
La guerra acribilla muchas cosas, sobre todo, las emociones. La escritora Margaryta Yakovenko, nacida hace 33 años en la localidad de Tokmak, en la provincia ucrania de Zaporiyia, ha abierto con naturalidad una página privada de su familia en el libro Ocupación (Seix Barral), en las librerías desde el próximo miércoles, 13 de mayo. Un esfuerzo valiente, pero no por ello inconsciente. Dice con sinceridad, sirva de aviso al lector, que la guerra que ella ha vivido no es, claro, la que vivieron aquellos ciudadanos que tuvieron que huir de Ucrania tras la gran invasión rusa de febrero de 2022. “Es imposible hablar en nombre de millones de personas”, dice al inicio de la conversación la autora, periodista de EL PAÍS. No se siente autorizada, ni quiere, para hablar en nombre de nadie. Su escritura es suya y trata tan solo de una gente normal, que poco pudo hacer en medio de la violencia, lejos de heroicidad alguna.
Nacida en una ciudad ucrania ocupada hoy por Rusia, la también periodista reconstruye en ‘Ocupación’ más de un siglo de historia familiar en una tierra convulsa
La guerra acribilla muchas cosas, sobre todo, las emociones. La escritora Margaryta Yakovenko, nacida hace 33 años en la localidad de Tokmak, en la provincia ucrania de Zaporiyia, ha abierto con naturalidad una página privada de su familia en el libro Ocupación (Seix Barral), en las librerías desde el próximo miércoles, 13 de mayo. Un esfuerzo valiente, pero no por ello inconsciente. Dice con sinceridad, sirva de aviso al lector, que la guerra que ella ha vivido no es, claro, la que vivieron aquellos ciudadanos que tuvieron que huir de Ucrania tras la gran invasión rusa de febrero de 2022. “Es imposible hablar en nombre de millones de personas”, dice al inicio de la conversación la autora, periodista de EL PAÍS. No se siente autorizada, ni quiere, para hablar en nombre de nadie. Su escritura es suya y trata tan solo de una gente normal, que poco pudo hacer en medio de la violencia, lejos de heroicidad alguna.
Yakovenko emigró a España junto a sus padres con siete años. En aquella humilde Tokmak en la que dio sus primeros pasos, en la franja oriental del país, aprendió ruso. “Formo parte de esa Ucrania que creció con el ruso como lengua materna”, expresa. Y por eso, reconoce, su experiencia, que de algún modo empezó a dibujar en su primera obra, Desencajada, fue otra, diferente a la que quizá vivía el oeste. Nada que evitase el profundo desgarro que sufre por la invasión rusa de su país y de la casa de su abuelo, el viejo comunista Víctor Konstantínovich. Él es el punto de partida de una investigación familiar que, con algo de ficción para cubrir lo que la historia extravió, reconstruye más de un siglo de vida de los Yakovenko en una tierra convulsa.
Pregunta. En este viaje tan personal, ¿es usted su primer lector?
Respuesta. Sí, lo escribí para mí, para explicar una historia familiar que no se explicaba cuando yo era pequeña. He tenido que hacer muchas preguntas porque no formaba parte de la narrativa familiar hablar sobre qué hacía cada uno de los abuelos, a qué se dedicaban, cómo vivían, qué sentían o pensaban. En los regímenes totalitarios, después de caer, el silencio sigue en las familias, sigue instalado en la forma de vida. Mientras escribía, sentía que a lo mejor estaba fallando a esa propia familia porque estaba desvelando cosas de las que ellos nunca quisieron hablar. Pero también sentía que tenía que contarlo. Me preocupa que en un conflicto se divida entre las víctimas y los héroes. Hay gente que se queda en medio. Para mí, mi abuelo quedaba en medio porque no murió por un disparo y tampoco hizo nada para oponerse a la invasión de Ucrania. No es un héroe en ningún sentido.
P. Una víctima colateral.
R. Eso es. El sistema sanitario falló y estaba en un sitio ocupado. No pudo sobrevivir porque ya tenía una enfermedad de base. Pero no va a ser contabilizado como una víctima de la guerra, y para mí era importante contar que creo que, en Ucrania, la mayor parte de las víctimas van a ser como mi abuelo.
P. ¿Fue la muerte de Víctor, su abuelo, lo que motivó este libro?
R. Tuve que pasar por un largo duelo, tenía que recuperarme antes de sentarme a escribir. Pero cuando ya sentí que tenía fuerzas, solo me salía esta historia. De hecho, cuando empecé, no tenía una estructura formada en mi cabeza ni lo tenía claro. Iba a ser una especie de memoria o algo híbrido. Ni ficción ni ensayo. Está a mitad de camino de las dos cosas, algo muy mío. Mi propia identidad es una cosa que está a mitad de camino entre el país en el que he crecido y el país en el que nací.

P. Habla de las raíces, pero no pudo volver a ellas porque Rusia las ocupó. ¿Cómo se gestionan las emociones con algo así?
R. Escribir es la única forma que tengo de seguir estando ahí presente. Para mí la memoria es hacer que el pasado sea presente. Mientras escribía, veía cómo se filtraba la luz entre las cortinas de la casa de mis bisabuelos, de mis abuelos. Las cosas que tenían y que ahora ya no están siguen existiendo dentro de mi cabeza. De hecho, no sé ni siquiera si quiero volver a ver esa casa después de la ocupación, porque ya no la reconoceré. Era importante retener durante unos instantes más esas sensaciones, esas memorias, hablar con mi abuelo. Durante los meses de escritura, era como si él estuviera todavía vivo, aunque ya no lo estaba.
P. Durante los últimos años pude hablar con escritores y artistas ucranios. Unos ven su obra como una forma de lucha; otros solo creen que la lucha es la de los soldados. ¿Dónde se sitúa?
R. No escribo para conseguir un cambio en la sociedad, ni en la humanidad, ni siquiera en el conflicto. Los escritores, los artistas están para dejar constancia de una realidad que está sucediendo en este momento. Analizarla a través de su mirada, porque la mirada es muy importante, pero no creo que podamos combatir al nivel que un soldado en el frente.
P. Por fortuna, hoy leemos más a autores como Serhii Zhadan, Andrei Kurkov o Serhii Plokhy. ¿La identidad cultural ucrania gana?
R. Kurkov, por ejemplo, tiene una identidad bastante híbrida porque escribía en ruso. Cuando empezó la guerra, dijo que no volvería a escribir ni una palabra más en ruso hasta que terminara, que era su forma de protesta. Creo que la identidad ucrania sigue formándose y la guerra está ayudando a que esto se acelere. Para mí, lo importante sería que la mayoría de los niños se sintieran cómodos con la identidad que se vaya a crear. Yo, aunque esté nacionalizada española, me sigo reconociendo como ucrania. Escribo en español. No sé si la identidad es el idioma o la forma de ver la vida. No sé qué clase de identidad están creando los refugiados fuera de su país. Los caminos son muy diferentes y yo eso lo noto también con la gente que parece un poco descolgada cuando se queda a vivir fuera, y al regresar, el país no es el que imaginaron.
P. ¿Volvería si pudiera para reescribir su historia, la de su familia?
R. Si queda algo, a mí me gustaría mucho escribir el libro de mi regreso a Ucrania. Ahora mismo puedo ir a una parte de Ucrania que no es donde crecí. Me está prohibida la entrada, no puedo acceder a mi ciudad. No sé si se publicará o no, si pasarán 10, 20 o 30 años. No sé cómo va a ir, pero creo que es el libro que más me gustaría escribir de todos, para el que me estoy preparando realmente.
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