Isabel Allende es mi influencer. Ahora que el amor romántico parece estar bajo sospecha, ahí está ella enamorándose a los sesenta, a los setenta y a los ochenta. “Siempre que hablo contigo estás enamorada”, le dijo Óscar López la última vez que la entrevistó en Página dos. Menuda maravilla, digo yo. De la vejez me asustan innumerables contratiempos, entre ellos que desemboque en inapetencia sentimental, aunque sea voluntaria, como la de tantas famosas que cuentan lo felices que son desde que han renunciado al romance. Qué descanso, dicen. Qué aburrimiento, pienso. Me crie cerca de demasiadas señoras “de edad” a las que los prejuicios, los suyos, y especialmente los ajenos, les hicieron creer que el deseo y el amor tenían fecha de caducidad. Se evitarán disgustos —miren a Ábalos descubriendo el ghosting a los 66; en ese esperpéntico juicio le falta gritar que sólo es culpable de amor en primer grado como la Celeste Talbert de Escándalo en el plató—, pero yo prefiero ser polvo enamorado.
Hollywood realizó una adaptación nefasta. Salvo a Glenn Close y esa Férula desarmada ante la pureza de la clarividente Clara. La Férula televisiva, Fernanda Castillo, es también lo mejor de la serie de Prime Video
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Hollywood realizó una adaptación nefasta. Salvo a Glenn Close y esa Férula desarmada ante la pureza de la clarividente Clara. La Férula televisiva, Fernanda Castillo, es también lo mejor de la serie de Prime Video


Isabel Allende es mi influencer. Ahora que el amor romántico parece estar bajo sospecha, ahí está ella enamorándose a los sesenta, a los setenta y a los ochenta. “Siempre que hablo contigo estás enamorada”, le dijo Óscar López la última vez que la entrevistó en Página dos. Menuda maravilla, digo yo. De la vejez me asustan innumerables contratiempos, entre ellos que desemboque en inapetencia sentimental, aunque sea voluntaria, como la de tantas famosas que cuentan lo felices que son desde que han renunciado al romance. Qué descanso, dicen. Qué aburrimiento, pienso. Me crie cerca de demasiadas señoras “de edad” a las que los prejuicios, los suyos, y especialmente los ajenos, les hicieron creer que el deseo y el amor tenían fecha de caducidad. Se evitarán disgustos —miren a Ábalos descubriendo el ghosting a los 66; en ese esperpéntico juicio le falta gritar que sólo es culpable de amor en primer grado como la Celeste Talbert de Escándalo en el plató—, pero yo prefiero ser polvo enamorado.
Allende, que cuenta su vida tan bien como sus historias, es más de plató que de torre de marfil y se promociona como una estrella pop. Lo es. Tiene hasta su propia Barbie. Los lectores que se rindieron al tremendismo, el humor y la ternura desacomplejada de sus novelas podrían llenar más veces el Metropolitano que los fans de Bad Bunny. Como al portorriqueño, a ella la menosprecian los puristas y le lanzan su comercialidad a la cara mientras se fustigan porque las redes hurten lectores a los libros; ¿quién los entiende? El éxito, al igual que el amor, resulta sospechoso. La pantalla tampoco la ha tratado bien. Hollywood, atraído por las cifras de La casa de los espíritus, realizó una adaptación nefasta. Salvo a Glenn Close y esa Férula desarmada ante la pureza de la clarividente Clara. La Férula televisiva, Fernanda Castillo, es también lo mejor de la serie de Prime Video.
El reto era complejísimo y su mayor enemigo, las expectativas de los millones de lectores que hicieron suya la exuberante historia de Allende y esperan un Pantone exacto para el cabello verde y los ojos amarillos de Rosa la Bella. Quizás también le imaginaron otro pelaje a Barrabás, que llegó a la familia por vía marítima. Si esa frase les hace cosquillas, si saben lo que significa el 8 de enero y entienden la importancia de un nomeolvides, no hagan caso a ninguna crítica, aparquen los prejuicios y denle al play.
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