calcula que hay más de 200 millones de objetos. Y la predicción es que esas cifras se disparen en el futuro.Los datos del año pasado ilustran el acelerón. En 2025 se realizaron más de 300 lanzamientos, que pusieron en órbita más de 4.000 nuevas cargas útiles, es decir, satélites, naves espaciales o instrumentos. Un millar más en tan solo un año. En general, este llamativo incremento se debe al crecimiento de las grandes constelaciones de satélites, como Starlink, de Elon Musk —hay 11.000 desplegados y 30.000 más autorizados— , y al creciente uso de misiones compartidas, que permiten colocar cada vez más objetos en cada despegue.La ESA utiliza una métrica, el Índice de Salud del Entorno Espacial, para indicar con un solo número si nuestro comportamiento actual en el espacio es sostenible a largo plazo. En el último año, ha empeorado de 4 a 50, un orden de magnitud completo. Peligro medioambientalLas consecuencias pueden ser múltiples. El astrofísico David Galadí, coordinador del nodo español de la Oficina para la Divulgación de la Astronomía de la Unión Astronómica Internacional (IAU), compara la congestión espacial con la contaminación lumínica clásica. «Primero era un problema para los astrónomos, porque dificulta la observación del cielo. Pero después se convirtió también en un problema energético y medioambiental, que influía en los ecosistemas y en la salud humana», señala.Para Galadí, algo similar ocurre con la congestión de la órbita terrestre baja, situada por debajo de los mil kilómetros de altitud. «Los primeros en alzar la voz sobre sus efectos fueron, de nuevo, los astrónomos, por las molestias para ver las estrellas », señala. A esto se une el impacto paisajístico: «La noche dejará de ser lo que era, convirtiéndose en una feria de satélites en movimiento». En 2025 se realizaron unos 300 lanzamientos con más de 4.000 nuevas cargas útiles a bordo. Un millar más en tan solo un añoAdemás, el investigador recuerda que «todo lo que se lanza a la órbita terrestre baja vuelve a caer. Y cuando lo hace se desintegra en la atmósfera, inyectando cantidades masivas de metales, compuestos químicos, plásticos… El reingreso afecta a la capa de ozono y al equilibrio térmico del planeta, pero se lanzan satélites sin que nadie haya pedido antes un estudio medioambiental», explica. Por último, la órbita baja «ya no es un espacio de aventura, como la frontera del lejano oeste. Hoy en día es un recurso económico para las empresas». El incremento de satélites ha aumentado el riesgo del síndrome de Kessler. «Si dos satélites chocan, ya no tienes dos, tienes mil», dice Galadí. El escenario más preocupante supondría el fin de la órbita terrestre como recurso industrial, convirtiéndola en un ambiente en el que no se pueda circular. Aunque no se lanzaran nuevos satélites, la cantidad de desechos espaciales seguiría aumentando, ya que los eventos de fragmentación generan escombros más rápido de lo que pueden reingresar a la atmósfera. Poner ordenEl informe también pone de manifiesto el creciente riesgo en tierra de que se produzcan víctimas por fragmentos que sobreviven a la reentrada en la atmósfera. El número esperado de víctimas anuales por este motivo ha pasado de 0,02 en el año 2000 a 0,1 (en otras palabras, ahora se espera una víctima cada diez años, en vez de una cada 60). Con todo, la probabilidad «sigue siendo baja en comparación con muchos riesgos cotidianos». Hasta ahora, el único caso conocido de una persona alcanzada directamente por basura espacial es el de Lottie Williams, en 1997, cuando un pequeño fragmento de un cohete Delta II la golpeó en Oklahoma (EE.UU.). No sufrió heridas.La probabilidad de que alguien sea golpeado por el fragmento de un cohete ha aumentado de una vez cada 60 años a una cada diezA juicio de Galadí, la solución a estos problemas pasa por ordenar la órbita baja de la misma manera que se hizo con la geoestacionaria, a 36.000 kilómetros de distancia y donde se encuentran satélites meteorológicos y de comunicaciones y televisión. Al ser un recurso natural limitado, un acuerdo internacional lo regula, obligando a retirar los satélites que han llegado a su vida útil para dejar sitio a los nuevos. «Nuestra esperanza es que en la órbita baja ocurra lo mismo —comenta—. Necesitamos regular el número de satélites y poner orden, que no se quede el espacio el primero que llegue». A su entender, se están proponiendo constelaciones de satélites «que son inviables». El problema es que los residuos no desaparecen al mismo ritmo al que llegan nuevos objetos. Cada día se lanzan diez cargas útiles, pero solo tres reingresan de forma controlada. Fragmentos y satélites inactivos contribuyen de manera significativa al crecimiento de la basura espacial. Y hay otro inconveniente: cada vez se detectan más fragmentos que no pueden relacionarse con un satélite concreto. Esto complica la vigilancia y hace más necesaria una gestión eficaz del tráfico espacial.Cero desechosSegún la ESA, reducir la basura espacial pasa por conseguir que las naves se destruyan por completo durante la reentrada y aumentar las reentradas controladas. Pero, además, Europa trabaja en la iniciativa Zero Debris (Cero desechos), cuyo objetivo es limitar de forma significativa la producción de residuos en las órbitas terrestres y lunares para 2030. Entre las medidas se encuentran nuevos requisitos para el diseño de satélites y tecnologías de retirada de basura. Misiones como ClearSpace-1, planeada para 2029, están concebidas para demostrar que algunos objetos pueden ser capturados y retirados del espacio. La solución a largo plazo también podría pasar por repostar y reparar naves en órbita, lo que pretende demostrar otra misión, RISE, prevista para el mismo año.MÁS INFORMACIÓN noticia Si El cerebro humano no es uno, sino dos órganos distintos y ‘acoplados’ por la evolución noticia Si Injertan neuronas humanas en ratones sin corteza cerebral y recuperan sus capacidadesEl espacio no es infinito, al menos no el que tenemos cerca. Cada nuevo satélite ocupa una posición dentro de un entorno compartido con miles de objetos más. La carrera por poner cada vez más naves en órbita está cambiando ese entorno a una velocidad que las medidas de mitigación todavía no consiguen compensar. Si queremos seguir utilizando el espacio, habrá que aprender a limpiarlo. En la premiada película ‘Gravity’ (2013), de Alfonso Cuarón, la destrucción de un satélite ruso genera una reacción en cadena de basura espacial que acaba por hacer añicos el transbordador en el que viajan los protagonistas. La historia es una ficción pero el fenómeno que describe tiene nombre y los científicos lo toman muy en serio. Se llama Síndrome de Kessler, un escenario en el que una colisión en el espacio dispara fragmentos que originan nuevas colisiones, en un proceso que puede llegar a ser autosostenido. Según el último informe sobre el Entorno Espacial de la Agencia Espacial Europea (ESA) , la posibilidad de que algo así ocurra está más cerca de lo que se creía. La razón es que, aunque parezca una paradoja, el espacio está lleno. Al menos, el más cercano. El crecimiento extraordinario de la actividad espacial ha multiplicado los objetos en órbita por tres en diez años, llegando a casi 45.000 en 2025 entre satélites operativos (unos 15.000) y chatarra, lo que comprende fragmentos de cohetes, restos de antiguas misiones y naves que han dejado de funcionar. Por debajo de los 10 centímetros, se calcula que hay más de 200 millones de objetos. Y la predicción es que esas cifras se disparen en el futuro.Los datos del año pasado ilustran el acelerón. En 2025 se realizaron más de 300 lanzamientos, que pusieron en órbita más de 4.000 nuevas cargas útiles, es decir, satélites, naves espaciales o instrumentos. Un millar más en tan solo un año. En general, este llamativo incremento se debe al crecimiento de las grandes constelaciones de satélites, como Starlink, de Elon Musk —hay 11.000 desplegados y 30.000 más autorizados— , y al creciente uso de misiones compartidas, que permiten colocar cada vez más objetos en cada despegue.La ESA utiliza una métrica, el Índice de Salud del Entorno Espacial, para indicar con un solo número si nuestro comportamiento actual en el espacio es sostenible a largo plazo. En el último año, ha empeorado de 4 a 50, un orden de magnitud completo. Peligro medioambientalLas consecuencias pueden ser múltiples. El astrofísico David Galadí, coordinador del nodo español de la Oficina para la Divulgación de la Astronomía de la Unión Astronómica Internacional (IAU), compara la congestión espacial con la contaminación lumínica clásica. «Primero era un problema para los astrónomos, porque dificulta la observación del cielo. Pero después se convirtió también en un problema energético y medioambiental, que influía en los ecosistemas y en la salud humana», señala.Para Galadí, algo similar ocurre con la congestión de la órbita terrestre baja, situada por debajo de los mil kilómetros de altitud. «Los primeros en alzar la voz sobre sus efectos fueron, de nuevo, los astrónomos, por las molestias para ver las estrellas », señala. A esto se une el impacto paisajístico: «La noche dejará de ser lo que era, convirtiéndose en una feria de satélites en movimiento». En 2025 se realizaron unos 300 lanzamientos con más de 4.000 nuevas cargas útiles a bordo. Un millar más en tan solo un añoAdemás, el investigador recuerda que «todo lo que se lanza a la órbita terrestre baja vuelve a caer. Y cuando lo hace se desintegra en la atmósfera, inyectando cantidades masivas de metales, compuestos químicos, plásticos… El reingreso afecta a la capa de ozono y al equilibrio térmico del planeta, pero se lanzan satélites sin que nadie haya pedido antes un estudio medioambiental», explica. Por último, la órbita baja «ya no es un espacio de aventura, como la frontera del lejano oeste. Hoy en día es un recurso económico para las empresas». El incremento de satélites ha aumentado el riesgo del síndrome de Kessler. «Si dos satélites chocan, ya no tienes dos, tienes mil», dice Galadí. El escenario más preocupante supondría el fin de la órbita terrestre como recurso industrial, convirtiéndola en un ambiente en el que no se pueda circular. Aunque no se lanzaran nuevos satélites, la cantidad de desechos espaciales seguiría aumentando, ya que los eventos de fragmentación generan escombros más rápido de lo que pueden reingresar a la atmósfera. Poner ordenEl informe también pone de manifiesto el creciente riesgo en tierra de que se produzcan víctimas por fragmentos que sobreviven a la reentrada en la atmósfera. El número esperado de víctimas anuales por este motivo ha pasado de 0,02 en el año 2000 a 0,1 (en otras palabras, ahora se espera una víctima cada diez años, en vez de una cada 60). Con todo, la probabilidad «sigue siendo baja en comparación con muchos riesgos cotidianos». Hasta ahora, el único caso conocido de una persona alcanzada directamente por basura espacial es el de Lottie Williams, en 1997, cuando un pequeño fragmento de un cohete Delta II la golpeó en Oklahoma (EE.UU.). No sufrió heridas.La probabilidad de que alguien sea golpeado por el fragmento de un cohete ha aumentado de una vez cada 60 años a una cada diezA juicio de Galadí, la solución a estos problemas pasa por ordenar la órbita baja de la misma manera que se hizo con la geoestacionaria, a 36.000 kilómetros de distancia y donde se encuentran satélites meteorológicos y de comunicaciones y televisión. Al ser un recurso natural limitado, un acuerdo internacional lo regula, obligando a retirar los satélites que han llegado a su vida útil para dejar sitio a los nuevos. «Nuestra esperanza es que en la órbita baja ocurra lo mismo —comenta—. Necesitamos regular el número de satélites y poner orden, que no se quede el espacio el primero que llegue». A su entender, se están proponiendo constelaciones de satélites «que son inviables». El problema es que los residuos no desaparecen al mismo ritmo al que llegan nuevos objetos. Cada día se lanzan diez cargas útiles, pero solo tres reingresan de forma controlada. Fragmentos y satélites inactivos contribuyen de manera significativa al crecimiento de la basura espacial. Y hay otro inconveniente: cada vez se detectan más fragmentos que no pueden relacionarse con un satélite concreto. Esto complica la vigilancia y hace más necesaria una gestión eficaz del tráfico espacial.Cero desechosSegún la ESA, reducir la basura espacial pasa por conseguir que las naves se destruyan por completo durante la reentrada y aumentar las reentradas controladas. Pero, además, Europa trabaja en la iniciativa Zero Debris (Cero desechos), cuyo objetivo es limitar de forma significativa la producción de residuos en las órbitas terrestres y lunares para 2030. Entre las medidas se encuentran nuevos requisitos para el diseño de satélites y tecnologías de retirada de basura. Misiones como ClearSpace-1, planeada para 2029, están concebidas para demostrar que algunos objetos pueden ser capturados y retirados del espacio. La solución a largo plazo también podría pasar por repostar y reparar naves en órbita, lo que pretende demostrar otra misión, RISE, prevista para el mismo año.MÁS INFORMACIÓN noticia Si El cerebro humano no es uno, sino dos órganos distintos y ‘acoplados’ por la evolución noticia Si Injertan neuronas humanas en ratones sin corteza cerebral y recuperan sus capacidadesEl espacio no es infinito, al menos no el que tenemos cerca. Cada nuevo satélite ocupa una posición dentro de un entorno compartido con miles de objetos más. La carrera por poner cada vez más naves en órbita está cambiando ese entorno a una velocidad que las medidas de mitigación todavía no consiguen compensar. Si queremos seguir utilizando el espacio, habrá que aprender a limpiarlo.
En la premiada película ‘Gravity’ (2013), de Alfonso Cuarón, la destrucción de un satélite ruso genera una reacción en cadena de basura espacial que acaba por hacer añicos el transbordador en el que viajan los protagonistas. La historia es una ficción pero el fenómeno que … describe tiene nombre y los científicos lo toman muy en serio. Se llama Síndrome de Kessler, un escenario en el que una colisión en el espacio dispara fragmentos que originan nuevas colisiones, en un proceso que puede llegar a ser autosostenido. Según el último informe sobre el Entorno Espacial de la Agencia Espacial Europea (ESA), la posibilidad de que algo así ocurra está más cerca de lo que se creía.
La razón es que, aunque parezca una paradoja, el espacio está lleno. Al menos, el más cercano. El crecimiento extraordinario de la actividad espacial ha multiplicado los objetos en órbita por tres en diez años, llegando a casi 45.000 en 2025 entre satélites operativos (unos 15.000) y chatarra, lo que comprende fragmentos de cohetes, restos de antiguas misiones y naves que han dejado de funcionar. Por debajo de los 10 centímetros, se calcula que hay más de 200 millones de objetos. Y la predicción es que esas cifras se disparen en el futuro.
Los datos del año pasado ilustran el acelerón. En 2025 se realizaron más de 300 lanzamientos, que pusieron en órbita más de 4.000 nuevas cargas útiles, es decir, satélites, naves espaciales o instrumentos. Un millar más en tan solo un año. En general, este llamativo incremento se debe al crecimiento de las grandes constelaciones de satélites, como Starlink, de Elon Musk —hay 11.000 desplegados y 30.000 más autorizados— , y al creciente uso de misiones compartidas, que permiten colocar cada vez más objetos en cada despegue.
Noticia relacionada
La ESA utiliza una métrica, el Índice de Salud del Entorno Espacial, para indicar con un solo número si nuestro comportamiento actual en el espacio es sostenible a largo plazo. En el último año, ha empeorado de 4 a 50, un orden de magnitud completo.
Peligro medioambiental
Las consecuencias pueden ser múltiples. El astrofísico David Galadí, coordinador del nodo español de la Oficina para la Divulgación de la Astronomía de la Unión Astronómica Internacional (IAU), compara la congestión espacial con la contaminación lumínica clásica. «Primero era un problema para los astrónomos, porque dificulta la observación del cielo. Pero después se convirtió también en un problema energético y medioambiental, que influía en los ecosistemas y en la salud humana», señala.
Para Galadí, algo similar ocurre con la congestión de la órbita terrestre baja, situada por debajo de los mil kilómetros de altitud. «Los primeros en alzar la voz sobre sus efectos fueron, de nuevo, los astrónomos, por las molestias para ver las estrellas», señala. A esto se une el impacto paisajístico: «La noche dejará de ser lo que era, convirtiéndose en una feria de satélites en movimiento».
En 2025 se realizaron unos 300 lanzamientos con más de 4.000 nuevas cargas útiles a bordo. Un millar más en tan solo un año
Además, el investigador recuerda que «todo lo que se lanza a la órbita terrestre baja vuelve a caer. Y cuando lo hace se desintegra en la atmósfera, inyectando cantidades masivas de metales, compuestos químicos, plásticos… El reingreso afecta a la capa de ozono y al equilibrio térmico del planeta, pero se lanzan satélites sin que nadie haya pedido antes un estudio medioambiental», explica.
Por último, la órbita baja «ya no es un espacio de aventura, como la frontera del lejano oeste. Hoy en día es un recurso económico para las empresas». El incremento de satélites ha aumentado el riesgo del síndrome de Kessler. «Si dos satélites chocan, ya no tienes dos, tienes mil», dice Galadí. El escenario más preocupante supondría el fin de la órbita terrestre como recurso industrial, convirtiéndola en un ambiente en el que no se pueda circular. Aunque no se lanzaran nuevos satélites, la cantidad de desechos espaciales seguiría aumentando, ya que los eventos de fragmentación generan escombros más rápido de lo que pueden reingresar a la atmósfera.
Poner orden
El informe también pone de manifiesto el creciente riesgo en tierra de que se produzcan víctimas por fragmentos que sobreviven a la reentrada en la atmósfera. El número esperado de víctimas anuales por este motivo ha pasado de 0,02 en el año 2000 a 0,1 (en otras palabras, ahora se espera una víctima cada diez años, en vez de una cada 60). Con todo, la probabilidad «sigue siendo baja en comparación con muchos riesgos cotidianos». Hasta ahora, el único caso conocido de una persona alcanzada directamente por basura espacial es el de Lottie Williams, en 1997, cuando un pequeño fragmento de un cohete Delta II la golpeó en Oklahoma (EE.UU.). No sufrió heridas.
La probabilidad de que alguien sea golpeado por el fragmento de un cohete ha aumentado de una vez cada 60 años a una cada diez
A juicio de Galadí, la solución a estos problemas pasa por ordenar la órbita baja de la misma manera que se hizo con la geoestacionaria, a 36.000 kilómetros de distancia y donde se encuentran satélites meteorológicos y de comunicaciones y televisión. Al ser un recurso natural limitado, un acuerdo internacional lo regula, obligando a retirar los satélites que han llegado a su vida útil para dejar sitio a los nuevos. «Nuestra esperanza es que en la órbita baja ocurra lo mismo —comenta—. Necesitamos regular el número de satélites y poner orden, que no se quede el espacio el primero que llegue». A su entender, se están proponiendo constelaciones de satélites «que son inviables».
El problema es que los residuos no desaparecen al mismo ritmo al que llegan nuevos objetos. Cada día se lanzan diez cargas útiles, pero solo tres reingresan de forma controlada. Fragmentos y satélites inactivos contribuyen de manera significativa al crecimiento de la basura espacial. Y hay otro inconveniente: cada vez se detectan más fragmentos que no pueden relacionarse con un satélite concreto. Esto complica la vigilancia y hace más necesaria una gestión eficaz del tráfico espacial.
Cero desechos
Según la ESA, reducir la basura espacial pasa por conseguir que las naves se destruyan por completo durante la reentrada y aumentar las reentradas controladas. Pero, además, Europa trabaja en la iniciativa Zero Debris (Cero desechos), cuyo objetivo es limitar de forma significativa la producción de residuos en las órbitas terrestres y lunares para 2030. Entre las medidas se encuentran nuevos requisitos para el diseño de satélites y tecnologías de retirada de basura. Misiones como ClearSpace-1, planeada para 2029, están concebidas para demostrar que algunos objetos pueden ser capturados y retirados del espacio. La solución a largo plazo también podría pasar por repostar y reparar naves en órbita, lo que pretende demostrar otra misión, RISE, prevista para el mismo año.
El espacio no es infinito, al menos no el que tenemos cerca. Cada nuevo satélite ocupa una posición dentro de un entorno compartido con miles de objetos más. La carrera por poner cada vez más naves en órbita está cambiando ese entorno a una velocidad que las medidas de mitigación todavía no consiguen compensar. Si queremos seguir utilizando el espacio, habrá que aprender a limpiarlo.
RSS de noticias de ciencia

