A partir de 2050 superaremos los 9.000 millones de habitantes para iniciar después un descenso acelerado Leer A partir de 2050 superaremos los 9.000 millones de habitantes para iniciar después un descenso acelerado Leer
Hace más de doscientos años, el demógrafo británico Thomas Malthus advirtió del riesgo de un cataclismo demográfico. Pensó que la humanidad sería incapaz de alimentar a una población que se multiplicaba en tiempos de prosperidad. Anticipó que las hambrunas y las tragedias corregirían el desajuste de manera dramática, porque la producción de alimentos no crecería del mismo modo. Pero Malthus se equivocó doblemente.
Es cierto que nos hemos multiplicado, sí, pero al mismo tiempo hemos incrementado como nunca antes la productividad de la tierra mediante la mecanización, la rotación de cultivos, la ganadería intensiva, la manipulación genética y los nuevos fertilizantes. Hemos evitado un destino fatal gracias al ingenio.
Malthus también erró en otro aspecto. En tiempos de bonanza, el crecimiento geométrico de la población humana ya no es una ley inamovible. Hemos entrado en una fase de colapso de la fecundidad, paradójicamente en un momento en el que la esperanza de vida no deja de crecer y la tecnología y la medicina proporcionan los más altos estándares de vida. Las próximas generaciones verán ya los primeros efectos del descenso vertiginoso de la población que se avecina, sin que sepamos al detalle por qué está ocurriendo.
Hasta hace pocas décadas, el temor a la sobrepoblación mundial llevaba a pensar en una guerra sin cuartel por los recursos más básicos. Ahora las proyecciones anticipan que a partir de 2050 superaremos los 9.000 millones de habitantes para iniciar después un descenso acelerado. La inercia mantendrá las cifras de crecimiento hasta entonces, pero la tasa de fecundidad mundial ya ha entrado en declive: países ricos y pobres caen por debajo de la tasa de reposición de 2,1 hijos por mujer que, en el mundo avanzado, permite mantener un tamaño estable de nuestras sociedades. En España, aunque el empuje de la inmigración ha maquillado la cifra de población total, el número de muertes ya supera al de nacimientos desde hace años. La tasa de fecundidad nacional se sitúa en 1,1 hijos por mujer y la natalidad cayó casi un 25% entre 2015 y 2025. En Colombia, la tasa es del 1,6. En Tailandia, del 1,2. En Irán, es del 1,7 y en Corea del Sur, apenas del 0,7. Salvo un puñado de excepciones, la tendencia supera todas las barreras. No importa el grado de desarrollo del país ni la zona geográfica. No parecen tener gran impacto las políticas de natalidad. El fenómeno va más allá de cuestiones religiosas o culturales. La humanidad ha iniciado una fase demográfica sin precedentes en la historia y sus consecuencias están por ver.
Hay diversas conjeturas sobre las causas: desde las dificultades de acceso a la vivienda hasta el uso de la tecnología como factor de aislamiento. El número de parejas formadas se derrumba. Hay más solteros y crece el número de adultos jóvenes sin hijos.
El catedrático Jesús Fernández-Villaverde, de la Universidad de Pensilvania, está seguro de que la caída demográfica es el reto principal de nuestro tiempo porque implicará profundos cambios económicos y sociales. Supuestamente, habrá de ser un mundo más sostenible, por tener menos individuos, pero generará problemas complejos. ¿Cómo soportaremos las cargas fiscales con una fuerza laboral reducida y una población envejecida? ¿Qué efecto tendrá en la política o en la economía? ¿Seremos menos innovadores y dinámicos? ¿Nos salvarán los robots? Nadie tiene respuestas porque no hay precedentes de un cambio de estas características. Serán nuestros hijos y nietos quienes empiecen a afrontarlo.
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