Muere a los 99 años el actor Jack Taylor, leyenda del cine de terror español

Jack Taylor, uno de los rostros más espectaculares del cine español de terror, ha fallecido en Madrid a los 99 años. El estadounidense vivía en España desde los años sesenta, cuando vino a un rodaje y decidió quedarse, hasta el punto de convertirse en un vecino popular en la madrileña Plaza de Chamberí. Con su rostro extraño y muy anglosajón, su inglés pronunciado de manera exquisita, su mirada fría y su porte aristocrático logró ser un referente especialmente del terror, aunque en su larga carrera también actuó en las grandes producciones que Hollywood rodó durante el franquismo en España. Por eso en su carrera se compaginan títulos de terror y serie B (Necronomicón, Mil gritos tiene la noche, El ataque de las vampiras o Sangre en la noche), con filmes de más calidad y diversos, como Cleopatra; Conan, el bárbaro; La novena puerta; The Birthday o Los fantasmas de Goya.

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 El intérprete de películas como ‘Conan, el bárbaro’, ‘Necronomicón’, ‘Mil gritos tiene la noche’ o ‘La novena puerta’, acababa de publicar sus memorias, que iba a presentar en junio  

Jack Taylor, uno de los rostros más espectaculares del cine español de terror, ha fallecido en Madrid a los 99 años. El estadounidense vivía en España desde los años sesenta, cuando vino a un rodaje y decidió quedarse, hasta el punto de convertirse en un vecino popular en la madrileña Plaza de Chamberí. Con su rostro extraño y muy anglosajón, su inglés pronunciado de manera exquisita, su mirada fría y su porte aristocrático logró ser un referente especialmente del terror, aunque en su larga carrera también actuó en las grandes producciones que Hollywood rodó durante el franquismo en España. Por eso en su carrera se compaginan títulos de terror y serie B (Necronomicón, Mil gritos tiene la noche, El ataque de las vampiras o Sangre en la noche), con filmes de más calidad y diversos, como Cleopatra; Conan, el bárbaro; La novena puerta; The Birthday o Los fantasmas de Goya.

El actor acababa de publicar sus memorias Mis 100 años de cine (Editorial Pigmalión), que iba a presentar públicamente a inicios de junio. Taylor hubiera cumplido un siglo de vida el 21 de octubre, y hasta inicios de mayo se encontraba bien, días en los que ingresó en un hospital.

Su auténtico nombre era George Brown Randall, y nació en Oregon City, a las afueras de Portland. Su bisabuelo, al que conoció —en sus memorias hay una preciosa foto con él— fue un pionero del salvaje Oeste. Desde que subió a un escenario a encarnar a Papá Noel, sintió que quería ser actor. A los 25 años, frustrado en su matrimonio y en su trabajo, dejó atrás a su esposa y a su hijo y se mudó un año a San Francisco, donde ahorró dinero para estudiar en Los Ángeles y perseguir su sueño interpretativo. Debutó en televisión, en El show de Jack Benny, donde coincidió con Marilyn Monroe; Marlene Dietrich le enseñó a hacer huevos revueltos… Pero, más allá de personajes secundarios en series de televisión, no logró ni un papel en el rígido sistema de los estudios de Hollywood. En su libro apunta una frase de Orson Welles, como impulso motivador: “Hollywood es un lugar donde te acuestas siendo joven y te despiertas con 65 años”. Así que, como el dinero no le llegaba para volar a Italia y sumarse a los grandes rodajes estadounidenses en Cinecittà, decidió coger su coche y, sin saber español, plantarse en México a finales de los años cincuenta.

En México aprendió el idioma en ocho meses y comenzó a trabajar en películas del director Federico Curiel. Incluso Julio Alejandro, guionista de Buñuel, escribió para él su primer protagonista, en La torre de marfil (1958). Hasta que un musical le trasladó a Madrid. El éxito de La pelirroja en los escenarios de México hizo que un productor se llevara a toda la compañía a representarla a España, en el Teatro de la Zarzuela. En su primera mañana en la capital, el 29 de agosto de 1961, salió del hotel Palace vestido de traje y sufrió una brutal bofetada de calor. Aquel verano pensó que, por las temperaturas, no aguantaría mucho en Madrid, y, sin embargo, ahí arrancó la etapa profesional más fructífera de su vida.

Taylor apunta en sus memorias las extrañas sensaciones que emanaban de la España de los años sesenta. Habla de lagunas culturales y, a la vez, de una alegre vida nocturna. Tras rodar en Italia Cleopatra (en las memorias escribe, junto a una foto que atestigua su presencia, “Si parpadeas, no me vas a ver, pero estoy ahí, haciendo de esclavo griego de Rex Harrison”), logró su primer personaje con diálogo en el cine español en Los guerrilleros (1963), donde encarna a a Dubois, un teniente del ejército de Napoleón, junto a Manolo Escobar y Rocío Jurado. Taylor se sumó a wésterns como Fuera de la ley, La tumba del pistolero o La última aventura del general Custer. Su acento y su físico atraen a los directores del fantaterror español, un género que entonces bullía con creadores tan diversos como Paul Naschy, Jess Franco, Juan Piquer Simón, Javier Aguirre o Eugenio Martín. Necronomicón (1968), de Franco, le lanza al estrellato. Se suceden los personajes de villano, científico loco, aristócrata esquivo, doctor maligno, líderes de sectas satánicas…

En su libro habla con cariño de esa industria del fantaterror, que paga una película con el rodaje de otra, donde a veces no tienen ni dinero para gastos, pero donde impone su talento y se convierte en actor de culto. Son las décadas de El conde Drácula, Sangre en la noche, El doctor Mabuse, La orgía nocturna de los vampiros, Viaje al centro de la Tierra, La noche de los brujos, Mil gritos tiene la noche… Además, compagina esos trabajos con su labor como escenógrafo y director teatral.

Con la Ley Miró del cine, aquella industria desapareció. Taylor siguió en la brecha gracias a su idioma materno: es el sacerdote que tiene sus más y sus menos con Arnold Schwarzenegger en Conan, el bárbaro; actúa a las órdenes de Monte Hellman en La iguana; colabora con Roman Polanski en La novena puerta, con André Techiné en Loin y con Ridley Scott en 1492: la conquista del paraíso. Solo le dejó mal sabor de boca Milos Forman en Los fantasmas de Goya.

Taylor, que trabajó muchísimo en series y películas españolas en los años noventa, rinde en su libro tributo a dos directores que contaron con él en estos últimos años: Eugenio Mira (The Birthday yGrand Piano)y Víctor Matellano (Wax y Print The Legend). Su prodigiosa memoria ha sido la base de su autobiografía que, ahora, ha devenido en su primer plano final.

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