
Pletórico con esa ilusión contenida propia de los vascos, tras un recorrido por sus renovados dominios, Miguel Zugaza (Durango, 62 años) ha definido así el museo de Bellas Artes de Bilbao, que ha dirigido en dos etapas, antes y después de sus 15 años al frente del Prado: “Este es un museo de la memoria”. De la memoria de la ciudad, ha explicado, y de la memoria del arte. Esas dos singularidades, la de la ciudad en la que se encuentra y la de la colección que alberga, han condicionado la nueva ampliación y restructuración de esta joya de museo que lleva décadas contribuyendo a que Bilbao se erija, en las muy bilbaínas palabras de Zugaza, en “faro de la cultura Atlántica” desde que decidió “con éxito apostar por el arte y los museos para su desarrollo”.



El centenario museo inaugura su ampliación y reestructura sus apabullantes fondos que han crecido mediante legados y donaciones
Pletórico con esa ilusión contenida propia de los vascos, tras un recorrido por sus renovados dominios, Miguel Zugaza (Durango, 62 años) ha definido así el museo de Bellas Artes de Bilbao, que ha dirigido en dos etapas, antes y después de sus 15 años al frente del Prado: “Este es un museo de la memoria”. De la memoria de la ciudad, ha explicado, y de la memoria del arte. Esas dos singularidades, la de la ciudad en la que se encuentra y la de la colección que alberga, han condicionado la nueva ampliación y restructuración de esta joya de museo que lleva décadas contribuyendo a que Bilbao se erija, en las muy bilbaínas palabras de Zugaza, en “faro de la cultura Atlántica” desde que decidió “con éxito apostar por el arte y los museos para su desarrollo”.
La memoria de la ciudad, según Zugaza, es clave para comprender la intervención arquitectónica que podrá contemplar el público desde este próximo martes, porque el de Bilbao es un museo construido en capas, explica el director, “que ha seguido el devenir de la ciudad”. Su propio nacimiento es la suma de dos museos, el de bellas artes y el de arte moderno, que se juntaron en un edificio neoclásico proyectado por Fernando Urrutia y Gonzalo Cárdenas e inaugurado en 1945. No tardó en quedarse pequeño, y en 1970 se le añadió un segundo edificio, obra de Álvaro Líbano y Ricardo Beascoa, de volúmenes diáfanos, acero, aluminio y cristal. Con el impulso que el Guggenheim proporcionó a la ciudad, se inauguró en 2001 una nueva intervención que añadía espacio expositivo, mejoraba las conexiones entre los dos edificios y orientaba la entrada hacia el parque de doña Casilda.

Por eso, uno de los aciertos de la nueva intervención, a cargo de Norman Foster, es que respeta todas las capas anteriores, pero añade espacio expositivo para una colección que no ha dejado de crecer en todos estos años, y vuelve a orientar el museo hacia la plaza de Euskalduna y la ría. Aporta así a ese monte Rushmore de la arquitectura (Pelli, Siza, Gehry…) un nuevo icono firmado por Foster, que redondea con él su relación con Bilbao, iniciada con el diseño de los famosos gusanos de las estaciones del metro.
Un puente a 55 metros
Así, bautizada como Agravitas, la obra de Foster en colaboración con Luis María Uriarte es una especie de puente blanco que pasa –a 55 metros de altura– por encima de los edificios sin tocarlos, y añade dos nuevas alturas, aumentando en un 60% la superficie de los edificios originales e incorporando 2.300 metros cuadrados de espacio expositivo. Pero acaso más osado que añadir dos pisos al conjunto es el cerramiento de la plaza en la que se yergue la clásica escultura-fuente de Francisco Durrio al compositor Juan Crisóstomo de Arriaga. El pequeño estanque desaparece y la plaza entera se cierra con un impresionante muro de cristal. La cristalera cuelga del voladizo que se levanta sobre los edificios, apoyado a oriente y occidente en dos series de gruesos pilares en uve. Así, aparece un inmenso atrio con una pared de cristal, donde se escucha la música del agua de la fuente que Durrio dedicó al gran compositor bilbaíno.
El monumento a Arriaga convive en el atrio con algunas piezas emblemáticas del museo: cuelgan del techo el Chillida más mastodóntico (el hormigón de Lugar de encuentro) y el más liviano (Homenaje a Calder, de acero) y conviven, entre otras impresionantes esculturas, con el Bilbao de Serra –escultura que realizó en la ciudad antes de que, con su sala del Guggenheim, esta se convirtiera en indisociable del artista– y una celosía de Cristina Iglesias. Ambas pertenecen a la colección del empresario Plácido Arango, un nombre clave para comprender esta nueva etapa del museo.

Porque esa otra memoria a la que aludía Zugaza, la memoria del arte, constituye la segunda singularidad de este museo: su colección de más de 18.000 piezas abarca un arco temporal enorme, con piezas importantes de todas las épocas, y eso es gracias a la contribución de coleccionistas –instituciones o individuos– que han aportado obra. “Lo interesante de este museo es la longitud de la colección, que permite un viaje largo”, explica Zugaza. “Es un museo de colección, que se ha formado durante 118 años. En realidad es una colección de colecciones, lo que lo distingue de otros museos en el ámbito estatal”. Al contrario de otros centros que se construyen en base a una colección importante preexistente, añade el director, “esta se ha construido de nueva planta, y es la sociedad la que ha contribuido. El 70% de la colección procede de donaciones o legados”.
Homenajes
Una de las exposiciones con las que abre el museo está dedicada a Arango, fallecido en 2020, y quiere ser un homenaje al coleccionismo. Reúne más de un centenar de piezas de su colección, en una cesión a largo plazo de la familia, que se combinarán con obras de otros museos a los que él contribuyó, en itinerarios cambiantes por una serie de salas del edificio antiguo. Obras de Herrera el Mozo, de Velázquez, de Sánchez Cotán, cedidas por el museo del Prado o el Metropolitan de Nueva York, conviven con piezas de gabinete de Frida Kahlo, Murillo o Miró. La exposición lleva el nombre de La búsqueda del comienzo, sintagma acuñado por Octavio Paz, compatriota de Arango, para referirse a la búsqueda apasionada que guía al coleccionista.

A otra gran coleccionista, Patricia Phelps de Cisneros, está dedicada la exposición Visiones de ultramar. Comisariada por Estrella de Diego, reúne más de 150 piezas de la gran colección de arte americano, que reflejan el asombro de los artistas europeos que cruzaron el Atlántico hacia el nuevo continente.
Al contrario que el museo del Prado, que no tiene sala 13, el Bellas Artes de Bilbao ha hecho del 13 su número de la suerte. Son 13 los espacios expositivos diferenciados que abre la configuración de las tres arquitecturas. Y para su identificación se ha escogido el lema Ez dok amairu (No hay trece), que Jorge Oteiza, uno de los grandes artistas vascos, propuso para un movimiento de vanguardia surgido en los años sesenta.
Para la distribución de la colección, desafiando las tendencias imperantes, se ha elegido volver a un orden cronológico, que empieza con un recipiente griego del siglo IV antes de Cristo y termina, en una apabullante sala de 1.300 metros cuadrados en la cuarta planta (la segunda de las ganadas en esta ampliación de Foster), con obras de gran formato de June Crespo, Jon Mikel Euba o Sergio Prego. A un lado, tras una cristalera, se abre una terraza de 700 metros cuadrados sobre los árboles, tocada con esculturas de Anthony Caro cedidas por Norman y Elena Foster, con impresionantes vistas a una ciudad que se transforma a la vez que su museo.

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