
Sentados frente a un libro, dos estudiantes ucranios intentan responder en castellano a las preguntas de su profesora. Conversan, se ríen y se traducen entre sí. Uno de ellos, que ya habla con más fluidez, se pregunta una y otra vez por qué su familia no abandona Ucrania, mientras el otro se lleva las manos a la cabeza, se quita las gafas y ordena en silencio las palabras que intenta que salgan de su boca.
Organizaciones sociales imparten clases gratuitas de español para extranjeros recién llegados, muchos de ellos analfabetos
Sentados frente a un libro, dos estudiantes ucranios intentan responder en castellano a las preguntas de su profesora. Conversan, se ríen y se traducen entre sí. Uno de ellos, que ya habla con más fluidez, se pregunta una y otra vez por qué su familia no abandona Ucrania, mientras el otro se lleva las manos a la cabeza, se quita las gafas y ordena en silencio las palabras que intenta que salgan de su boca.
―No puedo —responde frustrado.
En las aulas de idiomas de las oficinas de Accem en Madrid, los estudiantes comparten el mismo objetivo: aprender el idioma para conseguir avanzar en el sistema. Según los datos de esta ONG, de las 78.570 personas que acudieron a la organización en 2025, 12.301 procedían de Mali, la nacionalidad con mayor participación en estas clases gratuitas de castellano, seguida de Senegal (9.523) y Ucrania (9.188).
La escena le recuerda a la profesora argelina Kahina Madjaoui a otra que le ocurrió con uno de los 60 estudiantes que llegó a su clase cuando se convirtió en docente. Un hombre se acercó a la pizarra y tomó un rotulador para unir los puntos con los que debía formar una letra, pero la mano con la que intentaba escribir empezó a temblar. Fue en 2024, la primera vez que enseñó en este centro de atención humanitaria al que el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones deriva a personas —mayoritariamente hombres entre 18 y 35 años— que han llegado a España a través de la ruta canaria. Desde entonces, esa situación se repite con frecuencia. “Lo más difícil es agarrar un bolígrafo por primera vez”, dice desde la oficina de Madrid la profesional graduada en Filología Hispana en la Universidad de Argel.
Desde que se convirtió en maestra, hace seis años, el perfil de sus alumnos ha cambiado radicalmente. Antes de llegar a Accem, en 2024, impartía clases para estudiantes que buscaban aprender un nuevo idioma motivados por el crecimiento profesional, viajar por el mundo o el gusto por los idiomas. “Ahora es diferente porque son personas refugiadas y la perspectiva cambia mucho. No es lo mismo enseñar a alguien que tiene toda la disposición que a quien vive con el miedo constante de no aprender a comunicarse”, afirma esta docente de 30 años que domina seis idiomas. Los grupos de aprendizaje están organizados según el nivel de alfabetización y dominio del idioma, que van desde el nivel Alfa —alfabetización básica— hasta llegar al B1, B2 o C1. Todos quieren alcanzar la categoría más alta, que representa mayor autonomía, reconocimiento e incluso poder defenderse. “Siempre he querido ser profesora porque quiero ayudar a otras personas”, añade.

El maliense Daniel Zerbo, de 55 años, imparte clases desde hace diez en uno de los centros de Accem en Albacete. Nunca lo habría imaginado cuando llegó por primera vez a España hace más de 20 años con una beca, en 1994. “Yo aprendí el idioma solo, no tuve profesor de español”, dice el hombre al recordar cómo repasaba en su diccionario de castellano algunas palabras que logró aprender de manera autodidacta. Estuvo aquí tres años y regresó a su país. Y en 1999 volvió para estudiar Ingeniería Agrónoma en Valencia.
Ahora, en sus clases de español enseña frases y sonidos, pero también se habla de multiculturalidad y de racismo. Aunque la mayoría de los alumnos quiere aprender castellano para integrarse, Zerbo asegura que muchos comparten experiencias de discriminación. Él mismo recuerda episodios similares: personas que se apartaban en el transporte público, una dependienta que se negó a venderle un perfume “porque no creyó que pudiera pagarlo” o la vez que pensó que cabrón era una palabra positiva porque alguien la había utilizado para dirigirse a él. “Yo ahora sufro más racismo que hace 20 años”, asegura.
Cuando a sus clases llega una persona que es completamente analfabeta, el proceso, apunta, aunque complejo, es muy gratificante. “Empiezan por el abecedario y luego ves cómo evolucionan”, dice. Zerbo domina el inglés, castellano, catalán, francés y bámbara —uno de los 80 idiomas de Mali—, “además de los que ellos [sus alumnos] me enseñan”, algo que le permite comunicarse de una forma distinta con sus estudiantes. “Me siento feliz de estar aquí ayudando a otros”, menciona. Según Accem, el porcentaje de profesores extranjeros que imparten estas clases no llega al 10%.
La investigadora y autora del libro De qué color son los blancos, Odome Angone, explica que cuando una persona migrante enseña a otra, hay un efecto espejo que “valida que los migrantes también pueden producir y transmitir conocimientos académicos”, por lo que se refiere a esto como un ejercicio de justicia epistémica, quién tiene derecho a ser escuchado, creído y reconocido como alguien que produce conocimiento.
Además de la comprensión cultural y el contexto compartido, “hay experiencias que una persona que no ha vivido un proceso migratorio quizás no pueda comprender del todo, como cambiar de continente, enfrentarse a realidades difíciles, dejar su tierra, adaptarse a nuevos códigos culturales y aprender un idioma en un contexto desconocido”. La docente gabonesa advierte de que, en este contexto, se puede producir una infantilización de personas adultas y que por ello es tan importante el lugar de enunciación. “No se puede trabajar desde una perspectiva colonial y pensar que las únicas lenguas válidas son las impuestas por la academia eurocéntrica”, cuestiona.
Cuando la gambiana Ouisanatou Jallow llegó a España, solo sabía una palabra en español. 16 años después, enseña castellano a migrantes. “Si a mí me ayudaron, yo voy a ayudar el doble”, afirma la mujer. Aún recuerda el olor inconfundible de la tarta de cacahuete que preparaba su madre para comer y cómo la mesa se llenaba con sus 11 hermanos y algunos vecinos. Pese a las dificultades, siempre había una porción para todos. Hija de un electricista y una vendedora ambulante, esta gambiana de 49 años llegó a España en 2010 para cuidar de personas mayores. Pero un día, una idea empezó a rondar en su cabeza: quería estudiar. La última vez que estuvo sentada frente a un docente fue en 1996. “Soy la única mujer negra de esta clase”, dijo en su primer día como estudiante de Administración. Con sus cuatro hijos a cargo, empezó a trabajar como intérprete en la Cruz Roja. En 2018, entró como voluntaria en la Fundación Cepaim en Algeciras (Cádiz) para dar clases de castellano a otros migrantes.
Pese a hablar el wolof, inglés, español, maninka, pulaar, árabe y un poco de francés, la falta de acreditación oficial de sus habilidades lingüísticas se convirtió en un obstáculo, pero aun así no se dio por vencida. “Mi objetivo es mejorar la migración de jóvenes, que aprendan el idioma y que desarrollen las competencias que traen desde su país de origen”, asegura esta técnica de acogida y protección internacional.
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