La mitad de los artistas de la Bienal de Venecia renuncian a optar a los premios creados tras la dimisión del jurado

La crisis abierta en la Bienal de Arte de Venecia se agudiza. Cuando por fin parecía que con la apertura al público y el fin de las protestas contra Rusia e Israel la Bienal volvería a ser simplemente un gran escaparate del arte contemporáneo internacional, un grupo de más de setenta artistas, incluidos los representantes de 22 pabellones nacionales, han vuelto a echar sal en una herida que lleva meses supurando. Con apenas cuatro líneas escuetas en la publicación especializada E-flux, casi la mitad de los creadores presentes en la muestra expresan su renuncia a optar a los premios León de Oro del visitante, instaurados por el presidente de la Bienal, Pietrangelo Buttafuoco, tras la renuncia del jurado oficial el pasado 2 de mayo. Los artistas que firman el comunicado y que incluyen, entre otros, a pesos pesados como Laurie Anderson, Alfredo Jaar, Walid Raad, Sammy Baloji o Carolina Caycedo y también a Oriol Vilanova, el representante del pabellón español, dicen haber tomado la decisión “en solidaridad con el jurado seleccionado por Koyo Kouoh”, la directora artística de esta edición de la Bienal, fallecida hace ya un año, en plena organización de la muestra. En la muestra oficial se había seleccionado a 110 artistas.

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 La organización instauró dos galardones por votación popular para sustituir a los que debía elegir el jurado, disuelto en rechazo a la participación de Rusia e Israel  

La crisis abierta en la Bienal de Arte de Venecia se agudiza. Cuando por fin parecía que con la apertura al público y el fin de las protestas contra Rusia e Israel la Bienal volvería a ser simplemente un gran escaparate del arte contemporáneo internacional, un grupo de más de setenta artistas, incluidos los representantes de 22 pabellones nacionales, han vuelto a echar sal en una herida que lleva meses supurando. Con apenas cuatro líneas escuetas en la publicación especializada E-flux, casi la mitad de los creadores presentes en la muestra expresan su renuncia a optar a los premios León de Oro del visitante, instaurados por el presidente de la Bienal, Pietrangelo Buttafuoco, tras la renuncia del jurado oficial el pasado 2 de mayo. Los artistas que firman el comunicado y que incluyen, entre otros, a pesos pesados como Laurie Anderson, Alfredo Jaar, Walid Raad, Sammy Baloji o Carolina Caycedo y también a Oriol Vilanova, el representante del pabellón español, dicen haber tomado la decisión “en solidaridad con el jurado seleccionado por Koyo Kouoh”, la directora artística de esta edición de la Bienal, fallecida hace ya un año, en plena organización de la muestra. En la muestra oficial se había seleccionado a 110 artistas.

El jurado escogido por Kouoh provocó un terremoto con su renuncia en bloque apenas dos días antes de la inauguración, en reacción a la negativa de Buttafuoco de aceptar su decisión de excluir a Rusia y a Israel de los premios que esta muestra de arte internacional lleva entregando desde mediados del siglo pasado. Los cinco miembros del jurado habían comunicado a finales de abril su intención de excluir de la competición a aquellos países “cuyos líderes están actualmente acusados de crímenes contra la humanidad por la Corte Penal Internacional”. Sin nombrar a Rusia ni a Israel, dejaban claro que no contarían con ellos puesto que tanto el presidente israelí, Benjamín Netanyahu, como el ruso, Vladímir Putin, tienen órdenes de arresto por parte de ese tribunal. Era una decisión salomónica tomada ante las ruidosas protestas de artistas y comisarios por la presencia de ambos países, que se habían autoexcluido en la edición anterior, cuando ya estaban en curso la invasión de Gaza y la de Ucrania.

Ante la ausencia de un jurado, la Bienal instauró de inmediato los “Leones de los Visitantes”, distinciones que decidirá el público, que ahora puede votar al mejor Pabellón Nacional y al Mejor Artista y cuyos resultados solo podrán conocerse al cierre de la muestra en noviembre ya que tendrán que contabilizarse todos los votos de todos los visitantes. Hasta ahora, un jurado oficial escogido por un director artístico decidía los premios y los anunciaba el primer día. Pero que la decisión ahora recaiga en el público, a modo de likes de redes sociales, no ha sentado nada bien en el mundo del arte contemporáneo, un universo en el que, desde siempre, la opinión de los expertos ha sido la única que cuenta.

El propósito de los premios

Buttafuoco se ha atrevido a introducir un criterio cuantitativo en esta entrega de premios, lo cual invita a pensar que también en el arte contemporáneo empieza a erosionarse la autoridad y la relevancia de los expertos. Entregarle los premios al público emula el universo de las redes sociales, donde otros ámbitos de la cultura como el de los libros o el cine ya han visto como los críticos pierden peso y poder en favor de la supuesta democratización de las opiniones que conlleva el que todos podamos opinar con un clic. Todo esto invita a hacerse preguntas. ¿Para qué sirven los premios y quién tiene legitimidad para darlos? Los premios solían ser la manera de saber a qué deberíamos prestarle atención, pero con las comunidades crecientes de universos virtuales como YouTube, BookTok, Spotify y muchas otras, esa referencia parece estar disolviéndose en favor del algoritmo.

Douglas McLennan, editor del Arts Journal, una web que durante dos décadas ha recogido lo mejor del periodismo cultural, se preguntaba estos días: “Si los críticos y los premios han perdido influencia como instancias relativamente independientes capaces de definir la ‘calidad’ o establecer criterios de valor, y si incluso la noción misma de calidad se ha desplazado desde la evaluación de la obra en sí hacia la contabilización de la atención y la interacción —optimizadas algorítmicamente— que genera el ’contenido’, ¿cuál es entonces el papel de una institución artística o de un campo creativo dentro de un entorno de clasificación organizado en torno a algoritmos, comunidades y plataformas que ellos mismos no controlan?”.

Claro que cuando desaparecen los expertos, ocurren cosas improbables y contradictorias como la que se ha visto estos días en el pabellón de Estados Unidos y el de la Santa Sede en la Bienal. Mientras el primero, desde siempre una referencia vanguardista en el arte contemporáneo, carecía de un comisariado solido y se reflejaba en la propuesta anodina del artista Alma Allen, el Vaticano contrataba como comisario Hans Ulrich Obrist, director de la Serpentine Gallery de Londres y pieza fundamental para comprender lo que ha ocurrido en el arte contemporáneo en las últimas dos décadas. Obrist ha organizado un sarao sonoro y visual con más de veinte artistas internacionales, entre ellos la cantante y poetisa Patti Smith y el cineasta Jim Jarmush, llevando a dos conventos venecianos, por vía de la Santa Sede, una propuesta ultramoderna, algo improbable como punto de partida pero posible debido precisamente a su experiencia crítica.

El debate ante la renuncia de los artistas acaba de abrirse y, de momento, no ha habido reacciones por parte de Buttafuoco, el polémico presidente de una Bienal que le vio llegar en 2023 como niño mimado de la cultura del Gobierno Meloni, quien buscaba desesperadamente una legitimidad cultural que encontró en este intelectual de derechas, algo histriónico y rebelde y cuyas credenciales de “hombre independiente” ahora se han vuelto en su contra. Su resistencia a excluir a ningún país y su defensa de una Bienal abierta a todos —“esto no es un juzgado, esto es un jardín de paz” dijo durante la apertura— le ha llevado incluso a enfrentarse con el ministro de cultura Alessandro Giuli, uno de sus hasta ahora grandes aliados, que hubiera preferido que Rusia no fuera aceptada en la muestra para evitar conflictos con la Unión Europea, y que amenaza con retirar de la Bienal los dos millones de euros ya comprometidos.

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