Un experto en ficciones, Jorge Volpi, acaba de escribir un manifiesto breve y directísimo (Invasión alienígena. El falso problema migratorio) que se puede resumir en esta frase final: “El problema no es la migración, sino quienes afirman que la migración es un problema”. Y es un problema porque hacen pasar sus ficciones por realidades, convenciendo a muchos de que hay una invasión en marcha que urge frenar con campos de concentración como los que aprobó el Europarlamento la semana pasada.
Declarar enemigos a los más frágiles de la sociedad resulta, como poco, canallesco
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Declarar enemigos a los más frágiles de la sociedad resulta, como poco, canallesco


Un experto en ficciones, Jorge Volpi, acaba de escribir un manifiesto breve y directísimo (Invasión alienígena. El falso problema migratorio) que se puede resumir en esta frase final: “El problema no es la migración, sino quienes afirman que la migración es un problema”. Y es un problema porque hacen pasar sus ficciones por realidades, convenciendo a muchos de que hay una invasión en marcha que urge frenar con campos de concentración como los que aprobó el Europarlamento la semana pasada.
Llevo mucho tiempo diciendo lo mismo, pero lo digo mal. Con perífrasis, con matices, con datos, con ejemplos, con historias, con metáforas y con alusiones históricas al nomadismo y a la errancia. Volpi me ha convencido de que no merece la pena tanto traje: a este debate hay que salir desnudo y decidido. No, los inmigrantes no incrementan la delincuencia. No, los inmigrantes no desbordan las fronteras. No, los inmigrantes no desplazan a los trabajadores locales. Y sí, los inmigrantes siempre se integran, como cualquiera que construye una nueva vida lejos de donde nació, pero en el proceso también dejan algo de sí mismos en la cultura de acogida: palabras, un acento, una manera de condimentar los platos, quizá alguna costumbre cotidiana… Nada dañino, nada que no pueda leerse como un enriquecimiento y una evolución en el eterno retorno del mestizaje.
Son verdades del barquero fácilmente contrastables. Cualquiera puede comprobarlas con tres clics, pero no importa lo claro que se digan o lo mucho que se repitan. Quienes decidieron que la migración es un problema cerraron las orejas hace tiempo a cualquiera de estos asertos. La gente como Volpi y como yo no predicamos en el desierto —lo cual siempre tiene un prestigio coqueto: ¿a qué escritor no le gusta sentirse incomprendido de vez en cuando?—, sino para una audiencia de convencidos, y eso nos hunde en la frustración de no convencer a nadie.
Si la elocuencia y la verdad de los hechos no bastan para deshacer esta bola de fanatismo y xenofobia, quizá haya que pasar al tono acusatorio: declarar enemigos a los más frágiles de la sociedad es, como poco, canallesco. Bramar prioridades nacionales ante personas que ni siquiera tienen derecho al sufragio ni a casi ninguno de los recursos que justifican la condición de ciudadano es de un matonismo abominable, y demonizar con un acrónimo administrativo (menas) a los chavales con vidas quebradas que malviven en centros de acogida es, como poco, contrario a toda la caridad de esa cristiandad de la que se presumen estandarte. A ver si así, señalando su miseria, conseguimos lo que con la razón y los datos no logramos.
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