Están a punto de quedarse sin energía. De desconectarse definitivamente, poniendo así fin a uno de los proyectos más ambiciosos de la era espacial: abandonar los dominios del Sol, salir por primera vez de nuestro Sistema Solar y observar, in situ, lo qué hay ‘más allá’. Sin embargo, una audaz estrategia de ingeniería podría ser capaz de prolongar la vida útil de las históricas misiones Voyager 1 y Voyager 2, ambas a punto de cumplir medio siglo en el espacio, hasta bien entrada la década de 2030.Lanzadas en verano de 1977, el objetivo original de ambas naves era mucho más modesto: una misión corta diseñada exclusivamente para explorar los grandes planetas exteriores de nuestro vecindario. Pero las sondas demostraron ser capaces de mucho más. Y hoy, más allá de cualquiera de las previsiones de sus creadores, continúan su viaje y siguen enviando valiosos datos científicos desde el abismo del espacio interestelar.Pero las leyes de la física son implacables y la obsolescencia acecha. Sus fuentes de energía, generadores termoeléctricos de radioisótopos (conocidos como RTG), pierden eficiencia de forma inexorable a medida que el plutonio que albergan en su interior decae de forma natural. Cada año que pasa, las naves ‘envejecen’ un poco más y pierden alrededor de unos cuatro vatios de potencia.Para hacernos una idea de esta auténtica ‘agonía energética’, basta con echar un vistazo a los números. En el momento de su despegue, hace 49 años, las naves generaban 470 vatios de energía. Hoy conservan apenas una fracción mínima de esa cifra. Ya en el año 2022, la directora del proyecto de la misión en el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA, Suzanne Dodd, advertía de que el margen de energía extra en cada nave era de unos exiguos cinco o seis vatios. Y la función que más devora esta escasa electricidad es el transmisor de radio. Ese componente, absolutamente vital para enviar las señales de vuelta a la Tierra, consume por sí solo unos 200 vatios. Para entenderlo con un ejemplo sencillo: es aproximadamente la misma energía que gastamos en encender un televisor moderno o un par de bombillas tradicionales en el salón de casa. Pero a decenas de miles de millones de kilómetros de distancia, incluso este modesto consumo supone un lujo casi inasumible.Apagar los sentidos para sobrevivirEsta inevitable y progresiva escasez ha obligado a la agencia espacial estadounidense a tomar algunas decisiones dolorosas. De hecho, los responsables de la misión han tenido que ir apagando, uno por uno, los instrumentos que las sondas llevaban encendidos. De los 10 instrumentos originales en cada nave, quedan ya muy pocos en activo. Sin ir más lejos, en marzo del pasado año la Voyager 1 tuvo que apagar su subsistema para detectar rayos cósmicos y, en abril, la sonda sufrió una alarmante caída de voltaje que obligó a los ingenieros a desconectar de inmediato su experimento de Partículas Cargadas de Baja Energía (LECP). Esta rápida actuación evitó que se activara el sistema automático de protección de la nave, lo cual habría provocado un apagado total de emergencia de dificilísima recuperación.En la actualidad, la Voyager 1 sobrevive únicamente con dos ‘sentidos’ alerta: un magnetómetro para escudriñar los campos magnéticos interestelares, y un instrumento de subsistema de ondas de plasma que mide los gases a su alrededor. Su nave gemela, la Voyager 2, conserva aún tres instrumentos funcionando: el de rayos cósmicos, el magnetómetro y el de ondas de plasma.La audaz maniobra ‘Big Bang’Ahora, y para evitar la congelación final, los expertos de la NASA han diseñado un plan extremo (y de alto riesgo), conocido internamente como ‘Big Bang’. La maniobra es como llevar a cabo una delicada cirugía, pero a decenas de miles de millones de km de distancia. Consiste en apagar de golpe tres dispositivos cuya función es evitar que las delicadas líneas de combustible de los propulsores se congelen. Al mismo tiempo, los ingenieros encenderán otros tres aparatos alternativos que cumplirán la misma función (mantener las líneas de combustible lo suficientemente calientes) pero usando casi 10 vatios menos de energía. En este pequeño/gran ahorro está la clave. Si tiene éxito, retrasará al menos un año más la necesidad de apagar los últimos instrumentos científicos. Las pruebas para llevar a cabo esta crítica operación comenzarán en la Voyager 2 en cuestión de semanas y, en función de los resultados, se aplicarán también a la Voyager 1 en algún momento de este mismo verano.Un enorme desafíoEl desafío es inmenso. A la Voyager 1, que se encuentra a más de 25.000 millones de kilómetros , las órdenes emitidas desde la Tierra tardan, a la velocidad de la luz, casi 24 horas en llegar. Es como intentar pilotar un coche con los ojos vendados a través del espacio, sabiendo que cualquier ligero giro que des en el volante tardará un día entero en hacer efecto en las ruedas, y otro día más en que veas el resultado.Como explica Alan Cummings, investigador principal de la misión: «Es interesante porque la Voyager está llegando a su fin de una manera elegante, en cierto sentido, porque hay diferentes cosas intentando acabar con ella». Cummings rinde homenaje a la resistencia de la nave, señalando que las líneas de propulsión están al borde de la congelación y la obstrucción, los telescopios han sido bombardeados y degradados por la radiación cósmica desde que pasaron por la luna Io de Júpiter en los años 70, y los sistemas informáticos envejecen sin remedio.Misterios desvelados cuatro décadas despuésAl mismo tiempo que luchan por su futuro, las dos sondas siguen reescribiendo la ciencia con sus hallazgos. Lejos queda ya aquél 24 de enero de 1986, cuando la Voyager 2 realizó un histórico encuentro con Urano. Aquellos datos revelaron un entorno magnético completamente anómalo y un sistema misteriosamente vacío de plasma, lo que llevó a los astrónomos a concluir (erróneamente) que las grandes lunas del planeta eran mundos estériles e inactivos.Un estudio publicado en 2024 en ‘ Nature Astronomy ‘, en efecto, ha resuelto el misterio. Al reexaminar a fondo los datos de hace casi cuarenta años, los científicos descubrieron que la nave presenció una rara anomalía. Justo días antes del encuentro, un furioso viento solar golpeó y aplastó la magnetosfera de Urano, expulsando todo el plasma del sistema. Según el investigador Jamie Jasinski de la NASA, autor principal del trabajo, «si la Voyager 2 hubiera llegado apenas unos días antes, habría visto una magnetosfera completamente diferente en Urano». De hecho, «la nave espacial observó Urano en condiciones que solo ocurren alrededor del 4% del tiempo». Este fortuito ‘engaño’ significa que las lunas de Urano podrían estar geológicamente vivas y albergar océanos ocultos capaces de inyectar iones en el espacio.Hacia las 200 Unidades Astronómicas«No sabemos cuánto tiempo más aguantará la misión -confiesa Suzanne Dodd-, pero podemos estar seguros de que las dos naves proporcionarán aún más sorpresas científicas a medida que se alejan de la Tierra». Actualmente, la Voyager 1 se encuentra a unos asombrosos 169,8 Unidades Astronómicas (UA) de nosotros (una UA es la distancia promedio entre la Tierra y el Sol, 150 millones de km), mientras que la Voyager 2 orbita a unas 143,1 UA.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Hallan, por fin, dónde están exactamente los ‘bordes’ de la Vía Láctea noticia Si Los detectives del hantavirus en Sudáfrica que dieron la voz de alarma: «Fue como buscar una aguja en un pajar»La meta definitiva, el ‘gran objetivo’ final de los ingenieros, es conseguir que cada nave sobreviva lo suficiente para alcanzar las 200 UA, un hito que se produciría hacia el año 2035. «Eso va a requerir mucha buena suerte, buena fortuna y buena ingeniería», reconoce Dodd. Pero, con una inquebrantable fe en el ingenio humano, sentencia: «Nadie habría pensado que la Voyager duraría casi 50 años. Así que, ¿por qué no otros 15 más?» Están a punto de quedarse sin energía. De desconectarse definitivamente, poniendo así fin a uno de los proyectos más ambiciosos de la era espacial: abandonar los dominios del Sol, salir por primera vez de nuestro Sistema Solar y observar, in situ, lo qué hay ‘más allá’. Sin embargo, una audaz estrategia de ingeniería podría ser capaz de prolongar la vida útil de las históricas misiones Voyager 1 y Voyager 2, ambas a punto de cumplir medio siglo en el espacio, hasta bien entrada la década de 2030.Lanzadas en verano de 1977, el objetivo original de ambas naves era mucho más modesto: una misión corta diseñada exclusivamente para explorar los grandes planetas exteriores de nuestro vecindario. Pero las sondas demostraron ser capaces de mucho más. Y hoy, más allá de cualquiera de las previsiones de sus creadores, continúan su viaje y siguen enviando valiosos datos científicos desde el abismo del espacio interestelar.Pero las leyes de la física son implacables y la obsolescencia acecha. Sus fuentes de energía, generadores termoeléctricos de radioisótopos (conocidos como RTG), pierden eficiencia de forma inexorable a medida que el plutonio que albergan en su interior decae de forma natural. Cada año que pasa, las naves ‘envejecen’ un poco más y pierden alrededor de unos cuatro vatios de potencia.Para hacernos una idea de esta auténtica ‘agonía energética’, basta con echar un vistazo a los números. En el momento de su despegue, hace 49 años, las naves generaban 470 vatios de energía. Hoy conservan apenas una fracción mínima de esa cifra. Ya en el año 2022, la directora del proyecto de la misión en el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA, Suzanne Dodd, advertía de que el margen de energía extra en cada nave era de unos exiguos cinco o seis vatios. Y la función que más devora esta escasa electricidad es el transmisor de radio. Ese componente, absolutamente vital para enviar las señales de vuelta a la Tierra, consume por sí solo unos 200 vatios. Para entenderlo con un ejemplo sencillo: es aproximadamente la misma energía que gastamos en encender un televisor moderno o un par de bombillas tradicionales en el salón de casa. Pero a decenas de miles de millones de kilómetros de distancia, incluso este modesto consumo supone un lujo casi inasumible.Apagar los sentidos para sobrevivirEsta inevitable y progresiva escasez ha obligado a la agencia espacial estadounidense a tomar algunas decisiones dolorosas. De hecho, los responsables de la misión han tenido que ir apagando, uno por uno, los instrumentos que las sondas llevaban encendidos. De los 10 instrumentos originales en cada nave, quedan ya muy pocos en activo. Sin ir más lejos, en marzo del pasado año la Voyager 1 tuvo que apagar su subsistema para detectar rayos cósmicos y, en abril, la sonda sufrió una alarmante caída de voltaje que obligó a los ingenieros a desconectar de inmediato su experimento de Partículas Cargadas de Baja Energía (LECP). Esta rápida actuación evitó que se activara el sistema automático de protección de la nave, lo cual habría provocado un apagado total de emergencia de dificilísima recuperación.En la actualidad, la Voyager 1 sobrevive únicamente con dos ‘sentidos’ alerta: un magnetómetro para escudriñar los campos magnéticos interestelares, y un instrumento de subsistema de ondas de plasma que mide los gases a su alrededor. Su nave gemela, la Voyager 2, conserva aún tres instrumentos funcionando: el de rayos cósmicos, el magnetómetro y el de ondas de plasma.La audaz maniobra ‘Big Bang’Ahora, y para evitar la congelación final, los expertos de la NASA han diseñado un plan extremo (y de alto riesgo), conocido internamente como ‘Big Bang’. La maniobra es como llevar a cabo una delicada cirugía, pero a decenas de miles de millones de km de distancia. Consiste en apagar de golpe tres dispositivos cuya función es evitar que las delicadas líneas de combustible de los propulsores se congelen. Al mismo tiempo, los ingenieros encenderán otros tres aparatos alternativos que cumplirán la misma función (mantener las líneas de combustible lo suficientemente calientes) pero usando casi 10 vatios menos de energía. En este pequeño/gran ahorro está la clave. Si tiene éxito, retrasará al menos un año más la necesidad de apagar los últimos instrumentos científicos. Las pruebas para llevar a cabo esta crítica operación comenzarán en la Voyager 2 en cuestión de semanas y, en función de los resultados, se aplicarán también a la Voyager 1 en algún momento de este mismo verano.Un enorme desafíoEl desafío es inmenso. A la Voyager 1, que se encuentra a más de 25.000 millones de kilómetros , las órdenes emitidas desde la Tierra tardan, a la velocidad de la luz, casi 24 horas en llegar. Es como intentar pilotar un coche con los ojos vendados a través del espacio, sabiendo que cualquier ligero giro que des en el volante tardará un día entero en hacer efecto en las ruedas, y otro día más en que veas el resultado.Como explica Alan Cummings, investigador principal de la misión: «Es interesante porque la Voyager está llegando a su fin de una manera elegante, en cierto sentido, porque hay diferentes cosas intentando acabar con ella». Cummings rinde homenaje a la resistencia de la nave, señalando que las líneas de propulsión están al borde de la congelación y la obstrucción, los telescopios han sido bombardeados y degradados por la radiación cósmica desde que pasaron por la luna Io de Júpiter en los años 70, y los sistemas informáticos envejecen sin remedio.Misterios desvelados cuatro décadas despuésAl mismo tiempo que luchan por su futuro, las dos sondas siguen reescribiendo la ciencia con sus hallazgos. Lejos queda ya aquél 24 de enero de 1986, cuando la Voyager 2 realizó un histórico encuentro con Urano. Aquellos datos revelaron un entorno magnético completamente anómalo y un sistema misteriosamente vacío de plasma, lo que llevó a los astrónomos a concluir (erróneamente) que las grandes lunas del planeta eran mundos estériles e inactivos.Un estudio publicado en 2024 en ‘ Nature Astronomy ‘, en efecto, ha resuelto el misterio. Al reexaminar a fondo los datos de hace casi cuarenta años, los científicos descubrieron que la nave presenció una rara anomalía. Justo días antes del encuentro, un furioso viento solar golpeó y aplastó la magnetosfera de Urano, expulsando todo el plasma del sistema. Según el investigador Jamie Jasinski de la NASA, autor principal del trabajo, «si la Voyager 2 hubiera llegado apenas unos días antes, habría visto una magnetosfera completamente diferente en Urano». De hecho, «la nave espacial observó Urano en condiciones que solo ocurren alrededor del 4% del tiempo». Este fortuito ‘engaño’ significa que las lunas de Urano podrían estar geológicamente vivas y albergar océanos ocultos capaces de inyectar iones en el espacio.Hacia las 200 Unidades Astronómicas«No sabemos cuánto tiempo más aguantará la misión -confiesa Suzanne Dodd-, pero podemos estar seguros de que las dos naves proporcionarán aún más sorpresas científicas a medida que se alejan de la Tierra». Actualmente, la Voyager 1 se encuentra a unos asombrosos 169,8 Unidades Astronómicas (UA) de nosotros (una UA es la distancia promedio entre la Tierra y el Sol, 150 millones de km), mientras que la Voyager 2 orbita a unas 143,1 UA.MÁS INFORMACIÓN noticia Si Hallan, por fin, dónde están exactamente los ‘bordes’ de la Vía Láctea noticia Si Los detectives del hantavirus en Sudáfrica que dieron la voz de alarma: «Fue como buscar una aguja en un pajar»La meta definitiva, el ‘gran objetivo’ final de los ingenieros, es conseguir que cada nave sobreviva lo suficiente para alcanzar las 200 UA, un hito que se produciría hacia el año 2035. «Eso va a requerir mucha buena suerte, buena fortuna y buena ingeniería», reconoce Dodd. Pero, con una inquebrantable fe en el ingenio humano, sentencia: «Nadie habría pensado que la Voyager duraría casi 50 años. Así que, ¿por qué no otros 15 más?»
Están a punto de quedarse sin energía. De desconectarse definitivamente, poniendo así fin a uno de los proyectos más ambiciosos de la era espacial: abandonar los dominios del Sol, salir por primera vez de nuestro Sistema Solar y observar, in situ, lo qué hay ‘más … allá’. Sin embargo, una audaz estrategia de ingeniería podría ser capaz de prolongar la vida útil de las históricas misiones Voyager 1 y Voyager 2, ambas a punto de cumplir medio siglo en el espacio, hasta bien entrada la década de 2030.
Lanzadas en verano de 1977, el objetivo original de ambas naves era mucho más modesto: una misión corta diseñada exclusivamente para explorar los grandes planetas exteriores de nuestro vecindario. Pero las sondas demostraron ser capaces de mucho más. Y hoy, más allá de cualquiera de las previsiones de sus creadores, continúan su viaje y siguen enviando valiosos datos científicos desde el abismo del espacio interestelar.
Pero las leyes de la física son implacables y la obsolescencia acecha. Sus fuentes de energía, generadores termoeléctricos de radioisótopos (conocidos como RTG), pierden eficiencia de forma inexorable a medida que el plutonio que albergan en su interior decae de forma natural. Cada año que pasa, las naves ‘envejecen’ un poco más y pierden alrededor de unos cuatro vatios de potencia.
Para hacernos una idea de esta auténtica ‘agonía energética’, basta con echar un vistazo a los números. En el momento de su despegue, hace 49 años, las naves generaban 470 vatios de energía. Hoy conservan apenas una fracción mínima de esa cifra. Ya en el año 2022, la directora del proyecto de la misión en el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA, Suzanne Dodd, advertía de que el margen de energía extra en cada nave era de unos exiguos cinco o seis vatios. Y la función que más devora esta escasa electricidad es el transmisor de radio. Ese componente, absolutamente vital para enviar las señales de vuelta a la Tierra, consume por sí solo unos 200 vatios. Para entenderlo con un ejemplo sencillo: es aproximadamente la misma energía que gastamos en encender un televisor moderno o un par de bombillas tradicionales en el salón de casa. Pero a decenas de miles de millones de kilómetros de distancia, incluso este modesto consumo supone un lujo casi inasumible.
Apagar los sentidos para sobrevivir
Esta inevitable y progresiva escasez ha obligado a la agencia espacial estadounidense a tomar algunas decisiones dolorosas. De hecho, los responsables de la misión han tenido que ir apagando, uno por uno, los instrumentos que las sondas llevaban encendidos. De los 10 instrumentos originales en cada nave, quedan ya muy pocos en activo. Sin ir más lejos, en marzo del pasado año la Voyager 1 tuvo que apagar su subsistema para detectar rayos cósmicos y, en abril, la sonda sufrió una alarmante caída de voltaje que obligó a los ingenieros a desconectar de inmediato su experimento de Partículas Cargadas de Baja Energía (LECP). Esta rápida actuación evitó que se activara el sistema automático de protección de la nave, lo cual habría provocado un apagado total de emergencia de dificilísima recuperación.
En la actualidad, la Voyager 1 sobrevive únicamente con dos ‘sentidos’ alerta: un magnetómetro para escudriñar los campos magnéticos interestelares, y un instrumento de subsistema de ondas de plasma que mide los gases a su alrededor. Su nave gemela, la Voyager 2, conserva aún tres instrumentos funcionando: el de rayos cósmicos, el magnetómetro y el de ondas de plasma.
La audaz maniobra ‘Big Bang’
Ahora, y para evitar la congelación final, los expertos de la NASA han diseñado un plan extremo (y de alto riesgo), conocido internamente como ‘Big Bang’. La maniobra es como llevar a cabo una delicada cirugía, pero a decenas de miles de millones de km de distancia. Consiste en apagar de golpe tres dispositivos cuya función es evitar que las delicadas líneas de combustible de los propulsores se congelen. Al mismo tiempo, los ingenieros encenderán otros tres aparatos alternativos que cumplirán la misma función (mantener las líneas de combustible lo suficientemente calientes) pero usando casi 10 vatios menos de energía.
En este pequeño/gran ahorro está la clave. Si tiene éxito, retrasará al menos un año más la necesidad de apagar los últimos instrumentos científicos. Las pruebas para llevar a cabo esta crítica operación comenzarán en la Voyager 2 en cuestión de semanas y, en función de los resultados, se aplicarán también a la Voyager 1 en algún momento de este mismo verano.
Un enorme desafío
El desafío es inmenso. A la Voyager 1, que se encuentra a más de 25.000 millones de kilómetros, las órdenes emitidas desde la Tierra tardan, a la velocidad de la luz, casi 24 horas en llegar. Es como intentar pilotar un coche con los ojos vendados a través del espacio, sabiendo que cualquier ligero giro que des en el volante tardará un día entero en hacer efecto en las ruedas, y otro día más en que veas el resultado.
Como explica Alan Cummings, investigador principal de la misión: «Es interesante porque la Voyager está llegando a su fin de una manera elegante, en cierto sentido, porque hay diferentes cosas intentando acabar con ella». Cummings rinde homenaje a la resistencia de la nave, señalando que las líneas de propulsión están al borde de la congelación y la obstrucción, los telescopios han sido bombardeados y degradados por la radiación cósmica desde que pasaron por la luna Io de Júpiter en los años 70, y los sistemas informáticos envejecen sin remedio.
Misterios desvelados cuatro décadas después
Al mismo tiempo que luchan por su futuro, las dos sondas siguen reescribiendo la ciencia con sus hallazgos. Lejos queda ya aquél 24 de enero de 1986, cuando la Voyager 2 realizó un histórico encuentro con Urano. Aquellos datos revelaron un entorno magnético completamente anómalo y un sistema misteriosamente vacío de plasma, lo que llevó a los astrónomos a concluir (erróneamente) que las grandes lunas del planeta eran mundos estériles e inactivos.
Un estudio publicado en 2024 en ‘Nature Astronomy‘, en efecto, ha resuelto el misterio. Al reexaminar a fondo los datos de hace casi cuarenta años, los científicos descubrieron que la nave presenció una rara anomalía. Justo días antes del encuentro, un furioso viento solar golpeó y aplastó la magnetosfera de Urano, expulsando todo el plasma del sistema. Según el investigador Jamie Jasinski de la NASA, autor principal del trabajo, «si la Voyager 2 hubiera llegado apenas unos días antes, habría visto una magnetosfera completamente diferente en Urano». De hecho, «la nave espacial observó Urano en condiciones que solo ocurren alrededor del 4% del tiempo». Este fortuito ‘engaño’ significa que las lunas de Urano podrían estar geológicamente vivas y albergar océanos ocultos capaces de inyectar iones en el espacio.
Hacia las 200 Unidades Astronómicas
«No sabemos cuánto tiempo más aguantará la misión -confiesa Suzanne Dodd-, pero podemos estar seguros de que las dos naves proporcionarán aún más sorpresas científicas a medida que se alejan de la Tierra». Actualmente, la Voyager 1 se encuentra a unos asombrosos 169,8 Unidades Astronómicas (UA) de nosotros (una UA es la distancia promedio entre la Tierra y el Sol, 150 millones de km), mientras que la Voyager 2 orbita a unas 143,1 UA.
La meta definitiva, el ‘gran objetivo’ final de los ingenieros, es conseguir que cada nave sobreviva lo suficiente para alcanzar las 200 UA, un hito que se produciría hacia el año 2035. «Eso va a requerir mucha buena suerte, buena fortuna y buena ingeniería», reconoce Dodd. Pero, con una inquebrantable fe en el ingenio humano, sentencia: «Nadie habría pensado que la Voyager duraría casi 50 años. Así que, ¿por qué no otros 15 más?»
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