Y por fin llegó. El viernes 17 de julio de 2026 se jubiló un histórico de las librerías de Madrid. Bernardino Tomás Donoso Carrillo, tras más de cuarenta años entre las estanterías de Visor Libros, ha pasado a mejor vida, en el sentido más literal y menos trágico. La hoja de servicios de este hijo de trabajador de la siderurgia reconvertido en librero abarca desde 1984 a 2026, y en retrospectiva, es casi imposible imaginar que una sustitución de un compañero que se marchaba a hacer la mili terminaría en más de cuatro décadas aconsejando libros.
Después de cuatro décadas recomendando y vendiendo libros, sobre todo en la Universidad Complutense, este librero, hijo de obrero siderúrgico, pasa a “mejor vida”: la jubilación
Y por fin llegó. El viernes 17 de julio de 2026 se jubiló un histórico de las librerías de Madrid. Bernardino Tomás Donoso Carrillo, tras más de cuarenta años entre las estanterías de Visor Libros, ha pasado a mejor vida, en el sentido más literal y menos trágico. La hoja de servicios de este hijo de trabajador de la siderurgia reconvertido en librero abarca desde 1984 a 2026, y en retrospectiva, es casi imposible imaginar que una sustitución de un compañero que se marchaba a hacer la mili terminaría en más de cuatro décadas aconsejando libros.
Sin duda, el mundo de las librerías, y en concreto el de las librerías universitarias no volverá ya nunca a ser el mismo sin la constante presencia de Tomás. Le conocí brevemente en mi año de novato en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid, allá por 2012, y digo breve, porque la salida de Visor de la universidad sería pocos meses después, y por suerte o por desgracia, los sucesivos intentos de reavivar esa librería nunca tuvieron éxito.
Por aquel entonces, Tomás ya era una figura querida y respetada como pocas en la universidad: poca gente, al margen de los decanos, recibe una ceremonia de despedida en el salón más solemne de la facultad, como fue en el caso de Tomás. Pero esto solo revela una pequeña parte de lo que Tomás significó para este lugar. No es infrecuente escuchar de vez en cuando en boca de los profesores más veteranos palabras cargadas de nostalgia y cariño hacia él. Su presencia sigue viva entre las paredes de la que durante treinta años fue casi su casa.
Como anécdota, en 2022 se organizó un importante congreso internacional en la Facultad. Hacía poco que yo había comenzado mi andanza como librero y me tocó cubrir la venta de libros para dicho congreso. Tomás se prestó a ayudarme, y en cuanto el primer profesor se cruzó con él, la noticia de su regreso corrió como la pólvora, y enseguida decenas de docentes bajaron al vestíbulo, casi incrédulos de volver a encontrarlo. Era, sin duda, una versión paródica de unos apóstoles que incrédulos vuelven a ver la imposible presencia del perdido… o así quiero recordarlo.
Con Tomás me reencontré muchos años después de acabar mis estudios cuando, buscándome la vida como podía, fui a parar a Visor. He tenido la increíble suerte de trabajar a su lado casi cinco años. Menos que el resto de mis compañeros, pero no creo que por ello me haya marcado menos su forma de ser, como librero y como persona. Son infinitas las deudas contraídas; sé que Tomás las ve como consejos altruistas, porque ahí reside parte de la grandeza que ha tenido como mentor. Carisma en el trabajo, siendo el primero en hacer tarea tediosa e incitando a resto a seguirle. Y carisma fuera, siendo el primero al que quieres invitar a tomar la cerveza al salir de trabajar.
Era (y sigue siendo) fascinante jugar a acertar las editoriales y los años originales de publicaciones de libros de Historia, donde, por mucha obsesión bibliográfica por el tema que uno tuviese, era imposible ganar a sus treinta años de experiencia. Recuerdo con mucho cariño el caso de El queso y los gusanos del recientemente fallecido Carlo Ginzburg: fue capaz de decirme el año original de publicación y la editorial, mucho antes de la más reciente edición en Península (para los curiosos, fue en 1986, por Mario Muchnik). El conocimiento bibliográfico de Tomás en el ámbito de las humanidades era digno de admiración, pocos eruditos creo que podrían enfrentarse en un uno a uno con él.
En cualquier caso, las mayores virtudes de Tomás como librero y compañero no eran ni su conocimiento bibliográfico ni su afán lector, que no eran precisamente reducidos, como ya he dicho. Había algo naturalmente carismático en su forma de ser, con los clientes, con los comerciales y con los amigos, y por esto, muchos de los primeros y de los segundos con el paso de los años han pasado a formar parte de los terceros en su vida.
Podría estar páginas enumerando las ya mentadas deudas pendientes y las lecciones aprendidas, pero sí quiero destacar que es un ejemplo vivo de que un buen librero no lo es, o al menos no solo, por su conocimiento bibliográfico o su dedicación a la lectura. Hay un indiscutible componente de empatía y cercanía. Tomás era especialmente desbordante en estos rasgos, y creo que todos los que hemos formado parte de su círculo estamos infinitamente agradecidos por ello.
No creo que el mundo de las librerías vuelva a ser el mismo sin él, pero no solo por su ausencia, sino por la fuerza de la impronta que ha dejado en él, y que unas breves palabras no pueden hacer justicia. Aunque lo mínimo es intentarlo.
Gracias por todo, Tomás.
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