Desastre español y sorpresa total de McNulty en el Mundial

Había un racimo de prodigios sueltos en Montreal, en el terrible circuito de la ciudad canadiense, y no estaba Tadej Pogacar para marcar los límites de lo imposible. Van der Poel, Evenepoel , Van Aert, Del Toro, Seixas, Pidcock e incluso un español con caché, Juan Ayuso… Tantos candidatos para suceder al genio esloveno y ninguno se viste el maillot más hermoso del ciclismo, el arco iris de campeón del mundo. Lo hace un gregario de Pogacar, Brandon McNulty, sorpresa gigantesca con el que nadie cuenta y que por ese motivo tiene libertad de acción. El norteamericano conquista el Mundial en una decepción total de la selección española, que no tuvo ningún protagonismo ni opción al éxito. Matthews logra la medalla de plata y el fenómeno Van der Poel el bronce. Ayuso, el mejor español, llegó en un discretísimo puesto 13.España cierra este campeonato como la primera selección del mundo en el medallero gracias al esplendor de los jóvenes. Son cinco medallas, más que ningún otro país. Son tres de oro en categoría júnior, dos de Benjamín Noval (crono y ruta) y una de Alejandra Neira (ruta), una de plata y otra de bronce (ambas del alicantino Héctor Álvarez en sub 23) en una secuencia que alimenta el futuro, aunque de promesas y esperanzas está lleno el ciclismo.La algarabía que provocaron los jóvenes contrasta con la realidad del mundo adulto, ese en el que Juan Ayuso estaba predestinado a triunfar y en los últimos tiempos solo encuentra barreras de obstáculos. Nunca se le vio con energía ni presencia en el grupo de los mejores, el único español entre la creme.Enric Mas, flamante ganador de la Vuelta a España, no comparece en Montreal. Se podía intuir que el estado de forma de la ronda doméstica le podría favorecer para atacar un objetivo deseable, pero, aunque no es el Mundial su terreno de conquista, desaparece del mapa con cien kilómetros a la vista y más de tres horas por delante.Las dos puntas de lanza del equipo confeccionado por Alejandro Valverde se diluyen en el anonimato de un Mundial tremendo, dureza extrema con un perfil de exigencia máxima en el que se suceden los guadianas, ciclistas que aparecen y reaparecen por arte de magia.El Mundial es la carrera más bonita del curso. Se disputa en el anacronismo de las selecciones nacionales en un deporte mercantilizado y que se sustenta en los patrocinadores y las multinacionales de la bicicleta. Es el mundo al revés. Los rivales durante el año se funden en objetivos comunes para mayor gloria de un país.Y cualquiera se atreve a ser protagonista. México, un país sin tradición en el ciclismo, quiere ganar el Mundial. Lo expone en ese vagón que se monta en cabeza del pelotón con maillots blancos y México en el pecho en protección del candidato Isaac del Toro, que acude a una gran cita sin la protección de su mentor, Tadej Pogacar.Francia exige su cuota. Una nación que ha exportado campeones antiguos se emociona con Paul Seixas, el cachorro que ha enardecido al país vecino y que obliga a trabajar a los gregarios.Del Toro, en acciónDel Toro perdió un Giro inconcebible ante Simon Yates por pecados de juventud. Y en Montreal parece el más fuerte de la cuadrilla, el mejor cada vez que el pelotón enfila la rampa del Camillien Houden, una cima que tritura las piernas y estalla los pulmones.No está Pogacar y lo más parecido a él es Mathieu van der Poel. El holandés que imaginó el ciclismo como un camino hacia la grandeza se lanza a una proeza estilo Pogacar. Ataca a 97 kilómetros y arrastra un cataclismo a su espalda.Deja tras de sí un pelotón fracturado y cardiaco y un reguero de víctimas, Enric Mas entre ellas. No hay manera de cancelar a Van der Poel, pese a que Van Aert y un resucitado Roglic sujetan la distancia con el catalejo. Pronto se ve que no es el día Evenepoel, segundo en el Tour, campeón de todo contra el reloj, ciclista de una pieza, que se ahoga con las aceleraciones de Seixas y Del Toro.Van der Poel estira el cuello para ganar otro Mundial. Lo merece su ambición y su estilo único en la bicicleta, pura mezcla entre potencia y elegancia. Pero Del Toro está fuerte, cuesta seguirlo hacia lo alto de los repechos. Ayuso no está en esa onda, se defiende con voluntad pero sin watios para aspirar a algo más.A Van der Poel lo engancha Del Toro a 30 kilómetros de la meta. Se han juntado los gigantes, los dos océanos convergen. Hay parón radical en el grupo de los genios y por ahí asalta la suerte McNulty. Típica arrancada de secundario en la que todos se miran y nadie sigue. Ya caerá, piensan todos. Por inercia o por arreones superiores, el americano sufrirá la ley de los más fuertes. Sucede que las energías se han igualado. Ni Van der Poel ni Del Toro ni Seixas, menos aún Evenepoel son mejores que sus semejantes. No hay un Pogacar para romper la baraja.Pidcock asume valiente el papel de persecución. Prueba a enlazar una, dos, tres y más veces, pero el estadounidense Jorgenson actúa como secante. Ni rastro de los españoles. McNulty se crece, se muere en la última subida a la cima de los porcentajes, mueve la bici de lado a lado, está fundido pero tiene un oro a la vista. Seixas se frota la pierna izquierda. Calambres y dimisión. Del Toro ya no puede acelerar en ese vagón después de seis horas. Aún queda un ramalazo de Van der Poel, que navega entre el purgatorio y la muerte, pero al que le sobra orgullo. Tampoco caza. McNulty gana arrastrándose como lagarto herido en un Mundial de impresión. Había un racimo de prodigios sueltos en Montreal, en el terrible circuito de la ciudad canadiense, y no estaba Tadej Pogacar para marcar los límites de lo imposible. Van der Poel, Evenepoel , Van Aert, Del Toro, Seixas, Pidcock e incluso un español con caché, Juan Ayuso… Tantos candidatos para suceder al genio esloveno y ninguno se viste el maillot más hermoso del ciclismo, el arco iris de campeón del mundo. Lo hace un gregario de Pogacar, Brandon McNulty, sorpresa gigantesca con el que nadie cuenta y que por ese motivo tiene libertad de acción. El norteamericano conquista el Mundial en una decepción total de la selección española, que no tuvo ningún protagonismo ni opción al éxito. Matthews logra la medalla de plata y el fenómeno Van der Poel el bronce. Ayuso, el mejor español, llegó en un discretísimo puesto 13.España cierra este campeonato como la primera selección del mundo en el medallero gracias al esplendor de los jóvenes. Son cinco medallas, más que ningún otro país. Son tres de oro en categoría júnior, dos de Benjamín Noval (crono y ruta) y una de Alejandra Neira (ruta), una de plata y otra de bronce (ambas del alicantino Héctor Álvarez en sub 23) en una secuencia que alimenta el futuro, aunque de promesas y esperanzas está lleno el ciclismo.La algarabía que provocaron los jóvenes contrasta con la realidad del mundo adulto, ese en el que Juan Ayuso estaba predestinado a triunfar y en los últimos tiempos solo encuentra barreras de obstáculos. Nunca se le vio con energía ni presencia en el grupo de los mejores, el único español entre la creme.Enric Mas, flamante ganador de la Vuelta a España, no comparece en Montreal. Se podía intuir que el estado de forma de la ronda doméstica le podría favorecer para atacar un objetivo deseable, pero, aunque no es el Mundial su terreno de conquista, desaparece del mapa con cien kilómetros a la vista y más de tres horas por delante.Las dos puntas de lanza del equipo confeccionado por Alejandro Valverde se diluyen en el anonimato de un Mundial tremendo, dureza extrema con un perfil de exigencia máxima en el que se suceden los guadianas, ciclistas que aparecen y reaparecen por arte de magia.El Mundial es la carrera más bonita del curso. Se disputa en el anacronismo de las selecciones nacionales en un deporte mercantilizado y que se sustenta en los patrocinadores y las multinacionales de la bicicleta. Es el mundo al revés. Los rivales durante el año se funden en objetivos comunes para mayor gloria de un país.Y cualquiera se atreve a ser protagonista. México, un país sin tradición en el ciclismo, quiere ganar el Mundial. Lo expone en ese vagón que se monta en cabeza del pelotón con maillots blancos y México en el pecho en protección del candidato Isaac del Toro, que acude a una gran cita sin la protección de su mentor, Tadej Pogacar.Francia exige su cuota. Una nación que ha exportado campeones antiguos se emociona con Paul Seixas, el cachorro que ha enardecido al país vecino y que obliga a trabajar a los gregarios.Del Toro, en acciónDel Toro perdió un Giro inconcebible ante Simon Yates por pecados de juventud. Y en Montreal parece el más fuerte de la cuadrilla, el mejor cada vez que el pelotón enfila la rampa del Camillien Houden, una cima que tritura las piernas y estalla los pulmones.No está Pogacar y lo más parecido a él es Mathieu van der Poel. El holandés que imaginó el ciclismo como un camino hacia la grandeza se lanza a una proeza estilo Pogacar. Ataca a 97 kilómetros y arrastra un cataclismo a su espalda.Deja tras de sí un pelotón fracturado y cardiaco y un reguero de víctimas, Enric Mas entre ellas. No hay manera de cancelar a Van der Poel, pese a que Van Aert y un resucitado Roglic sujetan la distancia con el catalejo. Pronto se ve que no es el día Evenepoel, segundo en el Tour, campeón de todo contra el reloj, ciclista de una pieza, que se ahoga con las aceleraciones de Seixas y Del Toro.Van der Poel estira el cuello para ganar otro Mundial. Lo merece su ambición y su estilo único en la bicicleta, pura mezcla entre potencia y elegancia. Pero Del Toro está fuerte, cuesta seguirlo hacia lo alto de los repechos. Ayuso no está en esa onda, se defiende con voluntad pero sin watios para aspirar a algo más.A Van der Poel lo engancha Del Toro a 30 kilómetros de la meta. Se han juntado los gigantes, los dos océanos convergen. Hay parón radical en el grupo de los genios y por ahí asalta la suerte McNulty. Típica arrancada de secundario en la que todos se miran y nadie sigue. Ya caerá, piensan todos. Por inercia o por arreones superiores, el americano sufrirá la ley de los más fuertes. Sucede que las energías se han igualado. Ni Van der Poel ni Del Toro ni Seixas, menos aún Evenepoel son mejores que sus semejantes. No hay un Pogacar para romper la baraja.Pidcock asume valiente el papel de persecución. Prueba a enlazar una, dos, tres y más veces, pero el estadounidense Jorgenson actúa como secante. Ni rastro de los españoles. McNulty se crece, se muere en la última subida a la cima de los porcentajes, mueve la bici de lado a lado, está fundido pero tiene un oro a la vista. Seixas se frota la pierna izquierda. Calambres y dimisión. Del Toro ya no puede acelerar en ese vagón después de seis horas. Aún queda un ramalazo de Van der Poel, que navega entre el purgatorio y la muerte, pero al que le sobra orgullo. Tampoco caza. McNulty gana arrastrándose como lagarto herido en un Mundial de impresión.  

Había un racimo de prodigios sueltos en Montreal, en el terrible circuito de la ciudad canadiense, y no estaba Tadej Pogacar para marcar los límites de lo imposible. Van der Poel, Evenepoel, Van Aert, Del Toro, Seixas, Pidcock e incluso un español con caché, Juan … Ayuso… Tantos candidatos para suceder al genio esloveno y ninguno se viste el maillot más hermoso del ciclismo, el arco iris de campeón del mundo. Lo hace un gregario de Pogacar, Brandon McNulty, sorpresa gigantesca con el que nadie cuenta y que por ese motivo tiene libertad de acción. El norteamericano conquista el Mundial en una decepción total de la selección española, que no tuvo ningún protagonismo ni opción al éxito. Matthews logra la medalla de plata y el fenómeno Van der Poel el bronce. Ayuso, el mejor español, llegó en un discretísimo puesto 13.

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