
Cuatro menores que entraron a nado en Ceuta esperan frente a uno de los guardias civiles que custodian la otra puerta de la frontera con Marruecos. No están en el paso habitual, el de los controles, los pasaportes y los carriles por los que entran y salen quienes cruzan la frontera de forma regular. Están a un lado, junto a una valla gris, oxidada, de apenas unos metros de longitud que separa los dos países. Por este paso, un estrecho camino de cemento conecta ambos lados de la frontera, regresan a Marruecos quienes entraron de forma irregular. Los cuatro niños esperan acompañados por una traductora, que hace de puente entre ellos y los agentes. Al otro lado del espigón del Tarajal espera Marruecos.

El paso fronterizo vive con intensidad los días tras el cruce a nado y la vuelta a Marruecos de migrantes
Cuatro menores que entraron a nado en Ceuta esperan frente a uno de los guardias civiles que custodian la otra puerta de la frontera con Marruecos. No están en el paso habitual, el de los controles, los pasaportes y los carriles por los que entran y salen quienes cruzan la frontera de forma regular. Están a un lado, junto a una valla gris, oxidada, de apenas unos metros de longitud que separa los dos países. Por este paso, un estrecho camino de cemento conecta ambos lados de la frontera, regresan a Marruecos quienes entraron de forma irregular. Los cuatro niños esperan acompañados por una traductora, que hace de puente entre ellos y los agentes. Al otro lado del espigón del Tarajal espera Marruecos.
Han cruzado el mar buscando lo que imaginaban al otro lado de la frontera. Ahora van a desandar el camino. Para estos cuatro menores, el sueño español ha dejado de parecer un sueño y, sobre todo, ha dejado de parecer alcanzable. Cada día, un goteo de personas cruza este paso de vuelta a Marruecos, ya que las autoridades marroquíes están permitiendo el regreso de quienes entraron en Ceuta de forma irregular. En sentido contrario, también hay quienes siguen llegando a nado desde Marruecos. Unos se marchan mientras otros llegan, aunque la balanza parece inclinarse hacia los primeros. “Se están yendo más de los que están viniendo” cuenta una de las personas que trabaja a diario en esta frontera, descrita por el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, como “la más complicada de España y Europa”.

Tres lanchas de las autoridades marroquíes vigilan desde el mar el lado de la frontera que corresponde a Marruecos, mientras dos embarcaciones de la Guardia Civil patrullan frente a la costa española. En tierra, la vigilancia también se ha intensificado. Según datos del Ministerio del Interior, en Ceuta hay 270 agentes de la Policía Nacional, 225 de ellos desplazados desde distintos puntos de España. La Guardia Civil cuenta con otros 240 efectivos, 60 de los cuales han llegado para reforzar la vigilancia fronteriza. A este dispositivo se suma el Ejército, que también patrulla las calles. Todo este despliegue parece estar surtiendo efecto, al menos en su propósito disuasorio.
Frente a la parada de autobús, a pocos metros de la frontera, esperan quienes ya han conseguido cruzar y buscan un autobús que los lleve hasta el centro de Ceuta. Entre ellos está Hamza, 29 años, natural de Castillejos y residente en Madrid. Ha vuelto estos días para visitar a su familia y asegura que nunca había visto un control fronterizo como el de ahora. Lo compara con el año pasado, cuando cruzó por el mismo lugar y, cuenta, todo era más sencillo. Ahora la espera se alarga. “En Marruecos hay cola porque tardan mucho tiempo en el control y, en algunos casos, hacen preguntas”, explica.

Hamza niega con la cabeza cuando se le pregunta por los mensajes que circulan por las redes sociales sobre una nueva entrada masiva en Ceuta el próximo día 15. “La gente sabe que ahora es imposible cruzar”, dice. Desde Castillejos, asegura, se ven los patrulleros y a las fuerzas de seguridad marroquíes desplegadas. También le ha llegado otro de los rumores que estos días circulan por las redes, según el cual España prepara un despliegue de soldados para reforzar la frontera.
Hamza ha cruzado la frontera este martes por un motivo: quiere saber cómo está su hermano, que llegó a nado a Ceuta hace once días. “Quiero ver si está bien vestido y tiene suficiente comida”, cuenta. En otros viajes ya le había llevado su pasaporte, además de ropa y algún recuerdo. Ahora vuelve a cruzar para comprobar que no le falta lo básico. De su hermano sabe poco más. Duerme en una chabola de la barriada de El Príncipe y, cuando Hamza le pregunta cómo está, siempre recibe la misma respuesta: “Bien, aquí con los chavales”. “Ahora que ya está aquí le toca aguantar”, cuenta el joven.
En una de las paredes de la parada de autobús, la espera de otras familias se hace visible en un pequeño cartel. Está escrito en árabe y muestra las fotografías de dos jóvenes sonrientes. La tinta roja pide ayuda: si alguien los ha visto, que avise por WhatsApp a sus familias. Son Hadin El Rifi y Elías Acros que, como el hermano de Hamza, también entraron en Ceuta aquel día en que la ciudad quedó colapsada. Desde entonces, nadie ha vuelto a saber de ellos. Sus familias siguen esperando noticias y temen que sus nombres puedan estar entre los de las 96 personas fallecidas que recogen los recuentos oficiales de Marruecos y España.
En la playa del Trampolín, en otro punto de la ciudad autónoma, el Duque de Ahumada vigila las aguas para impedir que ninguna embarcación pueda salir rumbo a la península con migrantes a bordo. Su presencia se suma al despliegue habitual del Servicio Marítimo en Ceuta, formado por dos embarcaciones de tamaño medio y cuatro zódiacs. Mientras tanto, desde la montaña, un grupo de niños migrantes observa el ir y venir de las lanchas patrulleras y la barrera flotante de un naranja chillón que, tras la entrada masiva, se instaló en el mar para reforzar la frontera. Los 500 metros de la barrera se extienden frente a la costa. Después, los niños bajan hasta la playa para refrescarse. Allí, frente al mismo paso fronterizo por el que entraron, algunos de los jóvenes que llegaron a nado y ahora duermen en la calle se enjabonan el pelo bajo las duchas.
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