Un líder autoritario debe mostrar fortaleza y dominio si quiere sobrevivir, pero los acontecimientos sugieren que hay demasiadas cosas fuera de control Leer Un líder autoritario debe mostrar fortaleza y dominio si quiere sobrevivir, pero los acontecimientos sugieren que hay demasiadas cosas fuera de control Leer
La propaganda pierde su poder cuando la realidad se hace demasiado evidente y nos atropella. Los observadores más agudos detectan cuándo se abren las primeras grietas, que al principio son casi imperceptibles. En Rusia, el corresponsal en Moscú de la BBC, Steve Rosenberg, tiene ese olfato para hallar anomalías en el patrón oficial y ha detectado varias en las últimas semanas. Se tropezó con una de ellas en uno de los periódicos más fieles al Kremlin, Komsomólskaya Pravda, fundado en 1925 como órgano de expresión de las juventudes del Partido Comunista de la URSS.
En una viñeta humorística se anunciaba con sarcasmo «un nuevo alfabeto ruso para una nueva realidad». Bajo el título ordenaban las letras en cirílico sin intención aparente, pero un segundo vistazo desvelaba un mensaje oculto y desesperado. Las letras formaban una llamada de auxilio: «Locura, ¿cuándo acabará todo esto?».
Con una inflación persistente y los ataques ucranianos cada vez más cerca del corazón de Moscú, los rusos perciben que algo extraño ocurre a su alrededor. A Rosenberg le llaman la atención el incremento de seguridad en las calles, en un ambiente paranoico; el rechazo visible a la censura en internet y artículos periodísticos que denuncian con contundencia la «represión» de las agencias de seguridad. Pero elige una imagen que revela que los planes en Ucrania no marchan como al Kremlin le gustaría. El desfile del Día de la Victoria —el recordatorio fundamental que alimenta cada año la épica ruso-soviética por la derrota de Hitler— se celebró sin el habitual despliegue de carros de combate ni misiles balísticos, con el ejército ruso extenuado en Ucrania y un profundo temor en torno a la seguridad de Putin.
Un líder autoritario debe mostrar fortaleza y dominio si quiere sobrevivir, pero los acontecimientos sugieren que hay demasiadas cosas fuera de control. Si el presidente ruso invadió Ucrania para preservarse en el poder, el empuje ucraniano ha convertido esa invasión en una trampa que empieza a desgastarle. Desde 2008, en Georgia, Rusia se ha comportado como el abusón de la clase, capaz de romper las reglas porque puede intimidar a los demás. Ahora el propio Putin ha desactivado buena parte de su capacidad de chantaje: Europa ya no depende exageradamente de su gas y su petróleo. A la fuerza ha encontrado otras fuentes de suministro, como EE.UU. o Noruega.
También ha desperdiciado su superioridad militar. Necesita cada vez más incentivos económicos y engaños para el reclutamiento y sufre bajas masivas desde 2022, con cientos de miles de muertos y heridos. A pesar del esfuerzo de cuatro años, solo controla el 20% del territorio ucraniano. En ese mismo periodo, las tropas de Stalin rechazaron a los alemanes y llegaron a Berlín.
Los ataques de Kiev son cada vez más eficaces. Sus drones han convertido el frente en un infierno donde es casi imposible avanzar. Han erosionado el dominio naval de Moscú en el Mar Negro. Sebastopol ya no es un lugar seguro. Ni siquiera el lejano puerto de Novorossiysk.
El principal motor económico de Rusia también corre peligro. Desde enero, Ucrania ha atacado más de una quincena de refinerías allí, reduciendo la capacidad de la industria petrolera en unos 700.000 barriles diarios desde entonces, según Reuters. Ucrania ya ejecuta ataques a 2.000 kilómetros de distancia de la frontera. Eso significa que puede alcanzar la zona más poblada del país, en la que viven dos de cada tres rusos.
Cunde la idea de que Ucrania puede sobrevivir y doblar el brazo al invasor. La popularidad de Putin sigue alta, pero se resiente, según los encuestadores oficiales. Sus dos frentes se complican: el ucraniano y el interior, que pueden agravarse según pasen los días. Ante la incapacidad en el campo de batalla, Putin suele señalar de vez en cuando su arsenal atómico, la razón que le hace verdaderamente temible. Quizá eso funcione contra los enemigos externos, pero no será eficaz para calmar el descrédito que crece entre sus compatriotas, especialmente si el malestar se extiende entre las élites rusas.
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