Los nuevos 12 metros que extenderan el edificio contarán con múltiples renovaciones como nuevos balcones, jardines y la llegada de un invernadero agrícola Leer Los nuevos 12 metros que extenderan el edificio contarán con múltiples renovaciones como nuevos balcones, jardines y la llegada de un invernadero agrícola Leer
Fue bautizado como «el edificio más feo en la ciudad más bella». Llegó a figurar como la segunda en el ranking de «las diez construcciones más odiadas del mundo». También ha sido conocida como «la torre que los parisinos adoran detestar». Y su principal atractivo era el observatorio del piso 56, «porque era el único lugar desde el que se puede ver la ciudad en todo su esplendor y sin la mancha oscura en el horizonte».
La torre de Montparnasse, ese monolito acristalado de 209 metros que rivaliza en altura con la torre Eiffel en el «skyline» de París, ha cerrado temporalmente sus puertas para pasar por una cura de imagen y de eficiencia, meses después de lo hiciera el Centro Pompidou, la otra gran irrupción de la arquitectura moderna de los años setenta en la ciudad de la luz.
A diferencia del colorista «Beaubourg«, tan integrado en el tejido urbano que ha acabado apropiándose del nombre del barrio, la torre de Montparnasse se erige casi como una colosal lápida acristalada cerca del cementerio del mismo nombre, asociado durante décadas a la bohemia entreguerras de Picasso, Hermingay y James Joyce. Toda la esencia parisina de aquellas calles murió sepultada en 1973 bajo la funesta sombra de la torre de color chocolate, que abrió profunda herida al sur de la ciudad.
Tan impopular ha llegado a ser que varios aspirantes a alcaldes, como Nathalie Kosciusko-Morizet en el 2014, incluyeron la propuesta de «hacerla desaparecer» como promesa electoral. «Si pudiera derribar la torre de Montparnasse y hacer un jardín a cambio, sería muy feliz», reconoció recientemente Philippe Goujon, el «alcalde» del distrito 15.
Pero derribarla no sería solo costoso sino una grave amenaza para la salud local, por la presencia de amianto y asbestos en varios pisos. El edificio que iba a catapultar París hacia el siglo XXI ha envejecido muy mal y parece ya un vestigio de otra época. Su impacto fue tal, que París decidió volver a imponer un límite de altura en su perímetro y sacar los rascacielos fuera de la ciudad (La Défense).
En declive durante décadas, los promotores convocaron un concurso ganado en el 2017 por el colectivo AOM para la inaplazable renovación de la torre, que se quedó en un 25% de ocupación tras el Covid. Los problemas burocráticos fueron retrasando el inicio de las obras hasta que el 31 de marzo sonó finalmente la campana con el cierre del observatorio, por donde han pasado 30 millones de visitantes en estos años.
«Falta aún por completar alguna mudanza, pero ya no queda nadie trabajando o viviendo en la torre», certificó poco después Germain Aunidas, representante de Axa, uno de los principales copropietarios. Las obras, presupuestadas en más de 600 millones de euros, empezarán en los próximos meses y durarán hasta el 2030.
La «metamorfosis» de la torre más odiada de París empezará por la fachada, que se hará transparente. El edificio crecerá 12 metros para albergar un invernadero agrícola que donde se cultivarán alimentos, junto al observatorio totalmente reformado, al igual que el vestíbulo. La base de la torre será agrandada y habrá balcones hasta el piso 14, que contará con una amplia zona ajardinada. Habrá un hotel de lujo y apartamentos en los últimos pisos, aunque el uso principal seguirá destinado a las oficinas.
«No estamos demoliendo nada, solo lo estamos transformando», reconocía recientemente Renzo Piano, co-autor junto a Richard Rogers del Centro Pompidou, que ha asunmdo la misión casi imposible de dar nueva vida al moribundo centro comercial donde llegaron a estar las galerías Lafayette y que hoy por hoy parece el escenario de una película distópica, con las tiendas de campaña y los carritos de los «sintecho».
Contra viento y marea, Daniel Libeskind -autor del One World Trade Center– ha aprovechado la ocasión para romper una lanza a favor de Jean Saubot, Eugène Beaudouin, Urbain Cassan y Louis de Hoÿm, los arquitectos de concibieron el «monolito» parisino. «Puede que la torre de Montparnasse no fuera la obra de un genio, pero en su momento introdujo la noción de la ciudad del futuro», palabra de Libeskind en el New York Times. «La realidad es que hoy por hoy nos hemos alejado de aquella aproximación radical y estamos en unos tiempo más temerosos cívicamente».
París siempre tuvo una relación conflictiva con las torres, y el parangón con lo que ocurrió en día con la obra emblemática de Gustave Eiffel no ha podido faltar. El flamante símbolo de la Exposición Universal de 1889 se enfrentó también en su día a una férrea oposición, plasmada en la famosa carta firmada por 40 escritores y artistas (entre ellos, Alejandro Dumas, Guy de Maupassant o Charles Garnier) en defensa de «la belleza hasta ahora intacta» de París…
«En el nombre del gusto, del arte y de la historia francesa amenazada, estamos en contra de la erección en pleno corazón de nuestra capital, de la inútil y monstruosa Torre Eiffel, a la que la picaresca pública, a menudo poseedora de sentido común y de espíritu de justicia, ya ha bautizado como el nombre de la torre de Babel«.
A lo que el propio Gustave Eiffel replicó: «Creo, por mi parte, que la torre tendrá su propia belleza ¿Acaso las auténticas condiciones de la fuerza no son siempre compatibles con las condiciones secretas de la armonía? (…) Además, lo colosal tiene siempre un atractivo y un encanto propio».
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