El ‘premier’ de Ontario lleva la batalla dialéctica con el presidente republicano al siguiente nivel mientras Canadá prepara represalias contra los aranceles de EEUU Leer El ‘premier’ de Ontario lleva la batalla dialéctica con el presidente republicano al siguiente nivel mientras Canadá prepara represalias contra los aranceles de EEUU Leer
Doug Ford se ha convertido en el rostro del desafío a Donald Trump en plena guerra arancelaria con Estados Unidos, el poli malo, como le han pintado en algunos medios en Estados Unidos. En una comparecencia ante periodistas el lunes, el premier de Ontario -la provincia más poblada de Canadá-, no titubeó al describir al republicano como un «perdedor», un «dictador» y un «experto en quiebras». Después, invitó al presidente estadounidense a besarle el culo, literalmente, en un movimiento arriesgado que podría reducirle aún más el margen de maniobra al primer ministro canadiense, Mark Carney.
Ford, heredero de un imperio de etiquetas industriales y hermano del difunto Rob Ford -el alcalde de Toronto que protagonizó un escándalo por consumir crack y cocaína durante su mandato-, gobierna Ontario desde 2018 con el mismo estilo que aprendió en la empresa familiar: hablar sin filtro, golpear la mesa y vender la imagen de tipo de barrio que bebe cerveza con los obreros. Eso pese a haberse criado en una zona acomodada de Toronto. Aún así, esa marca populista que en 2018 lo llevó a Queen’s Park, comparado por algunos con Trump por su estilo fanfarrón, es hoy la que lo enfrenta al propio Trump en la guerra comercial más amarga entre Washington y Ottawa en décadas.
El detonante inmediato fue un anuncio publicitario. Ford usó el año pasado un discurso de Ronald Reagan contra los aranceles para una campaña televisiva, y Trump nunca se lo perdonó: lo acusó de manipular las palabras del ex presidente republicano con fines «fraudulentos». Desde entonces, el premier ontariano se convirtió en blanco predilecto de los desahogos del mandatario en Truth Social, su red social.
La escalada llegó a su punto más crudo esta semana. Trump amenazó con elevar al 50% los aranceles sobre coches, camiones, autopartes y acero a partir del 1 de enero, tras el colapso de las negociaciones comerciales y la imposición previa de un 50% sobre otra tanda de exportaciones canadienses. El martes, Canadá respondió igualando los aranceles a Estados Unidos, «dólar por dólar», según el ministro de Economía canadiense, François-Philippe Champagne. Ford, sin anestesia, respondió que Trump podía «besarle el culo» y que Canadá iría «a por él a toda máquina», calificándolo de «arrogante» y «creído», y citando a Reagan: «Quien cede ante un matón sólo garantiza que ese matón vuelva al día siguiente».
Trump no se quedó callado. Publicó en Truth Social que el discurso de Ford era puro «alboroto» y lo describió como el hermano «menos carismático, inteligente y en general poco impresionante» del «gran» Rob Ford, para luego sentenciar que Estados Unidos «ha estado cargando con Canadá durante décadas, pero ya no más» y que, sin la ayuda estadounidense, Canadá no podría sobrevivir por culpa de su «mal liderazgo», encabezado por el primer ministro Carney y su «lacayo» Ford.
No es habitual que los jefes de gobierno de las provincias canadienses tengan un rol formal en las negociaciones de acuerdos comerciales con la Casa Blanca, pero Ford tiene mucho que perder en esta guerra arancelaria. Su provincia no sólo es la más poblada, sino la que más contribuye al PIB nacional, con un 38%. Una tensión prolongada entre ambos países podría hacer que desaparezcan miles de puestos de trabajo a ambos lados de la frontera. Un 50% de impuestos sobre cualquier producto es una carga demasiado dura de sostener para cualquier empresa o para cualquier consumidor, ya sea canadiense o estadounidense.
A Ford le han aplaudido y criticado en casa por su salida de tono del lunes, casi a partes iguales. Por un lado valoran el coraje de ponerse a la altura de un Trump instalado en la descalificación constante, y por otro creen que alejarse de la vía diplomática es un riesgo enorme que Canadá no debería estar dispuesto a asumir.
Tanto que el martes el mismo Ford quiso rebajar un poco la tensión. Reconoció que era momento de «bajar la temperatura» después de que las cosas se pusieran «un poco personales». Y en Bloomberg Television fue más allá: pidió una tregua en su guerra de palabras con Trump, aunque respaldó el plan de Canadá de duplicar al 50% los aranceles al acero y al aluminio como represalia.
El vaivén retrata al personaje: Ford necesita proyectarse como el defensor combativo de Ontario sin cerrar del todo la puerta a una salida negociada que, tarde o temprano, tendrá que llegar desde Washington.
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