El lóbulo central galáctico no era lo que parecía. Durante cuatro largas décadas, esa colosal estructura se ha erigido en nuestros mapas como un auténtico gigante, una enorme extensión que parecía elevarse a miles de años luz sobre la región central de nuestra galaxia, la Vía Láctea. Descubierto a través de las observaciones de radio de los años ochenta, el lóbulo central ha mantenido a los astrónomos de todo el mundo en vilo desde entonces, tratando de descubrir su verdadero origen y naturaleza. Y todo para nada porque ahora, un nuevo estudio recién publicado en ‘Astronomy & Astrophysics’ acaba de revelar que no se trataba más que de una elaborada ilusión óptica a escala interestelar.Un «test de Rorschach» para astrofísicosVisto desde la Tierra, el llamado lóbulo central galáctico (GCL, por sus siglas en inglés) se presentaba recortado contra el concurrido y brillante telón de fondo del centro de nuestra galaxia. Las imágenes de radio mostraban lo que parecía el rastro de un estallido monumental. Los científicos no tardaron en proponer toda clase de teorías para explicar su existencia. Algunos sugerían que estábamos ante las secuelas de una serie encadenada de supernovas, mientras que otros, más audaces, vinculaban directamente la estructura con una violenta y antigua erupción procedente del agujero negro supermasivo Sagitario A* , el monstruo que habita en el corazón mismo de la Vía Láctea.Había tantas explicaciones contrapuestas que el misterio llegó a hacerse abrumador. Tal y como se llegó a señalar en su día, el lóbulo se había convertido en un auténtico ‘test de Rorschach’ para la astrofísica galáctica: cada científico que lo miraba interpretaba una cosa distinta en función de sus propias teorías y de cómo analizaba las pruebas disponibles.La niebla del núcleo galácticoEl problema que impedía ponerse de acuerdo radica en la extrema complejidad de estudiar el centro galáctico. Se trata de la región más densamente poblada de nuestra galaxia, un hervidero caótico lleno de estrellas , densas nubes de gas molecular y enormes cantidades de polvo. Todo ese material se superpone en nuestra línea de visión, y actúa como una cortina de humo que puede hacer que objetos muy distantes entre sí parezcan estar conectados, a pesar de estar separados por miles de años luz.El lóbulo se había convertido en un auténtico ‘test de Rorschach para la astrofísica galáctica’: cada científico que lo miraba interpretaba una cosa distintaLa parte inferior del GCL fue siempre la más esquiva, ya que, al superponerse visualmente con el brillante plano galáctico (ver imagen), las ondas de radio de la estructura se camuflaban con el fondo. Esto creaba la falsa impresión de que estábamos viendo un lóbulo abierto, una gigantesca ‘chimenea’ de material que era expulsado violentamente desde el mismo núcleo de la Vía Láctea.Nuevos ojos para atravesar el polvoEl gran avance llegó cuando los autores del nuevo estudio, bajo la dirección de la astrofísica Kathryn Kreckel, de la Universidad de Heidelberg (Alemania), decidieron cambiar de estrategia. En lugar de confiar únicamente en las observaciones de radio, en efecto, el equipo recurrió a los datos del proyecto SDSS-V Local Volume Mapper, un mapa inmensamente detallado que rastrea el gas brillante en nuestra galaxia midiendo la luz que emite en el espectro óptico e infrarrojo.Si usamos gafas infrarrojas, podremos ver a través de la niebla. Eso es exactamente lo que hizo el azufre ionizado al brillar a través del espeso polvo interestelarEl ‘arma secreta’ de los astrónomos fue el azufre ionizado. Este tipo de emisión tiene una longitud de onda más larga (más roja), lo que le confiere la capacidad de penetrar a través de las espesas nubes de polvo interestelar con mucha más eficacia que otras luces de onda corta. Es como estar en una habitación oscura y llena de humo e intentamos iluminar con una linterna normal. El haz rebotará en el humo y nos cegará. Pero si usamos gafas de visión térmica o infrarroja, podremos ver a través de la niebla. Eso es exactamente lo que hizo el azufre ionizado: logró brillar a través de la parte inferior de la estructura, revelando por fin la pieza que faltaba en el rompecabezas.Más cerca, más pequeño y diferenteLo que descubrieron los científicos volvieron a calcular cambió por completo el panorama. Aquel apéndice inferior no había desaparecido ni estaba abierto; simplemente había estado oculto por el caos del entorno galáctico. El equipo de Kreckel comprobó que la estructura no era un lóbulo abierto procedente del centro de la galaxia, sino una burbuja completamente cerrada.Al comparar la cantidad de polvo que atenuaba la luz de la burbuja con mapas tridimensionales detallados de la galaxia, los investigadores volvieron a calcular su ubicación. Y el resultado fue que la burbuja se encuentra ‘sólo’ a unos 6.520 años luz de la Tierra, y no a los 26.000 años luz que nos separan del centro galáctico.No es el enorme remanente de una ‘rabieta’ de Sagitario A*, el agujero negro supermasivo del centro de nuestra galaxia, sino una estructura cercana y que mide ‘apenas’ 115 años luz de diámetroEs decir, que no se trata del enorme remanente de una ‘rabieta’ de nuestro agujero negro supermasivo, sino una estructura que mide ‘apenas’ 115 años luz de diámetro. Un hallazgo tan drástico que Kreckel y sus colegas, con cierto sentido del humor, han propuesto rebautizar el objeto como el «bucle enormemente confuso» (greatly confused loop). Confiesan además que todo este proceso ha supuesto «una lucha de 40 años para separar características nucleares genuinas del disco galáctico en primer plano».Guarderías estelares y el Lazo de BarnardEntonces, si no se encuentra en el centro de la Vía Láctea, ni fue generado por una explosión de actividad de Sagitario A*, ¿qué es exactamente esta estructura? En su estudio, los científicos concluyen que se trata de una gran nube de gas de hidrógeno que brilla al ser bañada por una intensa radiación ultravioleta. Y es muy probable que esta ‘cavidad’ haya sido esculpida por una generación anterior de estrellas muy masivas nacidas en una misma guardería estelar.Estas estrellas gigantes, que viven vidas cortas pero frenéticas, terminan estallando como supernovas y envían brutales ondas de choque que barren el material circundante, creando grandes burbujas en el espacio. El borde de la burbuja se ilumina por la radiación de las estrellas que la habitan, por lo que, desde nuestra perspectiva visual, parece un bucle luminoso en lugar de una esfera tridimensional completa.Se trata de un fenómeno astronómico que nos resulta familiar. De hecho, el GCL pertenece a la misma categoría que otras estructuras estelares bien conocidas, como el famoso ‘Lazo de Barnard’ en la constelación de Orión. Situado a unos 1.400 años luz de la Tierra, el Lazo de Barnard probablemente se originó por la explosión de una supernova hace unos dos millones de años y hoy forma parte de un inmenso complejo molecular luminoso que abarca 10 grados en nuestro cielo nocturno.MÁS INFORMACIÓN noticia Si «No tenemos manera de gestionar esta avalancha de gente» noticia Si El pinchazo que sostuvo a la civilización: la historia accidental del alfilerEl nuevo estudio, todo un trabajo detectivesco, no solo resuelve un enigma histórico, sino que nos muestra lo eficaz que puede llegar a ser la Vía Láctea a la hora de camuflar sus propios secretos. Y es que a veces, en la inmensidad del cosmos, hasta los monstruos más temibles resultan ser sólo sombras en la niebla. El lóbulo central galáctico no era lo que parecía. Durante cuatro largas décadas, esa colosal estructura se ha erigido en nuestros mapas como un auténtico gigante, una enorme extensión que parecía elevarse a miles de años luz sobre la región central de nuestra galaxia, la Vía Láctea. Descubierto a través de las observaciones de radio de los años ochenta, el lóbulo central ha mantenido a los astrónomos de todo el mundo en vilo desde entonces, tratando de descubrir su verdadero origen y naturaleza. Y todo para nada porque ahora, un nuevo estudio recién publicado en ‘Astronomy & Astrophysics’ acaba de revelar que no se trataba más que de una elaborada ilusión óptica a escala interestelar.Un «test de Rorschach» para astrofísicosVisto desde la Tierra, el llamado lóbulo central galáctico (GCL, por sus siglas en inglés) se presentaba recortado contra el concurrido y brillante telón de fondo del centro de nuestra galaxia. Las imágenes de radio mostraban lo que parecía el rastro de un estallido monumental. Los científicos no tardaron en proponer toda clase de teorías para explicar su existencia. Algunos sugerían que estábamos ante las secuelas de una serie encadenada de supernovas, mientras que otros, más audaces, vinculaban directamente la estructura con una violenta y antigua erupción procedente del agujero negro supermasivo Sagitario A* , el monstruo que habita en el corazón mismo de la Vía Láctea.Había tantas explicaciones contrapuestas que el misterio llegó a hacerse abrumador. Tal y como se llegó a señalar en su día, el lóbulo se había convertido en un auténtico ‘test de Rorschach’ para la astrofísica galáctica: cada científico que lo miraba interpretaba una cosa distinta en función de sus propias teorías y de cómo analizaba las pruebas disponibles.La niebla del núcleo galácticoEl problema que impedía ponerse de acuerdo radica en la extrema complejidad de estudiar el centro galáctico. Se trata de la región más densamente poblada de nuestra galaxia, un hervidero caótico lleno de estrellas , densas nubes de gas molecular y enormes cantidades de polvo. Todo ese material se superpone en nuestra línea de visión, y actúa como una cortina de humo que puede hacer que objetos muy distantes entre sí parezcan estar conectados, a pesar de estar separados por miles de años luz.El lóbulo se había convertido en un auténtico ‘test de Rorschach para la astrofísica galáctica’: cada científico que lo miraba interpretaba una cosa distintaLa parte inferior del GCL fue siempre la más esquiva, ya que, al superponerse visualmente con el brillante plano galáctico (ver imagen), las ondas de radio de la estructura se camuflaban con el fondo. Esto creaba la falsa impresión de que estábamos viendo un lóbulo abierto, una gigantesca ‘chimenea’ de material que era expulsado violentamente desde el mismo núcleo de la Vía Láctea.Nuevos ojos para atravesar el polvoEl gran avance llegó cuando los autores del nuevo estudio, bajo la dirección de la astrofísica Kathryn Kreckel, de la Universidad de Heidelberg (Alemania), decidieron cambiar de estrategia. En lugar de confiar únicamente en las observaciones de radio, en efecto, el equipo recurrió a los datos del proyecto SDSS-V Local Volume Mapper, un mapa inmensamente detallado que rastrea el gas brillante en nuestra galaxia midiendo la luz que emite en el espectro óptico e infrarrojo.Si usamos gafas infrarrojas, podremos ver a través de la niebla. Eso es exactamente lo que hizo el azufre ionizado al brillar a través del espeso polvo interestelarEl ‘arma secreta’ de los astrónomos fue el azufre ionizado. Este tipo de emisión tiene una longitud de onda más larga (más roja), lo que le confiere la capacidad de penetrar a través de las espesas nubes de polvo interestelar con mucha más eficacia que otras luces de onda corta. Es como estar en una habitación oscura y llena de humo e intentamos iluminar con una linterna normal. El haz rebotará en el humo y nos cegará. Pero si usamos gafas de visión térmica o infrarroja, podremos ver a través de la niebla. Eso es exactamente lo que hizo el azufre ionizado: logró brillar a través de la parte inferior de la estructura, revelando por fin la pieza que faltaba en el rompecabezas.Más cerca, más pequeño y diferenteLo que descubrieron los científicos volvieron a calcular cambió por completo el panorama. Aquel apéndice inferior no había desaparecido ni estaba abierto; simplemente había estado oculto por el caos del entorno galáctico. El equipo de Kreckel comprobó que la estructura no era un lóbulo abierto procedente del centro de la galaxia, sino una burbuja completamente cerrada.Al comparar la cantidad de polvo que atenuaba la luz de la burbuja con mapas tridimensionales detallados de la galaxia, los investigadores volvieron a calcular su ubicación. Y el resultado fue que la burbuja se encuentra ‘sólo’ a unos 6.520 años luz de la Tierra, y no a los 26.000 años luz que nos separan del centro galáctico.No es el enorme remanente de una ‘rabieta’ de Sagitario A*, el agujero negro supermasivo del centro de nuestra galaxia, sino una estructura cercana y que mide ‘apenas’ 115 años luz de diámetroEs decir, que no se trata del enorme remanente de una ‘rabieta’ de nuestro agujero negro supermasivo, sino una estructura que mide ‘apenas’ 115 años luz de diámetro. Un hallazgo tan drástico que Kreckel y sus colegas, con cierto sentido del humor, han propuesto rebautizar el objeto como el «bucle enormemente confuso» (greatly confused loop). Confiesan además que todo este proceso ha supuesto «una lucha de 40 años para separar características nucleares genuinas del disco galáctico en primer plano».Guarderías estelares y el Lazo de BarnardEntonces, si no se encuentra en el centro de la Vía Láctea, ni fue generado por una explosión de actividad de Sagitario A*, ¿qué es exactamente esta estructura? En su estudio, los científicos concluyen que se trata de una gran nube de gas de hidrógeno que brilla al ser bañada por una intensa radiación ultravioleta. Y es muy probable que esta ‘cavidad’ haya sido esculpida por una generación anterior de estrellas muy masivas nacidas en una misma guardería estelar.Estas estrellas gigantes, que viven vidas cortas pero frenéticas, terminan estallando como supernovas y envían brutales ondas de choque que barren el material circundante, creando grandes burbujas en el espacio. El borde de la burbuja se ilumina por la radiación de las estrellas que la habitan, por lo que, desde nuestra perspectiva visual, parece un bucle luminoso en lugar de una esfera tridimensional completa.Se trata de un fenómeno astronómico que nos resulta familiar. De hecho, el GCL pertenece a la misma categoría que otras estructuras estelares bien conocidas, como el famoso ‘Lazo de Barnard’ en la constelación de Orión. Situado a unos 1.400 años luz de la Tierra, el Lazo de Barnard probablemente se originó por la explosión de una supernova hace unos dos millones de años y hoy forma parte de un inmenso complejo molecular luminoso que abarca 10 grados en nuestro cielo nocturno.MÁS INFORMACIÓN noticia Si «No tenemos manera de gestionar esta avalancha de gente» noticia Si El pinchazo que sostuvo a la civilización: la historia accidental del alfilerEl nuevo estudio, todo un trabajo detectivesco, no solo resuelve un enigma histórico, sino que nos muestra lo eficaz que puede llegar a ser la Vía Láctea a la hora de camuflar sus propios secretos. Y es que a veces, en la inmensidad del cosmos, hasta los monstruos más temibles resultan ser sólo sombras en la niebla.
El lóbulo central galáctico no era lo que parecía. Durante cuatro largas décadas, esa colosal estructura se ha erigido en nuestros mapas como un auténtico gigante, una enorme extensión que parecía elevarse a miles de años luz sobre la región central de nuestra galaxia, la … Vía Láctea.
Descubierto a través de las observaciones de radio de los años ochenta, el lóbulo central ha mantenido a los astrónomos de todo el mundo en vilo desde entonces, tratando de descubrir su verdadero origen y naturaleza. Y todo para nada porque ahora, un nuevo estudio recién publicado en ‘Astronomy & Astrophysics’ acaba de revelar que no se trataba más que de una elaborada ilusión óptica a escala interestelar.
Un «test de Rorschach» para astrofísicos
Visto desde la Tierra, el llamado lóbulo central galáctico (GCL, por sus siglas en inglés) se presentaba recortado contra el concurrido y brillante telón de fondo del centro de nuestra galaxia. Las imágenes de radio mostraban lo que parecía el rastro de un estallido monumental. Los científicos no tardaron en proponer toda clase de teorías para explicar su existencia. Algunos sugerían que estábamos ante las secuelas de una serie encadenada de supernovas, mientras que otros, más audaces, vinculaban directamente la estructura con una violenta y antigua erupción procedente del agujero negro supermasivo Sagitario A*, el monstruo que habita en el corazón mismo de la Vía Láctea.
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Había tantas explicaciones contrapuestas que el misterio llegó a hacerse abrumador. Tal y como se llegó a señalar en su día, el lóbulo se había convertido en un auténtico ‘test de Rorschach’ para la astrofísica galáctica: cada científico que lo miraba interpretaba una cosa distinta en función de sus propias teorías y de cómo analizaba las pruebas disponibles.
La niebla del núcleo galáctico
El problema que impedía ponerse de acuerdo radica en la extrema complejidad de estudiar el centro galáctico. Se trata de la región más densamente poblada de nuestra galaxia, un hervidero caótico lleno de estrellas, densas nubes de gas molecular y enormes cantidades de polvo. Todo ese material se superpone en nuestra línea de visión, y actúa como una cortina de humo que puede hacer que objetos muy distantes entre sí parezcan estar conectados, a pesar de estar separados por miles de años luz.
El lóbulo se había convertido en un auténtico ‘test de Rorschach para la astrofísica galáctica’: cada científico que lo miraba interpretaba una cosa distinta
La parte inferior del GCL fue siempre la más esquiva, ya que, al superponerse visualmente con el brillante plano galáctico (ver imagen), las ondas de radio de la estructura se camuflaban con el fondo. Esto creaba la falsa impresión de que estábamos viendo un lóbulo abierto, una gigantesca ‘chimenea’ de material que era expulsado violentamente desde el mismo núcleo de la Vía Láctea.
Nuevos ojos para atravesar el polvo
El gran avance llegó cuando los autores del nuevo estudio, bajo la dirección de la astrofísica Kathryn Kreckel, de la Universidad de Heidelberg (Alemania), decidieron cambiar de estrategia. En lugar de confiar únicamente en las observaciones de radio, en efecto, el equipo recurrió a los datos del proyecto SDSS-V Local Volume Mapper, un mapa inmensamente detallado que rastrea el gas brillante en nuestra galaxia midiendo la luz que emite en el espectro óptico e infrarrojo.
Si usamos gafas infrarrojas, podremos ver a través de la niebla. Eso es exactamente lo que hizo el azufre ionizado al brillar a través del espeso polvo interestelar
El ‘arma secreta’ de los astrónomos fue el azufre ionizado. Este tipo de emisión tiene una longitud de onda más larga (más roja), lo que le confiere la capacidad de penetrar a través de las espesas nubes de polvo interestelar con mucha más eficacia que otras luces de onda corta. Es como estar en una habitación oscura y llena de humo e intentamos iluminar con una linterna normal. El haz rebotará en el humo y nos cegará. Pero si usamos gafas de visión térmica o infrarroja, podremos ver a través de la niebla. Eso es exactamente lo que hizo el azufre ionizado: logró brillar a través de la parte inferior de la estructura, revelando por fin la pieza que faltaba en el rompecabezas.
Más cerca, más pequeño y diferente
Lo que descubrieron los científicos volvieron a calcular cambió por completo el panorama. Aquel apéndice inferior no había desaparecido ni estaba abierto; simplemente había estado oculto por el caos del entorno galáctico. El equipo de Kreckel comprobó que la estructura no era un lóbulo abierto procedente del centro de la galaxia, sino una burbuja completamente cerrada.
Al comparar la cantidad de polvo que atenuaba la luz de la burbuja con mapas tridimensionales detallados de la galaxia, los investigadores volvieron a calcular su ubicación. Y el resultado fue que la burbuja se encuentra ‘sólo’ a unos 6.520 años luz de la Tierra, y no a los 26.000 años luz que nos separan del centro galáctico.
No es el enorme remanente de una ‘rabieta’ de Sagitario A*, el agujero negro supermasivo del centro de nuestra galaxia, sino una estructura cercana y que mide ‘apenas’ 115 años luz de diámetro
Es decir, que no se trata del enorme remanente de una ‘rabieta’ de nuestro agujero negro supermasivo, sino una estructura que mide ‘apenas’ 115 años luz de diámetro. Un hallazgo tan drástico que Kreckel y sus colegas, con cierto sentido del humor, han propuesto rebautizar el objeto como el «bucle enormemente confuso» (greatly confused loop). Confiesan además que todo este proceso ha supuesto «una lucha de 40 años para separar características nucleares genuinas del disco galáctico en primer plano».
Guarderías estelares y el Lazo de Barnard
Entonces, si no se encuentra en el centro de la Vía Láctea, ni fue generado por una explosión de actividad de Sagitario A*, ¿qué es exactamente esta estructura? En su estudio, los científicos concluyen que se trata de una gran nube de gas de hidrógeno que brilla al ser bañada por una intensa radiación ultravioleta. Y es muy probable que esta ‘cavidad’ haya sido esculpida por una generación anterior de estrellas muy masivas nacidas en una misma guardería estelar.
Estas estrellas gigantes, que viven vidas cortas pero frenéticas, terminan estallando como supernovas y envían brutales ondas de choque que barren el material circundante, creando grandes burbujas en el espacio. El borde de la burbuja se ilumina por la radiación de las estrellas que la habitan, por lo que, desde nuestra perspectiva visual, parece un bucle luminoso en lugar de una esfera tridimensional completa.
Se trata de un fenómeno astronómico que nos resulta familiar. De hecho, el GCL pertenece a la misma categoría que otras estructuras estelares bien conocidas, como el famoso ‘Lazo de Barnard’ en la constelación de Orión. Situado a unos 1.400 años luz de la Tierra, el Lazo de Barnard probablemente se originó por la explosión de una supernova hace unos dos millones de años y hoy forma parte de un inmenso complejo molecular luminoso que abarca 10 grados en nuestro cielo nocturno.
El nuevo estudio, todo un trabajo detectivesco, no solo resuelve un enigma histórico, sino que nos muestra lo eficaz que puede llegar a ser la Vía Láctea a la hora de camuflar sus propios secretos. Y es que a veces, en la inmensidad del cosmos, hasta los monstruos más temibles resultan ser sólo sombras en la niebla.
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