Los días azarosos han concluido, aquello que cantaba Florence Welch. También puede decirse en traducción castellana: “Los días de perro han terminado”, sin florituras ni buen gusto idiomático que convierta en lírico lo prosaico. Sin consideraciones, a pelo y a saco, los mismos miramientos que Jan Martens (42 años, Beveren, Bélgica) no tiene con sus bailarines, a los que somete despiadadamente a un ritual de calistenia repetitiva tan monótona y sin consecuencias artísticas reales como absurda en su clasificación coréutica al tratar de sostenerla como coreografía pura, pero, a la vez, extrañamente efectiva desde su parte hipnótica, envolvente, de péndulo en atracción permanente, bucle en distorsión y paradigma de la génesis rítmica de la secuencia bailada. Por esto triunfó hace una década, y así nos la refresca, aunque el público, los sentimientos perceptivos y la crítica o análisis de hoy no sean, en naturaleza y estado, los mismos de antaño.
‘The Dog Days Are Over 2.0’
Coreografía: Jan Martens [GRIP].
Dramaturgia: Renée Copraij.
Vestuario: Sofie Durnez.
Luces: Jan Fedinger.
Centro Conde Duque, Madrid. 2 de octubre.
Llega a Madrid reconstruida la obra que encumbró mundialmente al coreógrafo belga Jan Martens 10 años después de su estreno
Los días azarosos han concluido, aquello que cantaba Florence Welch. También puede decirse en traducción castellana: “Los días de perro han terminado”, sin florituras ni buen gusto idiomático que convierta en lírico lo prosaico. Sin consideraciones, a pelo y a saco, los mismos miramientos que Jan Martens (42 años, Beveren, Bélgica) no tiene con sus bailarines, a los que somete despiadadamente a un ritual de calistenia repetitiva tan monótona y sin consecuencias artísticas reales como absurda en su clasificación coréutica al tratar de sostenerla como coreografía pura, pero, a la vez, extrañamente efectiva desde su parte hipnótica, envolvente, de péndulo en atracción permanente, bucle en distorsión y paradigma de la génesis rítmica de la secuencia bailada. Por esto triunfó hace una década, y así nos la refresca, aunque el público, los sentimientos perceptivos y la crítica o análisis de hoy no sean, en naturaleza y estado, los mismos de antaño.
Es importante tener todos los mimbres de la canción Dog Days Are Over, el motivo que la inspiró: un cartel luminoso comercial con pretensiones artísticas de Ugo Rondinone (Brunnen, Suiza, 1963): —sí, el de los pedruscos pintados de colores y los arbustos blanqueados—, colgado en una pared lateral de un centro comercial del gran Londres. El tema central (musical) de la canción de Florence + The Machine (que ha tenido una vida de Guadiana entrando y saliendo de la escucha caprichosamente), que hace llorar a todo el mundo, surge de cuando la compositora y cantante vio desde su bicicleta repetidamente el letrero y se inspiró a componer. ¿Qué relación se esconde con una obra coreográfica que es bastante críptica e inabordable? Mucha gente sigue llorando al oír a Welch; ella lloró oyéndose a sí misma como fondo de la escena final de la película Guardianes de la Galaxia Vol. 3, y los críticos también lloraron, todo el mundo lagrimeó ante una canción fácil, no tan pegadiza, pero que cala y que quizá, puede bromearse, le falta a la coreografía homónima, pues en Conde Duque faltó redención. ¿Llegaremos a saber por qué Martens usó la frase lírica popular, que después de Rondinone se hizo música en Florence Welch y con la que nadie se queda indiferente? No lo sabremos.

The Dog Days Are Over hizo famoso a Jan Martens. Hoy, con The Dog Days Are Over 2.0 (los bailarines, obviamente, son otros y los horrendos elementos de vestuario han cambiado también para parecer aún más feos y vulgares, y conseguirlo), Martens ratifica su voz personal y sigue generando una fiebre entusiasta entre la población alternativa (como tribu selecta). Podemos pretendernos cosmopolitas, pero siempre lo seremos limitadamente; tener en esto una postura consciente y acaso realista nos hará un poco más objetivos al encontrar —enfrentarnos— a un producto, ocasional al fin y al cabo como es esta aritmética de Martens, y no morir de agotamiento en el intento. A The Dog Days Are Over 2.0 también le ha pasado factura el tiempo, aunque su rigidez de conteo permite y permitirá reconstruirla fielmente cuantas veces se quiera (como un ballet académico basado en lectura convencional y seguimiento musical armónico). No hay en Martens un esfuerzo reconfortante. Al contrario. Arroja esa densidad plúmbea de pequeños saltos sin fin a la cara del espectador, lo provoca. Aquí está la otra clave. Una bailarina al final leyó un texto bastante largo en inglés y no se ofreció traducción al público, quizás allí había otra seña que seguir.
El trabajo de Martens es difícil, pero no desconcertante; es de una evidente pretenciosidad intelectual, pero dosificada por un estricto control escénico, calculado y hasta frío, con un problema conceptual añadido que no es baladí: hemos estirado, ampliado el concepto de coreografía más allá de los límites aconsejables. Los entusiastas de “lo nuevo a toda costa” sostienen que, una vez comenzaron los desacralizadores cambios producidos por la performance, no hay vuelta atrás, la action gallery o los ciclos de improvisación (que no olvidemos empezó como un ejercicio de estudio, pasó a ser laboratorio y luego a producto de exhibición) se han ocupado de ratificarlo y luchar por ello. Pero hasta la Coca-Cola ha recuperado la botella arcaica de silueta abombada y la llama pomposamente vintage; lo que en la misteriosa bebida energética se llama estrategia de mercado, en la coreografía también lo es, pero con un traje cultural (o de cultureta) a medida. ¿Quiere Martens dar esperanzas al arte coreográfico despojándolo de lo que cree accesorio? No parece. A simple vista, la gran metáfora que prevalece es la de resistir, la resistencia humana encarnada por el grupo (los bailarines).
Martens ejerce de flagelo vengador, irónico y con ciertas chispas de niño travieso (para lo que ya está un poco mayorcito) y quiere aparentar que se sale del ámbito que marca la escuela belga de manera laxa y siempre dominada por la sombra de otros creadores mayores, cada uno a lo suyo, pero con poder, la sartén por el mango y el apoyo del dinero público (Jan Fabre como líder pretotémico, Win Vandekeybus como seguidor faldero; Anne Teresa De Keersmaeker como genio del rigor y el estilo; Sidi Larbi Cherkaoui, arrimándose al tejido que más brille; Michèle Anne De Mey abogando por su independencia). Martens elude intencionadamente que lo adscriban al rebaño, pero le guste o no, forma parte de él. Si The Dog Days Are Over 2.0 quería ser una contestaria declaración de independencia, en eso falla estrepitosamente: es un producto de fila en fondo y forma.
Coreografía: Jan Martens [GRIP].
Dramaturgia: Renée Copraij.
Vestuario: Sofie Durnez.
Luces: Jan Fedinger.
Centro Conde Duque, Madrid. 2 de octubre.
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