
Isabella Weber (Núremberg, Alemania, 39 años) se convirtió en una de las principales voces disidentes con la política que adoptaron los bancos centrales en la crisis energética de 2022. En medio de su frenética agenda durante la Movilización Global Progresista, Weber saca tiempo para buscar un recóndito despacho en el recinto de Fira de Barcelona. La alemana, profesora en la Universidad de Massachusetts Amherst, cree que Europa debe retomar sus planes de despliegue de las renovables si quiere superar la actual crisis económica, política y climática.
La economista insta a Europa a liderar un club multilateral de compradores de petróleo: “Incluso si la guerra acaba mañana, la crisis será masiva”
Isabella Weber (Núremberg, Alemania, 39 años) se convirtió en una de las principales voces disidentes con la política que adoptaron los bancos centrales en la crisis energética de 2022. En medio de su frenética agenda durante la Movilización Global Progresista, Weber saca tiempo para buscar un recóndito despacho en el recinto de Fira de Barcelona. La alemana, profesora en la Universidad de Massachusetts Amherst, cree que Europa debe retomar sus planes de despliegue de las renovables si quiere superar la actual crisis económica, política y climática.
Pregunta. Nos habíamos olvidado de la inflación, pero las tensiones geopolíticas la han traído de vuelta. ¿Hemos pasado de una década deflacionista a otra era en la que deberemos vivir con subidas de precios más frecuentes?
Respuesta. Estamos en una época de emergencias sobrepuestas, el orden global se está desintegrando y el cambio climático es una realidad. En este entorno, la pregunta no era si habría otros shocks, sino cuándo y dónde iba a producirse el próximo. Ojalá no hubiéramos tenido esa guerra en Irán. Pero sí, estamos en un nuevo entorno inflacionario que es una expresión de la inestabilidad económica, política y ecológica. No deriva ni de la política monetaria ni de un gasto público excesivo, sino más bien de la profunda crisis a la que nos enfrentamos.
P. Los analistas esperan ya varias subidas de tipos de interés del Banco Central Europeo. ¿Cree que Fráncfort debe moverse ya?
R. El BCE no debería subir los tipos. Si lo hace, va a encarecer las inversiones que necesitamos de forma urgente para incrementar la resiliencia de nuestras economías. Pero lo que vivimos es también una crisis de democracia. Y la lógica de subir tipos de interés e imponer la austeridad en unos países que se van a endeudar para sufragar más gastos en defensa es extremadamente peligrosa políticamente. Las subidas de tipos buscan enfriar el mercado laboral y acaban por crear desempleo e impedir que los salarios alcancen el ritmo de la inflación. Eso aumenta la inseguridad económica, que es uno de los principales motores del apoyo de la extrema derecha en todo el mundo. Si se recurre ahora a los tipos de interés, se estará usando una herramienta inadecuada desde el punto de vista económico y peligrosa desde el plano político.
P. Fue muy crítica con la actuación del BCE en la última crisis, pero al final la inflación acabó bajando. ¿Sigue pensando que esas subidas de tipos fueron un error?
R. No estoy diciendo que debamos tener tipos de interés negativos o cerca de cero, como ocurrió en algún momento. Queremos tipos algo más altos para no alimentar burbujas en los precios de los activos y dinámicas muy especulativas. Pero no creo que la inflación cediera por la actuación del BCE, sino porque esos shocks golpearon la economía.
P. También advirtió de que las empresas contribuyeron a la espiral inflacionista para proteger sus márgenes.
R. Sí, las corporaciones no absorbieron los shocks, sino que los trasladaron al consumidor para proteger márgenes. En algunos casos, incluso los aumentaron y fue uno de los principales impulsos de la inflación. Con la crisis energética se abrió un momento en el que las empresas sabían que podían subir los precios sin arriesgarse a perder cuota de mercado porque tenían la seguridad de que la competencia haría lo mismo. Era una coordinación implícita que les permitía ejercer su poder de mercado de una forma que antes de la crisis no podían hacer.
P. En una crisis siempre hay ganadores y perdedores. ¿Quiénes salieron airosos?
R. En Estados Unidos, los márgenes de beneficio del sector no financiero se dispararon de una manera que prácticamente antes no habíamos visto. Para que [el expresidente de EE UU] Joe Biden les eximiera de un impuesto a los beneficios extraordinarios, las empresas esgrimían que sus accionistas eran el pueblo estadounidense, y que si a ellas les iba bien, a los ciudadanos también. Pero lo hemos investigado y vemos que el 1% más rico se hizo con el 50% de las ganancias, mientras que el 50% de abajo solo logró hacerse con el 1% de los beneficios. Esto nos demuestra que este tipo de picos de beneficios son fundamentalmente desigualadores.
P. Bruselas ha lanzado sus recomendaciones ante los primeros compases de esta crisis y los Estados miembros han empezado a aprobar medidas. ¿Hay que actuar más rápido?
R. Sin duda. Ya estamos viendo un incendio bastante grande. Incluso si la guerra terminase mañana, tendremos una crisis energética masiva. Los analistas ya hablan de escasez de combustible para aviones y la falta de otros combustibles fósiles podría seguirle muy pronto. Es hora de que la Unión Europea actúe. Lo más obvio es reactivar medidas de la pasada crisis: el tope de precio de emergencia de la gasolina que nunca entró en vigor o hacer el transporte público gratuito. Pero también hay un problema de asignación global.
P. ¿Qué propone?
R. Los países que son más pobres, pero que son igual o más dependientes de las importaciones, se quedarán literalmente sin petróleo o con muy poco suministro. Eso supone que las personas pobres, que ya consumen menos energía que las ricas, deberían hacer un mayor ahorro. Pero no pueden: ya van en autobús o andando al trabajo. Su huella es tan pequeña que para ellos ahorrar es inhumano. Eso me lleva a proponer un club multilateral de compradores liderado por Europa.
P. ¿Pero Europa está en condiciones de liderarlo?
R. Europa representa el 21% de las importaciones mundiales de petróleo. Seguramente no sería suficiente. Necesitaría invitar a otros países de rentas altas a unirse. No todos lo harían, pero si fuera posible, debería asociarse con Japón, Corea, Singapur, Canadá o Australia y a continuación invitar a que se unan los países de rentas bajas, que tendrían todos los incentivos del mundo para hacerlo. Puede sonar utópico, pero la crisis que se avecina es tremenda, así que debemos pensar de forma innovadora. Y sería una oportunidad para Europa para posicionarse como una potencia independiente que puede colaborar de forma multilateral, en lugar de dejar que Estados Unidos con esta guerra haga estallar la economía global. También es una cuestión geopolítica.
P. ¿Y cómo se repartiría entre los miembros del club?
R. Los países con ingresos bajos, en conjunto, solo representan el 0,1% de las importaciones. A todos los países se les debería permitir consumir lo equivalente a lo que tenían antes. El resto debería comprometerse a una parte de lo que consumía antes de la crisis, lo cual debería negociarse. Eso haría que todos ahorrasen de forma equitativa. Es decir, si hay una escasez del 25% en el mercado global, todos deberían ahorrar un 25%. Es otra forma de racionar: en un caso, se hace por la explosión de precios. En este caso, por un acuerdo multilateral.
P. El estallido de la guerra de Ucrania acabó con el modelo económico europeo basado en las importaciones de gas ruso barato. ¿La UE está hoy en mejor posición que en 2022?
R. Ha habido inversión, pero no la suficiente. España sí se empleó más que cualquier otro país europeo. Si otros países hubieran seguido el ejemplo español, probablemente estaríamos en una situación menos preocupante. Necesitábamos un impulso enorme, una verdadera movilización para activar todos los recursos disponibles para impulsar las renovables. Y eso no ha sucedido.
P. El sector energético alega que el impuesto a los beneficios caídos del cielo paraliza las inversiones en renovables. ¿Eso tiene algo que ver?
R. En 2022, las ganancias de la industria de los combustibles fósiles fueron mayores que todas las inversiones en energías renovables juntas realizadas en Estados Unidos. Y ese año, además, tuvieron un gran impulso en las cotizaciones en Bolsa.
P. ¿La UE ha dejado durante estos años languidecer el Nuevo Pacto Verde?
R. Sí, y es bastante distópico. Lo necesitamos para abordar la crisis climática, pero también la geopolítica, para dejar de depender del gas de Rusia o de Estados Unidos. ¿Cómo se puede pretender que nuestras economías dependan de cualquiera de esas dos potencias? La vía de las renovables es, desde una perspectiva de soberanía, la única que podemos adoptar. Pero la Comisión Europea no lo está haciendo.
P. En el congreso de los progresistas insiste en la crisis de la democracia. ¿En qué consiste?
R. Es genial poder ir a votar y participar. Pero los representantes democráticos luego dicen que no pueden hacer nada cuando se trata de tus necesidades materiales más básicas, como el coste de la energía, los alimentos, el transporte o la vivienda. En ese momento, los méritos procedimentales de la democracia se quedan vacíos, más aún en una crisis como la que afrontamos, donde los shocks son expresiones sistémicas de la crisis. Si los gobiernos permiten que la especulación genere ganancias que terminan creando una redistribución de la riqueza de abajo arriba cuando la gente debe preocuparse por ganarse la vida, estamos ante un fracaso de la democracia. Los Estados también deben actuar como garantes de la capacidad de las personas de tener una vida digna.
Economía en EL PAÍS
