La semana que puso a Cornell en el ojo del huracán de la violencia sexual: “Es un problema que afecta a todo EE UU”

Algo excepcional sucedió este jueves en Ithaca, la encantadora ciudad del Estado de Nueva York que acoge a la Universidad de Cornell, una de las joyas de la corona del sistema educativo estadounidense. No más de cinco personas suelen acudir a las reuniones que convoca la Asociación de Estudiantes. Pero esta vez fue distinto. A la cita fueron más de 100 estudiantes.

Seguir leyendo

 Los estudiantes de la universidad de élite de Nueva York muestran su indignación y tristeza por la inacción ante el caso de la joven que denunció una violación múltiple en una fiesta con alcohol y drogas  

Algo excepcional sucedió este jueves en Ithaca, la encantadora ciudad del Estado de Nueva York que acoge a la Universidad de Cornell, una de las joyas de la corona del sistema educativo estadounidense. No más de cinco personas suelen acudir a las reuniones que convoca la Asociación de Estudiantes. Pero esta vez fue distinto. A la cita fueron más de 100 estudiantes.

La ocasión lo merecía. Aquí, más que en ningún lugar, el caso de “Jane Doe” —el seudónimo bajo el que se oculta una antigua alumna que denuncia haber sido violada por siete compañeros de estudios en 2024, cuando tenía 20 años— ha atraído todas las miradas a esta universidad de la Ivy League, convertida de repente en el epítome de un problema que afecta a todos los campus de Estados Unidos: la violencia sexual contra las mujeres.

La reunión de estudiantes del jueves, con lágrimas de varios asistentes, capturó la emoción del momento. “Fue la primera organizada por nosotros para expresar nuestra profunda frustración”, asegura Hayden Watkins, vicepresidente de la Asociación de Estudiantes, que a sus 20 años tiene un discurso mejor articulado que el de muchos políticos con décadas de carrera a sus espaldas. “El ambiente era de tensión y enfado. Algunas compañeras compartieron sus propias experiencias como supervivientes de violencia sexual, pero sobre todo hubo mucha frustración contra la administración de la Universidad. Por permitir un entorno propicio a que algo así ocurriera. Y por no haber buscado justicia cuando Jane Doe denunció por primera vez, hace ya dos años”, explica este estudiante de Políticas Públicas.

A primera vista del recién llegado, nada especial parece ocurrir en Ithaca. Los estudiantes corrían este viernes de clase en clase entre los edificios de inspiración gótica, con ese aire que comparten con las universidades inglesas de Oxford y Cambridge. A última hora, frente al Willard Straight Hall, el centro de la vida estudiantil de Cornell, un grupo de chicas y un chico ensayaban una coreografía sobre un escenario improvisado. Tras un día de lluvia, se intuían unos rayos de sol. Pero, ante esta imagen idílica, bastaba con preguntar a algunos de ellos para darse cuenta de que era solo un espejismo.

Muchos de los consultados no querían hablar del tema que ha colocado a su universidad en los informativos de medio mundo, pero los que accedían a dar su opinión mostraban que la preocupación iba más allá del caso de Jane Doe. Muchas estudiantes sienten que en ciertos ambientes reina una cultura en la que las mujeres no son dignas de respeto.

Es lo que opina, por ejemplo, una chica de 20 años que estudia un triple título de sostenibilidad medioambiental, comunicaciones y agricultura. Sentada con su portátil en el Willard Straight Hall, el centro de la vida estudiantil de Cornell, pinta un panorama lúgubre. “Yo vengo de un barrio conflictivo de Queens, en Nueva York, y sé cómo protegerme. Pero no me esperaba que en una universidad de élite como esta se tratara así a las mujeres, con insultos, cosificándolas y tratándolas como objetos. Es algo que he visto en ciertas fiestas de fraternidades”. Al terminar la conversación y preguntarle su nombre, responde: “Pon simplemente Alex, prefiero no darte mi apellido, por lo que pueda pasar”.

Precisamente las fraternidades, lo que en Estados Unidos se llama Vida Griega porque muchas de ellas adoptan el nombre de letras del griego, son otro de los centros de la polémica. Los hechos que denunció Jane Doe tuvieron lugar dentro del edificio de Chi Phi, una de las fraternidades más conocidas. Allí, según su declaración, fue violada por siete miembros de la fraternidad en una fiesta regada de alcohol y ketamina.

Al principio, la joven no se sintió víctima de una violación, pero conforme fue pasando el tiempo, la demandante fue interiorizando que había pasado algo “malo”. Esta evolución, que ha servido a algunos para cuestionar su testimonio, es, según las expertas en violencia contra las mujeres, un patrón habitual. Muchas víctimas tardan tiempo en procesar el trauma que supone una agresión, que además a veces es perpetrado por gente de su entorno.

Hay voces que consideran que estas organizaciones, conocidas por someter a pruebas durísimas a sus miembros y por dar fiestas donde las cosas pueden descontrolarse, deberían cerrarse para siempre. Lydia Blum, vicepresidenta de la Asociación de Estudiantes, tiene una respuesta más matizada. Cree que son lugares propicios para que ocurran este tipo de situaciones. “Pero las agresiones sexuales también suceden fuera del contexto de las fiestas. No creo que la solución sea cerrar las fraternidades”, concluye.

En la tarde del viernes, a las puertas de la fraternidad Pi Kappa Alpha, cuatro muchachos jugaban alrededor de una mesa de ping pong con sus cervezas en la mano. “No vamos a hacer declaraciones”, decían. Al otro lado de la carretera, una hermandad de mujeres celebraba con banderas y bandeja con comida el fin de semana en el que reciben la visita de sus padres.

El caso de Cornell ha tocado una fibra sensible, volviendo a exponer la frecuencia y ubicuidad de la violencia sexual contra las mujeres en estos centros. La Asociación de Universidades de Estados Unidos (AAU, por sus siglas en inglés) realizó en 2019 una encuesta muy amplia sobre el clima en el campus. Al preguntar a casi 182.000 estudiantes de 33 universidades, en torno a una de cada cuatro universitarias respondió haber sufrido algún tipo de contacto sexual no consentido, ya fuera a través de la fuerza física o porque no tuvieran capacidad para consentir.

La magnitud del problema explica la respuesta que, ahora sí, tras dejar dormir el caso durante dos años, han dado las autoridades. La gobernadora del Estado, la demócrata Kathy Hochul, anunció el jueves que pondría al frente de la investigación a la fiscal general Letitia James tras destituir al fiscal Matthew Van Houten por haber perdido la confianza en él.

“¿En qué mundo la policía es informada por la víctima de que sufrió una violación en grupo (…) y no eleva esas alegaciones al fiscal de distrito?”, se preguntó Hochul. “Lo que conocimos ayer levantó más interrogantes preocupantes sobre qué se hizo y qué no se hizo”, dijo la política demócrata sobre la revelación de que la policía no trasladó a la Fiscalía toda la información sobre la denuncia de la joven.

Pero, ¿quiénes son los responsables del mal manejo de este caso? ¿La policía, la Fiscalía, la Universidad, las fraternidades? Los representantes de la Asociación de Estudiantes no se atreven a señalar a un único culpable, y al mismo tiempo apuntan a todos ellos. “Creímos que el caso se había resuelto hace dos años. Enterarnos de que no fue así resultó desalentador. Fue un golpe muy duro para todos”, responde Lydia Blum, que a sus 21 años estudia Medio Ambiente y Desarrollo.

Hayden Watkins apunta más arriba. “El problema mayor aquí es la cultura imperante en nuestro país, que hizo pensar a esos hombres que esa agresión era aceptable”. El vicepresidente de la asociación recuerda que en el chat grupal, que contenía mensajes como “coño gratis en el piso de arriba” (free pussy upstairs), había muchos hombres y que ninguno denunció. Y termina con un diagnóstico inquietante: “No creo que se pueda señalar únicamente a las fraternidades o a Cornell. Es un problema que afecta a todo Estados Unidos, sobre cómo se permite que los hombres traten a las mujeres”.

 Sociedad en EL PAÍS

Noticias Similares