Me obligo por responsabilidad profesional (¡qué mentiroso soy, se nota mucho que eso siempre me ha dado igual!) a comerme las series que emiten plataformas y televisiones. Obligación tediosa, ya que mi mayor placer después de muchos años es el que me produce drogarme sin prisas y sin pausas con The Wire y Los Soprano. Pero sería abusivo prolongar todo el rato este eterno colocón. Por lo tanto, me obligo a ver nuevas cosas. Aunque a los 20 minutos deba huir con gesto de hastío de lo que alimenta a infinitos espectadores. Raro que es uno.
‘Se tiene que morir mucha gente’ tiene un punto muy agradecible, mala leche, gracia, amargura
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‘Se tiene que morir mucha gente’ tiene un punto muy agradecible, mala leche, gracia, amargura
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Me obligo por responsabilidad profesional (¡qué mentiroso soy, se nota mucho que eso siempre me ha dado igual!) a comerme las series que emiten plataformas y televisiones. Obligación tediosa, ya que mi mayor placer después de muchos años es el que me produce drogarme sin prisas y sin pausas con The Wire y Los Soprano. Pero sería abusivo prolongar todo el rato este eterno colocón. Por lo tanto, me obligo a ver nuevas cosas. Aunque a los 20 minutos deba huir con gesto de hastío de lo que alimenta a infinitos espectadores. Raro que es uno.
Y aguanto dos capítulos de la hiperpromocionada El problema final(Netflix). Por el respeto que me han provocado algunos trabajos de Félix Viscarret, que dirigió la admirable serie Patria y una película conmovedora titulada Una vida no tan simple. Un hotel en una isla desierta, un asesinato y un actor que ha interpretado muchas veces a Sherlock Holmes intentando resolver tal movida. Nada malo en ella. Ni bueno. Me largo al final del segundo episodio sin importarme lo más mínimo quién será el asesino. Y soporto solo un capítulo de una estupidez monumental y sin la menor gracia a pesar de sus pretensiones llamada Brothers (Apple TV) porque la protagonizan Matthew McConaughey y Woody Harrelson, inolvidables intérpretes de la primera, perturbadora y genial temporada de True Detective. El resto de la serie era una pretenciosa mierda.
Y me acerco con injustificable mosqueo a Se tiene que morir mucha gente (Movistar Plus), pero mis retrógrados prejuicios se huelen otra bobada inclusiva, militante, en la onda de lo políticamente correcto. Pero no lo es, tiene un punto muy agradecible, mala leche, gracia, amargura. Y me gusta un montón el trabajo de una actriz excelente y mujer atractiva llamada Macarena García. Y me hipnotiza, como siempre, la cría Sofía Otero, interpretando al alter ego demoníaco de una mujer en depresión continua. Y hay cosas que no me gustan. Me sobra la caricatura de un presentador de un programa televisivo hundido por su lógica crisis. Pero esta serie tiene algo bonito e inteligente. Su creadora debe de ser una persona muy lista.
Y habiendo leído en mi adolescencia la formidable novela de Steinbeck Al este del Edény también habiendo sufrido la película de Kazan, sobre todo por el protagonismo de James Dean, aquel actor insoportable que siempre estaba haciendo posturitas y gestos, suplicando amor, alucino con que la serie (en Netflix) no me recuerde en nada a lo que yo leí y vi. Pero existe una malvada esquizofrénica y pavorosa que me inquieta. Creo que voy a llegar al final. Y después a reponerme de semejante atracón.
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