
Si contemplamos el paisaje de nuestra vida política, el término que nos viene a la mente es el de desbarajuste. Todo parece desorganizado y caótico. Seguramente porque no sabemos vivir ya sin nuestras habituales prácticas divisivas, que ahora gustan trasladarse al interior de los propios partidos. Lo vemos en Vox, que arrastra una importante lista de conflictos con algunos de sus otrora miembros más reputados; de nuevo también en los partidos a la izquierda del PSOE, con las disputas en el interior de Más Madrid, que nos retrotrae a momentos previos a su supuesto pacto de unidad; y, desde luego, entre los partidos de la coalición parlamentaria que sostiene al Gobierno, dejándolo huérfano de presupuestos o tumbando decretos. Los únicos que parecen librarse son los dos grandes, PSOE y PP. El primero de ellos, porque está en el poder —no hay mejor pegamento para una organización política—; el segundo, porque aspira a alcanzarlo pronto. Aunque, como vimos de nuevo con la cuestión de la “prioridad nacional”, Ayuso practica una autonomía marca de la casa.
Seguramente no sabemos vivir ya sin nuestras habituales prácticas divisivas
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Seguramente no sabemos vivir ya sin nuestras habituales prácticas divisivas


Si contemplamos el paisaje de nuestra vida política, el término que nos viene a la mente es el de desbarajuste. Todo parece desorganizado y caótico. Seguramente porque no sabemos vivir ya sin nuestras habituales prácticas divisivas, que ahora gustan trasladarse al interior de los propios partidos. Lo vemos en Vox, que arrastra una importante lista de conflictos con algunos de sus otrora miembros más reputados; de nuevo también en los partidos a la izquierda del PSOE, con las disputas en el interior de Más Madrid, que nos retrotrae a momentos previos a su supuesto pacto de unidad; y, desde luego, entre los partidos de la coalición parlamentaria que sostiene al Gobierno, dejándolo huérfano de presupuestos o tumbando decretos. Los únicos que parecen librarse son los dos grandes, PSOE y PP. El primero de ellos, porque está en el poder —no hay mejor pegamento para una organización política—; el segundo, porque aspira a alcanzarlo pronto. Aunque, como vimos de nuevo con la cuestión de la “prioridad nacional”, Ayuso practica una autonomía marca de la casa.
En ese escenario han vuelto a irrumpir unas elecciones, las andaluzas, que siempre son la ocasión perfecta para ahondar en las diferencias entre partidos. Nos hemos convertido así en el país de los cálculos electorales y las luchas internas. Con un añadido no menor: los vetos cruzados. Cada cual considera más rentable impedir la acción del otro que buscar construir un terreno común. Si a ello añadimos el espectáculo de los juicios por corrupción, la imagen que se proyecta dista de ser edificante. Y aquí los que afligen al PSOE llevan las de perder porque es casi imposible que no atraigan la atención mediática. No es que la Kitchen sea menos grave, porque atañe directamente a la interferencia de un poder sobre otro y la financiación ilegal de un partido, pero aborda hechos ya lejanos y con protagonistas apartados de la primera línea política. Sin comparación, por tanto, con el morbo que provocan Koldo y sus adláteres, empezando por su misma presencia física, las “chistorras” y todo el trasfondo de escorts.
Como decía el viejo Niklas Luhmann, “realidad es aquello que queda después de la acción de los medios de comunicación” y —hoy también— de las redes sociales. La imagen de la política que nos llega desde ahí es la de fragmentación y bloqueo. Con todo, es posible que lo peor de todo sea esa pugna constante por el relato, que, como ha analizado bien Máriam Martínez-Bascuñán en su libro El fin del mundo común, está teniendo el efecto de impedir el acceso a toda realidad compartida. No hay forma de orientarse dentro de ese infocalipsis, que es como algunos califican hoy el nuevo ecosistema informativo, provocando al final una mera adhesión emotiva a la propia tribu. Nadie cree ya en nada que no sean los pronunciamientos de su respectivo “nosotros”. El pluralismo se transforma así en mero faccionalismo, inmune a la fuerza de la argumentación.
Es muy posible que esta situación responda al abandono del Parlamento como espacio de resonancia compartido en el que contrastar las limitaciones de las Cámaras de eco particularistas. Es decir, el ágora de una conversación pública dirigida al entendimiento, no el mero choque retórico de posiciones que a priori se saben ya irreconciliables. Lo más preocupantes es que, a pesar de las numerosas muestras de fatiga que presenta esta legislatura, la que nacería con una nueva mayoría podría tener mayor capacidad de decisión, pero difícilmente conseguirá corregir nuestra forma de hacer política. Nuestro problema no es que gobiernen unos u otros, está enraizado en nuestra propia cultura política. Eso tiene ya peor solución.
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