Cuentan que Rafael Azcona habría cumplido ahora 100 años. No puedo imaginarme en decrepitud a la inteligencia de ese señor. Solo tuve un encuentro con un hombre al que más de un eterno lamebotas se sigue refiriendo a él con el familiar Rafael. Solo le traté una vez, en una comida, momentos antes de que me embarcara en un viaje de supervivencia, hecho polvo por dentro y por fuera. Nos acompañaba su íntimo amigo, y mío, José Luis García Sánchez. Azcona, cálido todo el rato, me despidió así: “No te digo que seas fuerte, porque sería una gilipollez. Que vuelvas mejor de lo que estás”.
Me pregunto de lo que hubieran sido capaces Azcona y Berlanga, dos personalidades abarrotadas de inteligencia y arte, hablando de la España actual
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Me pregunto de lo que hubieran sido capaces Azcona y Berlanga, dos personalidades abarrotadas de inteligencia y arte, hablando de la España actual
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Cuentan que Rafael Azcona habría cumplido ahora 100 años. No puedo imaginarme en decrepitud a la inteligencia de ese señor. Solo tuve un encuentro con un hombre al que más de un eterno lamebotas se sigue refiriendo a él con el familiar Rafael. Solo le traté una vez, en una comida, momentos antes de que me embarcara en un viaje de supervivencia, hecho polvo por dentro y por fuera. Nos acompañaba su íntimo amigo, y mío, José Luis García Sánchez. Azcona, cálido todo el rato, me despidió así: “No te digo que seas fuerte, porque sería una gilipollez. Que vuelvas mejor de lo que estás”.
Era cordial en la distancia corta (su cerebro debía de ser un volcán), y era el responsable junto a Berlanga de dos películas geniales, en blanco y negro, que me siguen hablando, con realismo, de la similitud, esperpento, risa, escalofrío, de una España tan auténtica como tragicómica, en la que todo el mundo habla a gritos y ni dios se hace caso. Plantean cosas terroríficas como la pena de muerte y la falsa caridad, hablan de pringaos ancestrales que se convierten en verdugos para pillar un pisito de protección oficial en el extrarradio, de los intentos para sobrevivir y pagar las letras de un motocarro. O sea, para encontrar un mínimo lugar bajo el sol en medio de la ancestral miseria.
Ese universo intemporal, ahora disfrazado de ideología, lo plasmaron de forma extraordinaria aquellos artistas únicos. Y también hablaron con infinita gracia de otros tiempos rastreros, a través de una cacería en la muy divertida y lúcida La escopeta nacional.
Y me pregunto de lo que hubieran sido capaces estas dos personalidades abarrotadas de inteligencia y arte hablando de la España actual, de esa cosa tan turbia como inhabitable, tan corrupta y oportunista, dividida arteramente entre buenos y malos, con antecedentes siniestros de los estados de ánimo que engendraron la pavorosa Guerra Civil.
Y estoy seguro de que Azcona y Berlanga nos harían reír un montón, el mejor antídoto contra la penumbra, las mentiras, la falsa solemnidad. Y su veredicto ante la certeza de que todo se rige por el “qué hay de lo mío“ sería feroz. Azcona y Berlanga son dos de los artistas más necesarios y deslumbrantes que ha dado últimamente este país. Como Sabina y Serrat, como Chirbes y Savater, como Rafael Sánchez Ferlosio, como Forges y el Roto, como gente para la que yo no encuentro el reemplazo.
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