El caso Hartung (Netflix) es una serie como tantas otras, y eso es bueno y malo. En los seis capítulos de su primera temporada adaptaba el best-seller de Soren Sveistrup, creador de The Killing, otro del club de los guionistas que escriben sus libros para luego adaptarlos. En la serie, dos policías daneses investigan la muerte de una mujer a la que han amputado un miembro. En la escena del crimen, un muñeco hecho con castañas, clásico juguete popular, con las huellas de la hija de la ministra de asuntos sociales, una niña desaparecida meses antes. La dieron por muerta, pero…
La segunda temporada vuelve a entretener sin más. Hay demasiados tópicos, pero guion e interpretaciones aguantan a cierto nivel, sobre todo si tenemos en cuenta el mundo de ‘scroll’ y tontería infinita en el que vivimos
El caso Hartung (Netflix) es una serie como tantas otras, y eso es bueno y malo. En los seis capítulos de su primera temporada adaptaba el best-seller de Soren Sveistrup, creador de The Killing, otro del club de los guionistas que escriben sus libros para luego adaptarlos. En la serie, dos policías daneses investigan la muerte de una mujer a la que han amputado un miembro. En la escena del crimen, un muñeco hecho con castañas, clásico juguete popular, con las huellas de la hija de la ministra de asuntos sociales, una niña desaparecida meses antes. La dieron por muerta, pero…
La pareja investigadora está formada por una madre soltera que lucha por conciliar su trabajo con la crianza de su hija, y fracasa, y un policía rebotado de Europol, introvertido y con ciertos problemas psicológicos, intuitivo y alérgico a la jerarquía. Seguro que les suena. La trama se mantiene fiel al libro y va jugando con las sospechas y los falsos culpables hasta la epopeya final (aquí empieza antes, en un dinámico quinto capítulo), cuando ya lo creíamos todo resuelto y los protagonistas andaban recogiendo sus cosas.

La segunda temporada, situada pocos días después del estreno en el top 5 de la plataforma, se titula El caso Holst, no sea que alguien se vaya a despistar, y también tiene un libro con el mismo título y el mismo autor. Empieza con una escena en el pasado, ya saben, con cierto regusto desagradable. Si la primera iba de muñecos hechos con castañas, esta va de nidos y crías de pájaro: hay un niño muerto y un juego del escondite, un pasado que perseguirá, en el presente, a quienes vivieron aquella pesadilla. Y, de nuevo, un asesino que juega con las víctimas.
Repite la pareja investigadora, que es de las mejores noticias de esta segunda entrega, porque funciona. Otra buena decisión del casting: han reclutado para la segunda temporada a la sólida Sofie Gråbøl, protagonista de The Killing, como la madre de la primera víctima.
La intriga funciona bien, es perfecta para un maratón, y hay alguien en la sala de guionistas situando cada pieza en el lugar adecuado, cada sorpresa al final del capítulo para que nos quedemos en el sofá mientras salta el siguiente.
El asalto mortal de un psicópata machista a un centro de servicios sociales donde se refugia su mujer al final del tercer capítulo es, por ejemplo, un momento de buena televisión de acción. El problema radica en que el giro que da ahí el argumento no se sostiene y se pierde una posibilidad muy jugosa: ni lo que ocurre con los personajes principales, por mucho que cambie lo que resta de temporada, ni el cebo sobre la relación del asaltante y el asesino en serie están a la altura del reto. Abren una puerta por la que luego entran rompiendo el marco (y con alguna trampa). Así nos quedamos con otro detective nórdico contra el mundo, empeñado en llevar razón, ajeno a la jerarquía, atractivo, atormentado y más, pero para esto ya tenemos a Harry Hole.

El giro final es rebuscado, pero funciona, no se puede decir lo contrario. En definitiva, la serie es más de lo mismo, bien hecho, pero más de lo mismo, sobre todo para quienes frecuenten el género también como lectores, pero entretiene con cierta calidad en el mundo del scroll infinito y las telenovelas con frutas animadas como protagonistas.
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